La necesaria unidad de clase

La fragmentación de la clase trabajadora argentina es el principal obstáculo a la hora de construir un proyecto político popular y transformador.

Por Juan Manuel Erazo.

“El único que para el país es la CGT, ni los movimientos sociales, ni la izquierda, ni las otras centrales”, sentenció Pablo Moyano durante la conferencia que ponía broche de oro a un exitoso Paro Nacional. La postal de estaciones y terminales vacías que circularon durante la jornada le dan la razón. No obstante, la CGT no es la única capaz de generar un hecho político de la clase trabajadora, ya que las masivas movilizaciones de marzo lo demuestran, incluso cuando quisieron generar el suyo les salió el tiro por la culata. La postal del atril volando de mano en mano lo expresa.

Por su parte, las CTA, reconocidas principalmente por nuclear a los estatales y docentes (ni más ni menos), carecen de la musculatura organizativa necesaria para frenar el país. Sin embargo cuentan con una cuota de voluntad y creatividad a esta altura histórica para generar hechos políticos de gran envergadura y ser una muy molesta piedra en el zapato de Cambiemos. De la resolución de su conflicto surgirán balances vitales para pensar una estrategia de empantanamiento de la avanzada del capital sobre el trabajo.

Por su parte, los trabajadores de la economía popular han desarrollado un nivel de organización y propuesta política que amerita leerlo seriamente. No sólo piensan en “planes sociales” como sostienen Longobardi y Feimann, han planteado la división específica de cada una de las ramas en las que fabrican, creado nuevas unidades productivas, sostenido una central que los aglutina (la CTEP). En fin, han dado pasos trascendentes para aquellos que quedan por fuera de los círculos de integración de capital-trabajo. Pero sin el reconocimiento de real de las principales centrales sindicales, cuesta más aguantar los golpes.

Ahora, a todos estos sectores los une un factor común: el espanto.

De los globos a los palos

¿Cuál es el elemento común que tuvieron las jornadas del 6,7 y 8 de marzo, las ollas populares del 15, la marcha del 24 y el paro nacional? En primer lugar, se terminó la ilusión macrista de que el ánimo popular puede manipularse con promesas que se dilatan. La tolerancia de la gente ante el empeoramiento de sus condiciones materiales de vida ha tocado un límite. En segundo lugar, queda demostrado que la derrota pretendida sobre la organización popular, sea sindical, social, estudiantil, no es para nada un hecho consumado. Hay reservas, y muchas.

La respuesta del Gobierno nacional, lejos del diálogo, la alegría y los globos, consistió en polarizar, endurecer el discurso y la práctica política, fortalecer la base propia, mostrarse inflexible hacia los reclamos y buscar algunas derrotas “ejemplificadoras” importantes a los sectores movilizados de la clase trabajadora. ¿Por qué? Es muy pronto para pensar una única respuesta. Está claro que el panorama mundial y continental ya no permite repartir para arriba y para bajo, y también que, aunque pudiese, este gobierno no lo haría. La economía de guerra siempre la pagan los pobres.

La represión a un comedor popular en Lanús, a docentes en la Plaza de los Dos Congresos, y la reciente interrupción en una Universidad Pública en Jujuy demuestran que la cosa viene muy en serio. Todas las hipótesis de conflictividad que se pudieron haber pensado hace meses deben someterse a la idea de que el clima va en tensión, ya que como dijo el presidente “no hay plan B”, y como ya muchos vienen sosteniendo, este modelo cierra sólo con palos.

En las calles, en la política

Separar lo político de lo social es un ejercicio nocivo si se pretende trasformar la realidad. Son dos caras de una misma moneda, dos elementos que se condicionan constantemente. Desde el cartonero a la docente, desde el trabajador de la salud al camionero, hay un hilo de historia que fue roto y hoy el desafío consiste en aunar las piezas del rompecabezas. Los tiempos por venir aceleran la necesidad. La Marcha Federal, la lucha por la implementación de una Ley de Emergencia Social, las movilizaciones de marzo, son solamente algunas muestras de lo que esa unidad, por lo pronto reivindicativa, puede generar. Estas iniciativas donde las centrales articulan y se pliegan deben marcar un horizonte a la hora de hacer carne la unidad.

Ahora bien, esos ensayos arrojan algunas pautas necesarias para la búsqueda de esa unidad. En primer lugar encontrar ejes trasversales a todos los sectores, y desde ese lugar el movimiento de mujeres puede dar notada cuenta. Cuando las calles no las ocupaba nadie, ellas las tomaron, cuando la CGT tomaba el té con el Gobierno, ellas pararon. La capacidad de hacer titubear a más de un funcionario que tuvieron las movilizaciones protagonizadas por las mujeres fue asombrosa. Es que es la muestra perfecta de la transversalidad política y social.

Por otro lado, es más que necesario ir no sólo empantanando el avance de la ofensiva neoliberal sino también logrando pequeños triunfos, aunque sean simplemente sabores. Hay que considerar que el proyecto continental de derrota de los sectores populares no ha logrado hacer pie. El triunfo de Lenin Moreno en Ecuador, las protestas en Brasil, la crisis política en Paraguay, la lucha estudiantil en México y el avance de los acuerdos de paz en Colombia demuestran que si bien el escenario es complejo y lo que antes considerábamos ya pisos conquistados hoy pasan a ser victorias, es necesario igual lograrlas.

Por otro lado queda la difícil tarea de expresar la unidad de clase en alternativas políticas marcadamente antineoliberales y transformadoras. Ninguna de las expresiones de la izquierda por separado puede hacerlo. El kirchnerismo, aun siendo un actor importante y con la figura trascendental de Cristina Fernández, solo no podrá abarcar el conjunto de estas experiencias ni marcar los tiempos de la agenda. La muchas veces nombrada “unidad del peronismo” no podrá aunar lo que por abajo no se une, menos podrá unir a los que se enfrentan al neoliberalismo, y a los que le juegan de “oposición responsable”. Aunque la tarea quizá no se logre este año, queda el desafío plasmado: la unidad de los trabajadores, la alternativa política necesaria.

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