¿Liberales o desarrollistas?

Por Emiliano Delucchi

Curioso es el caso del gobierno argentino que, tras venderse  (en el amplio sentido de la palabra) como desarrollista durante la campaña electoral acabó tomando medidas de fuerte impronta neoliberal, aprovechando que muchos compatriotas conciben un “desarrollismo liberal” como modelo económico posible. Sobre este sedimento los funcionarios de Cambiemos se apoyan para gritar a los cuatro vientos que cuanto menos se limiten las fuerzas del mercado, mejores serán las condiciones económicas para una perfecta asignación de recursos y posterior desarrollo nacional por efecto derrame.

Paradójicamente, a lo largo de nuestra historia nunca los modelos liberales contribuyeron al desarrollo, sino que están relacionados a períodos de endeudamiento y distribución regresiva de la riqueza, ya que el dinero no es reinvertido sino que se fuga a paraísos fiscales o se malgasta en bienes suntuarios. Sin embargo, los candidatos del macrismo insistieron en que si el Estado quitaba todos los impuestos a las elites más temprano que tarde llegarán inversiones del exterior al tiempo que las burguesías mantendrían sus ganancias en el mercado local.

Un fiel exponente de estas ideas ha sido Alberto Hueyo, liberal de pura cepa y Ministro de Hacienda durante el gobierno de Agustín Justo (1932-1938). Debido a la caída de las exportaciones, tuvo que elegir entre pagar los salarios o las obligaciones de deuda externa y fiel a su ideología, se galardonó de haber mantenido en alto el nombre de la Argentina a costa de la miseria de obreros y empleados públicos. A principios de los 50 sostuvo que era necesario generar desocupación para contrarrestar el industrialismo peronista y aseguró que había demasiada población, por lo que debía fomentarse la emigración de argentinos hasta lograr la relación de 4 cabezas de ganado por habitante. (*)

Las cosas no han cambiado demasiado, ya que durante el siglo XX la historia de la Argentina ha sido la de dos modelos enfrentados, uno desarrollista orientado hacia el mercado interno y otro liberal-exportador. Actualmente, quienes idearon la “revolución de la alegría” aseguran que  todo el flujo de dinero proveniente de las exportaciones agropecuarias fomentará la economía, confiando en que los grandes terratenientes, en una carrera a todo o nada por la meritocracia, construirán fábricas junto a sus plantaciones de soja o sus campos de pastoreo de tal forma que en 20 años seremos la Corea del Sur de Sudamérica y podremos exportar maquinarias, juguetes y satélites nacionales al mundo globalizado: algo así como el peronismo, pero con libertad de mercado.

La confusión debe rastrearse en que no hay una única vía al desarrollo, sino que éste se da en forma desigual y combinada, por lo que existe una diferencia fundamental entre los procesos imperialistas de los siglos XVIII y XIX y los correspondientes a países que encuentran en vías de desarrollo en el siglo XXI, ya que estos últimos deben hacerlo en un mundo donde existen potencias previamente desarrolladas que les imponen modelos políticos liberal-burgueses con la particularidad de que muchos no han hecho la revolución burguesa o la han hecho en forma deficiente, por lo que sus instituciones se generaron por extrapolación forzada y no fueron el resultado de un proceso socio-histórico propio.

Por ende, fue un error esperar que las proto-burguesías Sudamericanas del siglo XIX se comporten de igual manera que sus pares Europeas, y otro es creer que los países del tercer mundo puedan desarrollarse de igual manera que lo hicieron las potencias pero sin invadir ni saquear colonias, al tiempo que soportan asaltos imperialistas en sus propias economías.

Volviendo, los “liberales-desarrollistas” de Cambiemos aseguran que protegen las economías regionales pero abren la importación de frutas y verduras; manifiestan compromiso con las pequeñas y medianas empresas y levantan las restricciones a la compra extranjera; sostienen que defienden la industria nacional por medio de propagandas de empanadas pero destruyen todo lo que hace posible el proceso de su elaboración, distribución y consumo en nombre de la libertad de competencia.

Mauricio Macri dijo durante la campaña presidencial que el crecimiento del país depende de las manzanas de Río Negro, los limones de Tucumán, la madera de Corrientes y el arroz de Entre Ríos, pero poco pudo explicar del proceso que llevaría a intercambiar en pie de igualdad esos recursos nacionales por aviones y submarinos producidos en las naciones más desarrolladas con un enorme valor agregado.

Finalmente, en un proceso de apertura en el mundo globalizado siempre hay un país más productivo para exportar determinado bien, ya sea por salarios bajos, mejor tecnología, subsidios “populistas” que su gobierno otorga al sector o por simple acumulación de stock y necesidad de venta, por lo que en una economía totalmente abierta solo se podrían vender vacas y cereales. Aunque el planteo parezca infantil, nunca abandonó el pensamiento de un sector de nuestra clase dominante (dirigente no, porque le queda grande).

 

  • Ramos, Jorge Abelardo: Revolución y contrarrevolución en la argentina. Tomo 4, La Factoría Pampeana.

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