La batalla de los Populismos

Por Emiliano Delucchi

“Contra la derecha del dinero y la izquierda del dinero,

yo soy la candidata de la Francia del pueblo”

Marine Le Pen

El socio-liberal Emmanuel Macron (En marcha!) y la derechista Marine Le Pen (Frente Nacional) encabezaron los comicios generales realizados en Francia el pasado domingo; por lo que el 7 de Mayo próximo se disputarán la presidencia del país galo en un balotaje, método por el cual se definieron los primeros mandatarios sin excepciones desde la instauración del voto directo en 1965.

Los candidatos y los modelos.

Emmanuel Macron es prácticamente un outsider de la política, casi desconocido por el pueblo hace unos dos años atrás; pero que impulsado por los medios de comunicación y valiéndose de la crisis de los partidos tradicionales, supo erigirse como candidato del establishment. Ex-ministro de economía del actual gobierno de François Hollande, paladín del liberalismo económico, defensor del Euro, la Unión Europea y la alianza estratégica con EEUU; puede convertirse en el hombre más joven en alcanzar la presidencia de Francia si se cumplen los pronósticos que le aseguran una cómoda victoria por más de 20 puntos sobre su rival.

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Del otro lado, Marine Le Pen, nacida y criada en la política Francesa como hija del fundador y anterior presidente del FN, Jean-Marie Le Pen. Este último también consiguió participar de un balotaje en 2002, siendo derrotado por el centrista y dos veces presidente de la nación Jacques Chirac por más de 60 puntos, en lo que constituyó la máxima diferencia histórica en una contienda electoral.

El programa de Le Pen parece, a simple vista, la antítesis del de su rival: aboga por el regreso a una moneda nacional, política de riguroso control inmigratorio, posible salida de la Unión Europea, al tiempo que cuestiona las alianzas con EEUU y Alemania. Por otra parte, ante un electorado marcado por la heterogeneidad, ambos candidatos han intentado relativizar sus discursos para convertir sus partidos en un atrapatodo; estrategia que le ha funcionado mejor al candidato liberal, al menos según las encuestadoras.

La incógnita es si, de cara al balotaje, la titular del Frente Nacional se verá limitada por su techo de cristal y repetirá una derrota estrepitosa como la de su padre hace 15 años; o si por otro lado será efectivamente representante de algo nuevo, capaz de cautivar a más de la mitad del electorado para convertirse en la primer mujer en dirigir los destinos de la nación.

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Contexto e historia reciente

Para comprender la realidad política que hoy presenta el país galo resulta fundamental referirse a la crisis que atraviesan las dos fuerzas políticas más importantes: el Partido Socialista (en gobierno actualmente) por un lado, y el Partido Republicano (hoy llamado Los Republicanos, anteriormente Unión por un Movimiento Popular)por el otro. Está crisis ha permitido que un outsider y una representante de un partido históricamente menor se disputen la primera magistratura.

Con una economía estancada desde hace al menos 30 años, los sucesivos gobiernos no han sabido otorgar respuestas a un enorme sector de clase media que se ve pauperizado y cada vez más desplazado del estado de bienestar de posguerra, impulsado por la alianza tácita entre el Gaullismo y el Partido Comunista hace más de 60 años. Asimismo, los sectores populares sufren los embates de una inmigración europea del este y africana que, huyendo de sus países devastados por los imperialismos estadounidense y europeo, se encuentran dispuestos a trabajar sin gozar de derechos laborales y por un salario debajo del mínimo.

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Como si esto fuera poco, existe un gran sector de franceses pobres descendientes de inmigrantes, en su mayoría segunda o tercera generación de magrebíes*, que no han sido incorporados como ciudadanos plenos a la vida política. En esto han fallado de igual manera los republicanos y los socialistas, que no solo han subestimando constantemente el papel colonial de Francia en África, sino que tampoco se han preocupado en reconocer y valorar la inmigración, condenando a millones de nacidos en territorio nacional a ser ciudadanos de segunda categoría.

Tampoco puede obviarse que el rebrote de los movimientos de derecha no solo se da a nivel europeo, sino que es un fenómeno global que ha recibido un fuerte impulso gracias a la sorpresiva victoria de Donald Trump en EEUU, para quien tanto las encuestas como los analistas políticos auguraban una derrota tan concreta como la que vaticinan hoy para Le Pen. ¿Puede haber otra sorpresa? ¿Son estos nuevos movimientos tan similares a las derechas tradicionales?

Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del populismo

Podemos encontrar similitudes en los discursos del presidente norteamericano y la candidata derechista, pero más aún en cómo éstos son presentados en los medios de comunicación masiva: a través de su lente, construyen imágenes de dichos personajes resaltando su extremismo, excentricidad y xenofobia. ¿Son esas cualidades un invento? De ninguna manera, pero tampoco representan la totalidad de lo que los candidatos ofrecen, y cuando los propios medios se creen su visión sesgada, comienza el espiral de reproducción (hasta el hartazgo) de noticias simplificadas e incompletas.

