Discurso y políticas públicas del populismo. Controversias en torno a la conceptualización de un término en disputa

Por Cecilia B. Díaz[1] y Emiliano Delucchi[2]

 

En los análisis políticos suele mencionarse sin pudor la acusación de populismo a cualquier signo o discurso vinculado tanto al nacionalismo como al control del comercio internacional; sin olvidar el antimperialismo, la demagogia, y hasta la universalización de los derechos. De esta manera, cualquier slogan de campaña podría señalarse como populista en voz de quienes se arrogan la inteligencia de desenmascarar estafas electorales y demonizar tanto proyectos como personas. Si bien esta utilización del término populismo no es nueva, tiende a equiparar proyectos de la nueva derecha europea tanto con los movimientos latinoamericanos nacionalistas del siglo XX como con las particulares construcciones progresistas que tienen lugar en nuestro continente desde los primeros años de este siglo.

 La falacia del populismo como desvío democrático

El triunfo de Donald Trump, la hegemonía de Vladimir Putín en Rusia y la buena elección de Marine Le Pen en Francia (quien salió segunda en las generales y duplicó los votos obtenidos por su padre en el balotaje de 2002), sumados al crecimiento de los partidos nacionalistas europeos; volvió a traer a escena la discusión sobre el populismo, que parecía zanjada desde que el fin de la historia fuera decretado con la caída del muro de Berlín hace 27 años.

Sin embargo, la suturada discusión en torno a la democracia fue abordada por el neoliberalismo bajo la bandera del pensamiento único, al que ilusionó con una adecuación institucional a la libertad de mercado. Sin opresiones y con una distribución justa de la riqueza, las demandas tradicionales podrían ser llevadas a cabo sin alterar el esperado orden del sistema de representación. En ese sentido, neoliberalismo e instituciones democráticas se presentaron como una alianza hacia el bienestar social, a partir de la exaltación de la libertad individual. Pero, lejos de esta promesa, la distribución del ingreso se volvió cada vez más regresiva. Las organizaciones nacionales y supranacionales no pudieron dar respuesta a un número de marginados en crecimiento y un descontento social con la política y los políticos cada vez más profundo. En esta confusión radica el vaciamiento del sentido de los derechos, la ciudadanía y la participación de los sectores populares.

Por eso, señalamos que la acusación al populismo de peligro democrático o patología política refiere a una noción que reduce el significante democracia al sistema institucional rutinario y no a una ampliación de la participación del pueblo en todos los ámbitos de la vida pública. De ese modo, el ataque persistente sobre el populismo remite a una reacción neoliberal por sostener una cáscara republicana que legitime un sistema económico desigual.

Uno de los aspectos por los cuales se realizan análisis y conceptualizaciones sesgadas radica en asimilar las experiencias nacionalistas europeas del siglo XX con los discursos polarizadores del llamado viejo continente en siglo XXI, y a su vez con los procesos populistas de Latinoamérica.

Latinoamericanos y europeos

En primer lugar, la principal diferencia entre los procesos históricos mencionados es la construcción del antagonista. En la mayoría de los países de Europa occidental ese enemigo fue representado en el extranjero y eso se debe a una vasta historia donde el carácter imperialista de estos países establece una relación directa entre un discurso nacionalista y la expansión territorial y simbólica. De forma tal que hoy, cuando la hipótesis de una guerra convencional entre potencias parece descartada, el conflicto se traslada a las políticas inmigratorias y a la defensa y protección de las burguesías locales frente a la europeización de la economía.

En consecuencia, una de las características de los populismos de derecha es la habilidad para confundir burguesía nacional con patria. Bajo el escudo de un discurso de protección al empleo local y anti-inmigración, defienden de manera irrestricta las burguesías nacionales (de las que muchas veces los propios candidatos populistas forman parte) en detrimento de sus competidoras foráneas. En estos casos, el mayor nivel de vida y salarios que prometen Trump o Le Pen no sería la base de su política de gobierno sino más bien un daño colateral de un intento de regreso al estado nación decimonónico.

Por otro lado, en Latinoamérica los nacionalismos no han sido expansivos territorialmente, sino que su especificidad popular los posicionó como anti-imperialistas y por lo tanto se constituyeron, en general, como movimientos que resistían frente a presiones externas en terrenos en los que sus predecesores sólo habían claudicado. Allí puede reconocerse un punto nodal, ya que en los países de la región está presente un enemigo en común desde su origen y, por ende, la existencia (aunque latente en sus comienzos) de demandas capaces de construir una cadena de equivalencias.

Entonces, en nuestras latitudes el antagonista no ha sido ni es el pueblo vecino, sino las fuerzas internacionales materializadas en los imperios colonizadores, las relaciones neocoloniales y el capital financiero especulativo. En ese sentido, desde México hasta el Cono sur, los gobiernos populistas de mediados de siglo han entablado una fuerte relación con la autonomía nacional, la ampliación de derechos, la industrialización y el desarrollo económico sin dejar de lado la integración nacional para la soberanía de sus pueblos[3].

