No tan distintos

Por Esteban Pastoriza.

En cualquier marcha, movilización, paro, huelga o manifestación de la oposición existe un pensamiento general que se ha convertido en un grito de exclamación  y denuncia hacia el actual Gobierno: “Macri, basura, vos sos la dictadura”.

Esta frase que busca establecer una relación de similitud entre la alianza Cambiemos y la última dictadura militar que se inició en Argentina en 1976, puede tener sus argumentos en las diferentes expresiones negacionistas de algunos de los funcionarios  del Gobierno que ponen en duda la cifra de los desaparecidos. En los beneficios que muchos militares y civiles juzgados por crímenes de lesa humanidad o por sus complicidades con el aquel gobierno de facto, como así también, en lo equiparable del modelo económico propuesto por Mauricio Macri y el ejecutado por Martínez de Hoz hace 41 años.

Antes de comenzar a desarrollar estos puntos, cabe destacar la notoria diferencia entre Cambiemos y el “Proceso de Reorganización Nacional” en cuanto a cómo han logrado ambos hacerse del mando del país. El primero, llego a funciones del Estado por ganar la instancia de  ballotage en un proceso democrático de elecciones que supo ser histórico ya que es la primera vez que la derecha asume el Gobierno por esta vía. En cambio, el golpe cívico-militar del `76 tomó el control de Argentina por la fuerza y bajo el mando de la Junta Militar a cargo de Videla, Massera y Agosti.

 

NEGACIONISMO NO ES REVISIONISMO

En Enero de 2016, el entonces ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Darío Lopérfido, había señalado que “en Argentina no hubo 30.000 desaparecidos” y que esa cifra “se arregló en una mesa cerrada” con el fin de obtener subsidios. Esta perspectiva sentida, por el ahora ex funcionario del Gobierno de la Ciudad, no hizo más que desempolvar una discusión sobre una cifra simbólica que sirvió, durante todos estos años posteriores a golpe de Estado, como una prueba fehaciente que lo sucedido en aquellos años se enmarca como terrorismo de estado. Pero ahora, cuando ya pasaron 41 años de que las Fuerzas Armadas Argentinas idearan y ejecutaran un plan sistemático de persecución sobre una parte de la población argentina, estas expresiones públicas intentan funcionar como parte de un supuesto revisionismo histórico que en realidad no es más que la negación del genocidio más cruel desatado en el país.

En sintonía con Lopérfido, las recientes declaraciones televisivas del actual titular de la Aduana, Juan José Gómez Centurión, ponen en duda la idea de un plan sistemático basado en el terrorismo de Estado, como así también la cifra de los treinta mil desaparecidos: “No es lo mismo 8.000 verdades que 22.000 mentiras”. Además, afirmó que el golpe fue “una reacción absolutamente desmedida sobre un plan de toma del poder” de las organizaciones armadas.

Vemos claramente que no se trata de una suma de funcionarios confundidos. Nos encontramos aquí ante una directiva impulsada por el Gobierno de la Nación, que pretende instalar en la agenda social falsas conjeturas que hablan de  negaciones y olvidos, necesarias para la ejecución de una ideología conservadora.

Así como el proyecto político del kirchnerismo no se hubiera podido llevar adelante sin el núcleo simbólico y de valores que le otorgó no sólo la prosecución de memoria, verdad y justicia sobre los crímenes de la última dictadura militar, sino también la reivindicación de la militancia y las luchas de los setenta; de la misma manera, Mauricio Macri necesita construir el universo simbólico que le dé legitimidad a sus ideas políticas y económicas.

Es lógico que los cambios de coyuntura generen discusiones sobre el pasado; lo que no es aceptable es que se cuestionen verdades probadas y condenadas en juicios que fueron fundantes para una sociedad. No se puede hablar de “opiniones” o de “diferentes puntos de vista” como enfatizó la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, en relación con las posturas negacionistas de hechos aberrantes y ya condenados por la Justicia,  como lo fue el terrorismo de Estado.

 

Es así que marchas como las del 24 de marzo, en la que distintas generaciones de argentinos se abrazaron para decir “Nunca Más”, se presentaron como una amenaza para los proyectos de despojo económico y cultural como el que promueve  Mauricio Macri. Justamente, es el propio presidente de la Nación quien se atrevió a relativizar la violencia desatada por la dictadura militar y buscando afianzar, nuevamente en la sociedad, la teoría de los dos demonios afirmó que lo ocurrido hace 41 años fue en realidad una “guerra sucia”.