En ese sentido, desde hace años que el FN intenta dejar atrás la imagen antisemita y pacata de su fundador (quién calificó al Holocausto como un detalle de la historia), al tiempo que ha logrado convertirse en un partido moderno, capaz de articular demandas populares (en el sentido laclausiano) e incluir en su proyecto a ciertos grupos feministas, minorías sexuales e incluso étnicas, aunque en bastante menor medida que a los primeros.

Ante la acusación de ultraderechista realizada por una periodista de la TV española, Marine Le Pen contesta que la ultraderecha no es otra cosa que el “ultra liberalismo, la ley de la selva” (representados por su ahora rival directo Macron), y posteriormente se pronuncia a favor del equilibrio entre Estado y mercado, la recuperación del salario, la economía social y la soberanía nacional.

En Octubre de 2015, Le Pen da en el parlamento Europeo un discurso que, exceptuando las referencias migratorias, podría ser atribuido a Hugo Chávez o Rafael Correa. En   él, increpa al presidente Hollande y lo acusa de no ser otra cosa que un vicecanciller alemán, “administrador de la provincia de Francia”; y de no defender los intereses nacionales. Durante la misma exposición, y en presencia de la propia Ángela Merkel, se pronuncia en contra del modelo teutón de austeridad y bajos salarios y a favor de los programas de protección social.

Banderas del pueblo y articulación de demandas

El imaginario al que apela la candidata del FN parece ir bastante más allá de la mera xenofobia o trascender el supuesto discurso delirante que los medios le atribuyen. Las referencias al vasallaje de EEUU, el dumping social, y el proteccionismo inteligente, hacen recordar al discurso del actual presidente de EEUU; que detrás de una batería de excentricidades, expresaba el deseo del estadounidense medio de volver a los años dorados de industria pujante, el consumo popular y el  mercado interno.

El rechazo de Le Pen a los aspectos negativos de la Unión Europea y el retorno a una democracia de Estado-nación que defienda “los intereses supremos de Francia”; se asemeja tanto a las proclamas por la soberanía nacional enarboladas por los populismos latinoamericanos del siglo XXI, como al promocionado “Make America great again” que llevó a la victoria a Donald Trump en EEUU. En el otro extremo, se encuentran los candidatos de la globalización, el TPP y el liberalismo económico: Hillary Clinton, Emmanuel Macron o Mauricio Macri.

Todo parece indicar que ante una crisis del bipartidismo tradicional y la ausencia de partidos de izquierda fuertes tras el colapso de la URSS; la historia, lejos de haber desaparecido como asegurara el gurú liberal Francis Fukuyama, ha virado hacia una política definida por una batalla de populismos de izquierda y derecha, en la que la articulación de demandas populares está en el centro de escena.

Independientemente de las latitudes, los problemas de inmigración, el malestar social, la redistribución regresiva de la riqueza (sumados a las similitudes en las propuestas de los partidos de “izquierda y derecha” que se han homogeneizado cada vez más durante los años 90) han sido ingredientes de un caldo de cultivo de enorme cantidad de demandas insatisfechas; que no han encontrado cauce en los canales institucionales y políticos vigentes.

De este modo, ya sea por izquierda o derecha, los populismos hacen volar por los aires la idea neoliberal de gobierno sin pueblo, instaurada con la caída de los estados obreros reales y globalizada durante los últimos 25 años, produciendo una gran crisis en buena parte del pensamiento político, que se muestra incapaz de analizar los fenómenos populistas sin caer en reduccionismos o adaptaciones forzadas a marcos teóricos decimonónicos.

Conclusiones

El conflicto del siglo XXI parece radicar en que el socialismo post muro de Berlín, sin programa ni contenido, se muestra incapaz de ofrecerse como rival frente a los movimientos derechistas; por lo que el populismo de izquierda se presenta como única respuesta de los pueblos frente al liberalismo imperialista. Es imposible ocultar que candidatos como Trump o Le Pen no entienden la disputa como globalización vs. pueblo; sino como élites locales (de las que ellos forman parte y defienden) vs. élites internacionales representadas por sus rivales liberales y a las que dicen combatir.

De la batalla de los populismos dependerá que la apropiación de los significantes de soberanía política, independencia económica y justicia social, sea articulada por expresiones inclusivas y que avancen hacia una radicalización de la democracia, como propusieron hace ya más de 30 años Ernesto Laclau y Chantal Mouffe; o dichos conceptos pasen a la órbita de la derecha que acudiendo a discursos pasionales buscan construir un pueblo a imagen y semejanza  de los intereses de las élites.
*Se considera Magreb a la región que comprende los países del Noroeste de África, principalmente Marruecos, Argelia, Túnez, aunque también Libia y Mauritania.

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