Setenta años más tarde y luego de una década de hegemonía neoliberal, movimientos similares (aunque aggiornados) surgieron como respuesta a sociedades devastadas, desesperanzadas y en un contexto de crisis económicas crónicas, en las que la reactivación del mercado de trabajo y de consumo, el otorgamiento de derechos y la distribución de la riqueza fueron fundamentales para reconstruir la identidad nacional, y luego regional mediante organizaciones como UNASUR; y en algunos casos evitar lo que hubiese podido ser la propia disolución de los Estados (como en el caso de Argentina en el 2001).

¿Dónde está la democracia?

 Otro de los argumentos esgrimidos para equiparar populismo con nacionalismos de derecha de los países centrales es la observación sobre el discurso electoral. Allí, la retórica populista suele tener una amplia variedad de lugares comunes, útiles tanto para los discursos de izquierda como de derecha: el enaltecimiento del ser nacional, la apelación a sentimientos, tradiciones e historias en común o la figura del líder capaz de llevar la patria a buen puerto, entre otras; que sirven para forjar una identidad que tiene a la otredad como un componente constitutivo central. Podemos afirmar que tal fenómeno es inevitable, dado que para ganar los cargos públicos es necesario obtener la voluntad mayoritaria a través de la interpelación de colectivos afectivos como identitarios. Entonces, surge una pregunta central: ¿todos son populistas?

Aquí radica un aspecto central de este escrito: la diferencia discursiva en términos laclausianos del populismo es su acción. Habrá que observar entonces en la política pública y en la organización política esa construcción de pueblo, en tanto ampliación de la democracia en los aspectos materiales y simbólicos más cotidianos y profundos. En ese sentido, no hay mayor democratización que el reconocimiento de derechos que permitan la igualdad.

Otra caracterización dirigida a la demonización del término es la reducción del discurso populista latinoamericano al “productor de la división de la sociedad” -lo que en algunos países la derecha ha evaluado como “crear una grieta” o “dividir a la población”-. Lo cierto es que el populismo evidencia los conflictos sociales internos, los que una vez revelados en el ámbito público no pueden borrarse de discusiones posteriores, ni de la identidad política. Es que demostrar la existencia de los intereses antagónicos es demostrar que hay fuerzas que pretenden destruir al otro.

En ese plano, los líderes populistas convocan al pueblo a pelear por sus derechos, lo que muchas veces implica el fin de los privilegios del adversario. Pero, tal como ocurre en el proceso emancipatorio, esa pelea no tiene sutura posible; por lo que en la negación de la reconciliación o consenso social hay una apuesta que despierta el afecto, ya sea como amor o como odio. Asimismo, la especificidad histórica del antagonista es la que altera la identificación de los socios locales de los enemigos del pueblo. En la experiencia sudamericana, los sectores conservadores neocoloniales son los que concentran buena parte de la riqueza nacional, por lo que una de las banderas de los populismos de izquierda es la igualdad, o la distribución equitativa.

En consecuencia, la retórica populista se encarna en la acción de gobierno. Esa es la característica de las experiencias populares de Sudamérica al llevar adelante políticas redistributivas y de ampliación de derechos, porque entendieron que, tal como lo señala Thomas Piketty, en su popular obra “El capital en el siglo XXI”, desigualdad y democracia no son compatibles, por ende, la desigualdad promovida por el neoliberalismo lo convierte en un modelo económico antagónico de un sistema político democrático.

 El populismo programático

Es menester responder la pregunta por la existencia de un programa de gobierno populista, ya que tanto líderes como gestiones de este corte fueron acusados (por derecha e izquierda) de inestables, improvisados, heterogéneos y carentes de instituciones.

Resulta insoslayable el hecho de que los populismos han cobrado fuerza en la primera década del siglo XXI, en la que diversas sociedades a lo largo y ancho del globo manifestaron su descontento ante el mundo multipolar basado en grandes bloques regionales y surgido del colapso de la URSS. No es un dato menor, ya que las promesas de avance social y material en un contexto pos-ideológico jamás se materializaron.

Por lo tanto, ya es notorio para buena parte de la población que democracia y neoliberalismo no serían tan compatibles como los poderes hegemónicos quieren hacer creer, al tiempo que dichos bloques regionales presentan serios problemas a la hora de, por una parte, crear identidades colectivas perdurables (algo más difícil que una moneda común) y por otra, concretar proyectos de gobierno plurinacionales que reemplacen las prácticas que durante los siglos XIX y XX llevaron adelante los estados-nación dirigidos (y construidos) por burguesías nacionales.