Lo que, en definitiva, está polemizando Macri es la legitimidad del proceso económico, militar y político que le permitió ser lo que es. Está discutiendo el núcleo fundador de la clase dominante hoy en la Argentina. Pues la familia Macri mucho le debe a la fuerza por los beneficios conseguidos durante la dictadura y ni hablar luego, en la década del ´90 con la profundización del proyecto neoliberal.

 

LA PATRIA CONTRATISTA Y LA ESTATIZACION DE LA DEUDA PRIVADA

Con el comienzo del proceso dictatorial, en 1976, también comenzó lo que se denominó “la patria contratista”. Franco Macri presentó en sociedad al holding Socma, que fue un gran beneficiario de importantes licitaciones durante la dictadura, entre ellas: la construcción del puente Misiones-Encarnación, la represa Yaciretá, la central termoeléctrica de Río Tercero y de Luján de Cuyo, la recolección de residuos de la Ciudad de Buenos Aires mediante la creación de Manliba, entre otras. Durante esa época también compró Fiat. Esta venta terminó siendo un acuerdo para llevar adelante el cierre de plantas y despidos.

Lo impresionante se dio con la estatización de la deuda decretada en 1982, cuando Domingo Cavallo estaba al frente del Banco Central. Fiat-Sevel y Socma fueron 2 de las empresas beneficiadas. El mecanismo incluía, además de la trasformación en deuda pública de sectores privados, la generación de un sistema utilizado por los empresarios para fraguar auto préstamos. La estatización de la deuda del grupo fue por 170 millones de dólares.

Al inicio del golpe de Estado el clan Macri era propietario de 7 empresas, finalizada la dictadura esa suma ascendía a 47.

 

CAMBIEMOS ES VOLVEMOS

El plan económico impuesto por la dictadura militar hace más de 41 años, sentaría las bases para el desarrollo del proyecto neoliberal en nuestro país y en favor de los grupos concentrados locales y extranjeros. Hoy la derecha por primera vez en la historia argentina ha llegado al poder a través del voto popular, pero lo que no ha cambiado es el recetario de medidas económicas que siguen siendo las mismas que las de aquella época.

Aquel 24 de marzo de 1976 las fuerzas militares tomaron el poder político para imponer un determinado orden social a través de las fuerzas represivas del aparato estatal, autoproclamándose como un “proceso de reorganización nacional”. Sin embargo, lo que ocultaba aquel disciplinamiento era la instauración de un modelo económico rentístico-financiero que socavaría las bases sociales y productivas durante los años posteriores.

El ministro de Economía de la dictadura, José Martínez de Hoz, presentaba entre las principales líneas de su plan económico, algunas medidas que coinciden llamativamente con la política nacional actual de Cambiemos. Palabras como “modernización”, “sinceramiento” o “liberalización” son algunos latiguillos típicos que vuelven a ser utilizados para explicar las reformas económicas antipopulares que se están llevando a cabo en el actual gobierno.

Precisamente, el ministro dictatorial explicó que “hemos dado vuelta una hoja del intervencionismo estatizante y agobiante de la actividad económica para dar paso a la liberación de las fuerzas productivas”, anticipando de esta manera, lo que sería el retiro del Estado en la regulación de la economía y la consecuente apertura al capital extranjero especulativo.

Lo mismo que  sucedió en aquel momento  con el desmantelamiento de los controles de precios, la reducción de las retenciones a la exportación, la liberalización cambiaria y la apertura comercial, hoy es tomado por este Gobierno como las medidas fundamentales para “volver al Mundo”.

Una de las decisiones más perjudiciales del plan económico de la dictadura militar  fue la “Ley de Entidades Financieras” del año ´77  que liberaba el mercado de dinero y le daba garantía estatal a todos los depósitos bancarios, lo que permitió el comienzo de la llamada “bicicleta financiera”.  Este programa se articuló perfectamente con los pedidos de crédito a los organismos internacionales, con el FMI a la cabeza.

