No hay ricos, sin pobres

“La economía no es ni ha sido nunca libre: o se la dirige y controla por el Estado en beneficio del Pueblo o la manejan los grandes monopolios y corporaciones en perjuicio de la Nación”. Juan Domingo Perón. 

por Esteban Pastoriza

El último informe del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) dio a conocer que hacia finales del año 2016 se profundizó la brecha entre el sector más rico y el más pobre de Argentina. Los datos arrojados revelan que, durante dicho periodo, el grupo más privilegiado de la población gano 25,6 veces más que la porción más vulnerable.

Es decir, el 10% más rico del país gano un 2.560% más que el 10% más pobre, confirmando de esta manera la tendencia relevada a lo largo del primer año de gestión de Mauricio Macri, donde la distancia entre los que más ganan y los que menores ingresos perciben continua ampliándose.

Si buscamos las causas que llevaron a este modelo paradójico, donde cada vez los ricos son más ricos y pobres cada vez más pobres, podemos reconocer que mucho ha tenido que ver la transferencia de riqueza que hubo de los sectores más bajos a los más altos de la sociedad durante los poco más de 500 días del Gobierno de Cambiemos.

Basta con observar que, debido a la baja de impuestos internos y la apertura de importaciones, se venden más autos, camionetas, motos de alta gama provenientes del exterior y en detrimento del empleo nacional, donde la actividad de la industria automotriz cayo más del 15% en lo que va del año.

Sucede que el propio Presidente de la Nación fue categórico al denunciar: “Hemos encontrado un Estado desorganizado y mal gestionado”. Esta definición enunciada por Macri al comienzo de su mandato dejaba en claro que las ideas que tenía para el futuro del país, lejos estaban de lograr equidad social, unión de los argentinos, el cierre de lo que los medios denominaron “la grieta” y mucho menos mantener o profundizar las acciones que produjeron beneficios para gran parte de la población durante el gobierno kirchnerista.

Al contrario, Macri fue funcional a los intereses de grupos concentrados al eliminar o reducir las retenciones al sector agroexportador; fomentó una desigual distribución de la riqueza limitando las paritarias por debajo de los índices inflacionarios, incrementando las tarifas de los servicios públicos de forma indiscriminada;  se sometió a la voluntad de las decisiones de los organismos internacionales, al volver al endeudamiento  con el FMI; y emitió deuda renunciando a la inmunidad soberana ante Estados Unidos y Reino Unido.

Pero, para entender mejor cómo el “sinceramiento económico” y “la revolución de la alegría” que prometió llevar adelante Mauricio Macri junto a lo que el mismo definió como “el mejor equipo de los últimos 50 años”, tuvieron consecuencias tan desfavorables para la mayoría de la sociedad, debemos hacer hincapié en la reedición del modelo neoliberal iniciado a mediados de los ‘70, profundizado en los ‘90, y resucitado en la actualidad por la alianza Cambiemos.

 NEOLIBERALISMO Y LA TRAMPA DEL MAL GOBIERNO

Como primer análisis debemos comprender que, para el postulado del modelo neoliberal, la competencia es la característica fundamental de las relaciones sociales. Afirma que el mercado produce beneficios que no se podrían conseguir mediante la planificación de políticas de estado, y convierte a los ciudadanos en consumidores cuyas opciones democráticas se reducen a tan solo comprar y vender. Este proceso supuestamente premia al mérito y castiga la ineficacia.  Pues, todo lo que limite a la competencia es, desde su punto de vista, contrario a la libertad.

El neoliberalismo ve a la desigualdad como virtud. Es decir, una recompensa al esfuerzo y un generador de riquezas que “beneficia a todos”. La pretensión de crear una sociedad más equitativa es contraproducente, pues según esta teoría, el mercado se asegura de que todos reciban lo que merecen.

Bajo este dogma de libre mercado, los ricos se convencen de que su condición de privilegio se debe a sus propios méritos, sin tener en cuenta sus privilegios de educación, patrimonial o de clase; mientras que los pobres se culpan de su fracaso, aunque no puedan hacer gran cosa por cambiar las circunstancias que determinan su existencia.

Pero, como ya se ha dicho sobre la pobreza en tiempos de Macri, muchas personas que viven en situación de vulnerabilidad se ven sometidos a lo que se conoce como “la trampa de la pobreza”, que lleva a generaciones enteras a una condición de desigualdad social casi sin escapatoria alguna.

Ante este panorama crítico que viven las familias de los sectores más desfavorecidos y en lugar de establecer condiciones  de mayores oportunidades para los que menos tienen; el Gobierno propone una mirada de “auto culpabilidad” sobre aquellos que no consiguen trabajo, argumentando que es por sus propias faltas de iniciativa .

La realidad demuestra que la desigualdad de oportunidades se ha transformado en uno de los factores más preponderantes a la hora de buscar las razones que den cuenta del incremento de la brecha entre ricos y pobres. El culto al individualismo que propone la visión meritocracia del gobierno, donde “cada uno tiene lo que merece”, impone una escena que muestra a un puñado de “favorecidos por el mercado”, que son quienes lograron sus objetivos personales sin que “nadie les regale nada”.

Mauricio Macri ha defendido en público el dogma liberal afianzado en la llamada “teoría del derrame”, o como el mismo Presidente se atrevió a expresar en un nuevo furcio discursivo “la teoría del chorreo” (sic). Esta suposición sostiene que el crecimiento económico, que hipotéticamente vendría de la mano de las inversiones, derrama sus beneficios de manera natural, tarde o temprano, hacia los sectores de menores ingresos; aunque el Estado asuma un rol pasivo en la generación de políticas de distribución de la riqueza.

Sin embargo, a más de 500 días de iniciado el Gobierno de Cambiemos, las milagrosas inversiones no han llegado, la deuda externa se ha disparado a valores históricos (192 mil millones de dólares), los despidos en el sector público y privado se cuentan de a miles, el mercado interno se ha deteriorado producto de la apertura de importaciones y se ha producido la consecuente destrucción de la industria local, junto con el aumento de la inflación que eleva los precios de los bienes de consumo y el sueldo del asalariado que ya no sabe cómo amigarse con el calendario de pagos.

El protagonismo principal que toma el mercado en el modelo neoliberal macrista, le permite a éste moverse libre de ataduras estatales y bajo las propias reglas de la oferta y la demanda, siendo la expresión más fehaciente de una desigual distribución de la riqueza; pues no existen demandas alcanzables para aquellos sectores más vulnerables que han perdido el sostén de un Estado presente, que caracterizó a los gobiernos anteriores.

Los pobres y los desprotegidos no encuentran lugar en este proceso de cambio argentino. Tampoco perciben  la igualdad de oportunidades que le permitan hacerse del beneficio del mérito. Ellos quedan sumergidos en sus necesidades insatisfechas, en su pobreza estructural, en las propias “trampas del mal gobierno” que los somete a una igualdad aparente e ilusoria, y que solo sirve para mantener al pobre en su miseria y al rico en su usurpación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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