Relatos en primera persona: Hablemos de la carrera de medicina

Por Juan Suficiente

Difícilmente alguien hubiera podido prever, desde un principio, la forma que tomó el conflicto de Medicina en la UNLaM. Lo que inicialmente parecía una puja de fuerzas relativamente comparables, con puntos fuertes por ambos lados, terminó convirtiéndose en el “juego del gato y el ratón”. Hoy en día seguimos presenciando cómo el personal de seguridad persigue impunemente a los docentes despidos por los pasillos, escoltándolos a la distancia.

Podríamos extendernos en el conjunto de movimientos realizados tanto por Sidunlam, el sindicato que respalda a los trabajadores cesanteados, como por las autoridades de la universidad, particularmente las del Departamento de Salud. De ese análisis concluiríamos en que el proceso no fue más que una concatenación de actos apresurados, desmedidos y fundamentalmente movilizados por fuertes y respetables convicciones, pero por una vaga estrategia. Es decir, error tras error.

Recientemente, los docentes despedidos pudieron retrucar con una cautelar judicial que forzaba la reincorporación de cinco de ellos a sus antiguos puestos de trabajo. Sin embargo, el vale-cuatro de la universidad cayó con más peso, y desacatando la orden por un breve período de tiempo lograron dejar sin validez ese recurso legal. Nuevamente, y como en un inicio, anticiparse a los sucesos futuros resulta imposible.

Es entonces cuando no queda otra alternativa que remontarse a la causa primordial de esta historia; la única que puede ayudarnos a entenderla en toda su dimensión. No es casualidad que, aquellos que hoy la cuentan, hayan querido disfrazarla como un conflicto docente, sindical e injustificado. Estaríamos pecando de ingenuos si creyésemos que esto sólo se trata de eso. El denominador común, lo único que verdaderamente explica desde su esencia lo que hoy se vive en Medicina, es la carrera en sí, es su currícula. Es por esto que se ha ensuciado la lucha: se la ha tildado como algo ajeno al estudiante, invitando al silencio, impidiendo toda posibilidad de debate. Hoy, en la carrera de medicina, ya no se habla de la carrera de medicina.

Y si digo que hay que hablar de la carrera, es porque ya no hay forma efectiva de no hacerlo. Es decir, no es posible que un estudiante no perciba la vulneración que ha sufrido y que no se sienta afectado por ella. Hablemos de la carrera entonces, y hablemos de las personas que hoy dan vida a nuestra carrera.

“Se está perdiendo el prestigio”, “Ya no me quiero pelear, sólo me quiero recibir”, “No tengo más motivación”, ” Un docente criticó mi vestimenta”, “Esta no es la carrera que elegí”; son sólo algunos de los comentarios, de los síntomas manifestados por los estudiantes que han vivido y padecido este cambio. No hablamos sólo del contenido curricular, completamente desvirtuado – un docente fundador hablaba de una “cáscara de huevo: íntegra por fuera, pero vacía por dentro” – sino del clima de convivencia, de desarrollo, de aprendizaje. Paralelo a un descenso abrupto en el nivel académico, que viene de la mano de docentes que no están capacitados para tapar los baches generados con los despidos, ha emergido sutilmente el viejo espectro de la enseñanza médica. Ese que agiganta a los docentes por encima de los estudiantes, que vulnera el clima democrático gestado en los primeros años de este proyecto,

y que, en definitiva, empieza a formar médicos incapaces de dar respuesta a las verdaderas problemáticas de la comunidad, a quien debemos retribuir toda nuestra formación.

Seis años después de su fundación, y ya duplicado el plazo establecido inicialmente, aquellos que defendemos la currícula original seguimos aguardando la esperanzadora visita de la CONEAU. Esta institución debería velar por la integridad de nuestra carrera, siéndole fiel a su orientación inicial; denunciando los cambios arbitrarios y decadentes que las actuales autoridades han efectuado y, luego, invisibilizado. Dependerá, mientras tanto, de la resistencia que puedan imponer aquellos que siguen adentro de la carrera y del tacto que tengan para hacer partícipes de la misma a los estudiantes que hoy son meros espectadores.

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