Lo que el modelo económico de la dictadura produjo fue un endeudamiento explosivo que permitió rentas financieras de corto plazo pero que desalentaban la inversión productiva y el empleo. Dicho endeudamiento se convirtió en el principal mecanismo de subordinación y dependencia de la política económica nacional a intereses extranjeros teniendo a las recetas impuestas por el FMI durante los 90 como su principal exponente.

 

TOMAR DEUDA PARA LA FUGA DE CAPITALES.

Según el Observatorio de la Deuda Externa de UMET (Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo), el país se endeudó en 77 mil millones de dólares entre Diciembre de 2015 y Febrero de 2017. Pero lo que más preocupa es que durante el primer bimestre de este año  se emitieron bonos por 25 mil millones de dólares, un monto que representa el 50% de toda la deuda acumulada a lo largo de 2016 y cuya entrada de divisas no se empleó para avanzar en la construcción de proyectos de infraestructura, ayudar a las economías regionales o solucionar los problemas de las empresas industriales.

Dicho financiamiento, principalmente obtenido en mercados internacionales, permitió sostener la fuga constante de dólares del mercado interno, luego de la desregulación de los controles cambiarios y de la apertura a los movimientos de capitales, y alimentó un círculo perverso de negocios financieros sin contrapartida sobre la producción y el empleo.

Vemos que este endeudamiento forma parte indispensable de un proyecto neoliberal que se presentó con los militares en 1976, como el supuesto proyecto neoliberal de transformación, que luego se profundizó en democracia durante el gobierno de Carlos Menem en los ‘90 y que se reedita en la actualidad bajo el mando de Mauricio Macri. Un endeudamiento que funciona como respirador artificial de un modelo económico que hasta ahora no da muestras de estar vivo.

Con el triunfo de Cambiemos en las elecciones del 2015, la derecha y el neoliberalismo tardío recuperaron el poder del Estado, tal como sucediera hace 41 años, pero esta vez por vía democrática y dentro de una coalición política y social que articula con el poder económico y  grupos de comunicación hegemónicos. Esta alianza entre los sectores más poderosos del país, que además cuentan con el apoyo de organismos financieros internacionales, le permite a Mauricio Macri jugar a prueba y error a la hora de imponer medidas que son funcionales a intereses personales o a empresas afines al Gobierno.

El problema para la nueva administración, está en que estas decisiones tomadas en beneficio de un sector minoritario y más rico de la población, trae como consecuencia la caída de  la imagen positiva que Macri supo adquirir al ganar el ballotage y con ello la pérdida del apoyo que más de la mitad de la población le depositó con su voto. Las encuestas más recientes hablan de una caída que llega a solo el 38% de respaldo al Presidente, por parte de la sociedad.

Cuando comienza a debilitarse la relación entre quien detenta el poder (Estado) y quien se somete a su voluntad bajo una situación de confianza (sociedad), es cuando precisamente la legitimidad de ese poder comienza a flaquear y los lazos afectivos que promovían esa unión, se deterioran. La dominación consensuada ya no es tal y al Estado, no le queda otra herramienta que ejercer con mayor énfasis el monopolio de la violencia con el fin de lograr la obediencia social.

Los militares del ’76 creyeron que con esto bastaba para “disciplinar” al pueblo, pero en cada expresión popular actual vemos que lejos estuvieron de acallar estas voces.

Macri, intenta jugar a un “juego” que puede ser parecido a los de hace 41 años. Propone un protocolo que anula cualquier protesta social, reprime en las manifestaciones, da rienda suelta a la policía para la detención de cualquier individuo de “rostro dudoso”, encarcela y tortura a menores de edad como ocurrió con los pibes de la Garganta Poderosa, premia a quienes no participan en huelgas y condena a quienes reclaman por sus derechos, justifica el encarcelamiento de Milagro Sala como un caso “ejemplificador” para quienes intenten actuar de la misma manera que la líder de la Túpac Amaru y destina más de 2 mil millones de dólares a la compra de equipamiento de guerra sin un conflicto bélico cercano e incrementando la deuda externa de una manera peligrosa.

Son tantas  las similitudes evidentes entre Cambiemos y el “Proceso de Reorganización Nacional” de la última dictadura militar argentina,  que nos permiten afirmar que Macri y Videla no son tan distintos.

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