#ParaQueNoTePase o ¿Hacia dónde dispara la inseguridad?

Por Juan Manuel Erazo

Entre 5000 y 7000 personas fueron los números que se barajaron. En comparación a otras masivas marchas contra la inseguridad que se han convocado en años anteriores podría considerarse que la cantidad de interesados mermó. Sin embargo hubo cámaras, intereses políticos, también presupuesto en escenografía, presentadores, cantantes, carteles, merchandising.

La convocatoria, bajo la consigna #ParaQueNoTePase recibió el apoyo de celebridades como Mirtha Legrand, Soledad Silveyra, Germán Denis y Juan José Campanella, entre otros. Más tarde llegaron funcionarios como el ministro de Justicia, Germán Garavano quien declaró a la prensa: “Apoyamos la marcha”. Hasta el mismo presidente Mauricio Macri se sintió parte de la convocatoria con suma comodidad: “Si algo no queremos es que haya impunidad. Estamos en la misma vereda”.

¿Los congregados? Varios, con muchos casos, historias y características diferentes. Violencia de género, institucional, delictiva, accidentes de tránsito, entre muchos otros casos. Pero la manifestación fue liderada centralmente por “victimas”.  “Creemos que no te pase es lo más importante, porque a nosotros ya nos pasó” dice Carolina Píparo, quien vio interrumpido involuntariamente su embarazo al recibir un disparo en el vientre tras una salidera bancaria.

¿Qué no pase que…? ¿Qué no te pase “la inseguridad”? ¿Qué es la inseguridad? Evidentemente no es una sensación, ya que un balazo, o ver morir a un hijo tras un asalto violento no lo es. Además, ser víctima de la violencia delictiva no es propiedad de la clase media o alta, la puede padecer un joven que sufre un ataque de una banda narco, un albañil que es asaltado yendo a trabajar, casos de estos en los barrios se cuentan por decenas. La concentración en la Plaza de los Dos Congresos dio cuenta de esto.

La inseguridad es más que una sensación, es una síntesis, una conceptualización que a su vez sirve para conformar un tipo ideal de ciudadano acorde a los tiempos que pasan, al estado actual del capitalismo global que necesita declararle la guerra al marginado. Es la condensación de un sinfín de demandas que devienen en un concepto con un fin reaccionario, que luego pasa a ser sentido común, molde, estructura estructurante.

Como todo en la historia, la inseguridad tiene que ver con la clase, pero a su vez la excede en un collage de elementos y demandas que conforman una misma identidad: el ciudadano “víctima”, el “pasivo”, el “sin banderías políticas”, el “inseguro”.

“Estamos en la misma vereda”

El filosofo francés André Gorz sostienen que “la carrera hacia la productividad tiende a acelerarse, los recursos humanos a reducirse, la presión sobre el personal a endurecerse, el nivel y la masa salarial a disminuir”. El sistema capitalista actual se reduce a círculos más pequeños, que deja a grandes masas de personas a la deriva, excluidos, fuera de los círculos de integración del capital-trabajo ya de por sí malogrados.

En el establishment, en la derecha orgánica, pocos son lo que piensan en “salvar a los pobres” aunque sea con alguna ONG que lava dinero. El sentido común de las clases dominantes es la exclusión, el darwinismo social versión siglo XXI. Como decía el clérigo ingles Thomas Malthus, quien aún sigue inspirando a más de un cuadro de derecha: “Un hombre que nace en un mundo ya ocupado, si sus padres no pueden alimentarlo y si la sociedad no necesita su trabajo, no tiene ningún derecho a reclamar ni la más pequeña porción de alimento (de hecho, ese hombre sobra). En el gran banquete de la Naturaleza no se le ha reservado ningún cubierto. La naturaleza le ordena irse y no tarda mucho en cumplir su amenaza.”

Esta derecha hoy gobierna, no solo en Argentina, sino en muchos países de América Latina. Todo lo que está excluido, todo lo que sobra, debe ser exterminado. Pero esto no se puede desarrollar de la noche a la mañana, menos después de un ciclo de gobiernos progresistas en la región que en menor o mayor medida pusieron en debate la necesidad de hablar de “inclusión social”. Entonces hay que generar el consenso, ejercicio del cual podemos dar cuenta ya a finales de la década del 90, junto al surgimiento del movimiento de desocupados.

La inseguridad, ese conglomerado de sentidos transformado en uno solo apunta hacia un único culpable: el excluido, el marginado, amparado por “la política”, “la izquierda”, “los derechos humanos”. La suma de todos los enemigos del sistema imperante en una sola figura. Para dar un ejemplo, las adhesiones a la movilización fueron de las más variadas, pero al leerse la de las Madres de Plaza de Mayo – Línea Fundadora, su nombre fue silbado, y Blumberg, aplaudido ¿Casualidad? No, inseguridad.

¿Quiénes son los que están “de este lado de la vereda”? Los ciudadanos que pagan sus impuestos, que no toman tierras, que no se meten en política, que no “roban”, los que solo salen a la calle cuando se comete una injusticia, como si el mundo no estuviera lleno de injusticias. El concepto de inseguridad es la tiranía moderna del sentido común reaccionario que simplifica un entramado de relaciones muy complejo.

El periodista rosarino Carlos Del Frade, quien investiga el narcotráfico en su ciudad natal explica que las redes delictivas son como una copa invertida, se descubren por abajo, pero se encubren por arriba. Jueces, policías (no es uno, es la institución), miembros de “la clase política”, empresarios (muchos), todos ellos están implicados, pero nadie sabe sus nombres. Sin embargo, las demandas de inseguridad siempre implican recrudecimiento de las leyes penales, cárcel (las que en verdad están saturadas ya de pobres hacinados con infinidad de casos sin sentencia firme), pena de muerte, más policías. Y cuando se piensa en el sujeto, siempre tiene visera, gorrita, es joven, es negro, es pobre.

El ciudadano “inseguro” es el tipo ideal del capitalismo salvaje. Quien no se mete en política, quien no se mete en cuestiones de clase, quien avala el ejercito en los barrios, individualista, defensor en muchos casos de una clase a la que no pertenece. Focaliza solo sobre el último eslabón de una cadena que no está solo “vulnerado de sus derechos”, sufre la desigualdad de un sistema injusto. El ciudadano “victima” es el tipo ideal de una posible instauración de un bipartidismo conservador donde congregan fuerzas políticas que ofrecen las mismas recetas, tanto las contenidas dentro de la alianza Cambiemos, como en el Frente Renovador y en el Partido Justicialista.

Sin embargo el excluido da una batalla invisible, se organiza, se moviliza, conforma cooperativas, desarrolla una economía popular. Lucha porque sus demandas confluyan con la de los trabajadores formales, los incluidos en el sistema pero aun así relegados de los privilegios de las clases dominantes. Esta unidad, incipiente, debe pasar de lo reivindicativo a lo ético político, a la batalla de ideas, transformarse en el nuevo sentido común, la nueva identidad, el nuevo tipo ideal de la sociedad por venir.

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