La salida a este panorama plagado de demandas populares insatisfechas por los canales tradicionales se resolvió con construcciones políticas de corte populista, que describimos en el comienzo de este artículo. Ahora bien, podemos resaltar en que sus versiones izquierdistas, cuando ocupan el gobierno utilizan los recursos del Estado para satisfacer las necesidades de las mayorías populares, siendo este su principal objetivo, mientras que los gobiernos de derecha se enmascaran detrás de una retórica populista para satisfacer las demandas de las elites locales.

Si bien ante un proceso de recuperación económica como el argentino (2003-2015) puede darse que tanto los sectores populares como buena parte de las elites se vean beneficiados por un proyecto nacional-popular, la diferencia principal radica en cómo cada administración construye la escala de importancia a la hora de diseñar su política pública e identifica cuáles serán los actores a los que se responderá más rápidamente. Ante este escenario, el carácter emancipatorio de las medidas de gobierno constituye una distinción de los populismos de izquierda frente a otros regímenes demoliberales, más funcionales a los sistemas de gobierno delegativos.

La subjetividad populista

 Finalmente, uno de los aspectos políticos relevantes que devienen de los procesos genuinamente emancipatorios y sumamente relevantes para no confundir los populismos de izquierda o progresistas con demagogia neoliberal, es la construcción de una subjetividad politizada por las equivalencias del conflicto. En otras palabras, esto significa que el “nosotros/pueblo” se enriquece de las demandas colectivas por las que promueve la solidaridad y un sentido de bien común, que es producto de las emancipaciones y el reconocimiento de derechos a las minorías.

Esta noción puede implicar ciertas discusiones con otros marcos teóricos. Por ejemplo, la ley de matrimonio igualitario en Argentina podría ser considerada como sólo una ampliación de los derechos civiles, acción propia de un gobierno liberal. Sin embargo, la demanda no fue postulada como el derecho individual de decidir con quién casarse, sino que el eje fue el rol del Estado como protector de familias y garante del goce de derechos laborales y de seguridad social a un sector de la ciudadanía, que antes estaban desamparado.

La publicidad tanto de la demanda como del hecho injusto que la promueve, es lo que moviliza a los ciudadanos que pueden no estar afectados. En esa subjetividad, hay solidaridad y un dinamismo colectivo que se materializa en la concentración masiva, ya sea una marcha, una protesta o un punto de encuentro; el impulso de una ciudadanía social propulsa la participación y nuevos mecanismos de representación política. De ese modo, sobran ejemplos de la proliferación de organizaciones, colectivos, asociaciones, federaciones por actividad, demanda o localidad durante el desarrollo de los gobiernos populistas.

En estas reconfiguraciones de la organización social, sobreviene la reacción conservadora sobre el cuidado de las instituciones, ya que las demandas se canalizan por nuevos espacios y disputan la representación. El problema para las batallas ganadas de los populismos es sostener una articulación de las representaciones que defiendan los derechos alcanzados y fortalezcan las equivalencias que enlazan el “nosotros”. Claramente, esto queda saldado con la aparición de la figura del líder, pero no siempre su presencia implica la conducción del movimiento populista[4].

A modo de cierre

El populismo como categoría analítica presenta las mismas complejidades en su definición que el significante democracia. Esta analogía no es casual, sino que deviene de la diferencia entre sus dinámicas de representación democráticas/retóricas populistas y el gobierno democrático/populista.

De tal manera, para su aplicación en el análisis político resulta necesario observar las condiciones sociohistóricas de cada sociedad, porque son ellas las que le imprimen la particularidad a objeto.

En la misma línea, sostenemos que las construcciones hegemónicas son diferentes, ya que las derechas pueden construir hegemonías de mayor o menor duración o eficacia, pero solo los populismos de izquierda pueden sostener hegemonías emancipatorias, por ende, aunque todo populismo intenta constituirse en hegemónico, no toda hegemonía es populista.

En suma, en este artículo se ha tratado de complejizar en la síntesis de las experiencias populistas recientes para distinguir rasgos y evitar los modelos ideales y determinaciones taxativas. Se trata entonces de comprender los horizontes de la democracia, donde el populismo no es una anomalía sino el resguardo ante el vaciamiento neoliberal.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Doctoranda en Comunicación (UNLP) y Lic. en Comunicación Social (UNLAM), docente investigadora integrante del proyecto de investigación “Hacia una teoría del populismo trasnacional” (D036) del Departamento de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Nacional de La Matanza (UNLAM), en colaboración con la investigación “Theorising Transnational Populist Politics” de la Universidad de Brighton- British Academy.

[2] Lic. en Comunicación Social (UNLAM)

[3] Hacemos referencia a las primeras experiencias populistas modernas de la región lideradas por Cárdenas, Vargas y Perón.

[4] Al respecto, creemos que en el caso argentino, el kirchnerismo no amplió la participación a otros actores de peso -el sindicalismo, por ejemplo- preexistentes por la tensión en el liderazgo. En su lugar, apostó a la renovación total de las representaciones, que por condiciones generacionales y de construcción de poder simbólico y territorial no lograron ese cometido.

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