Contracultura en PRO de una identidad vacía

Por Víctor E. G.

El año pasado en vísperas de los festejos de la Revolución de Mayo el gobierno de Mauricio Macri lanzó el “Taller del Entusiasmo”, dictado por el filósofo oficial del Pro, Alejandro Rozitchner, quien es especialista en seminarios de autoayuda desde el año 2010. Lógicamente, sus principales clientes fueron empresas privadas hasta el año 2014, luego, sus servicios pasaron a formar parte contratada del gobierno porteño de ese entonces. En un comienzo el objetivo del taller fue formar nuevos y jóvenes cuadros políticos dentro de una nueva ideología de derecha en el partido PRO. Con el tiempo la idea cultural abarcó  la enseñanza de los actuales funcionarios del gobierno nacional. Las temáticas fueron las siguientes: Positividad inteligente; Entusiasmo y superación del melodrama; Taller de escritura y ganas de vivir. Es decir, los recursos del Estado se gastaron para la construcción de una falsa identidad  que enunciaba buenas intenciones y deseos por parte de los burócratas del gobierno.

La cultura Pro, expuesta por el sabio del cambio, se arrojó enfáticamente en contra de la libertad de pensamiento, el filósofo dijo en un video de su autoría: “el pensamiento crítico es un valor negativo enseñado en las escuelas nacionales. Los docentes gustan decir que quieren que sus alumnos desarrollen pensamiento crítico, como si lo más importante fuera estar atentos a las trampas de la sociedad. (…)Lo más valioso es que uno pueda querer algo. Entusiasmarse, las ganas de vivir, son más importantes que el pensamiento crítico y la objetividad. Y hay que entrenarse en este poder dormido que aplastamos con el hábito de la queja, el descontento, y la insatisfacción”. Nos encontramos ante una nueva versión del credo del orden que fue el desvelo de los antiguos partidos oligárquicos argentinos en contra de las masas populares y a favor del elitismo de clase, y hoy se encuentra en el macrismo tras la máscara adornada con altruistas palabras de contenidos utópicos.

La derecha supo transformar su discurso en favor de la paz de los cementerios, esa concordia que llevó a la exclusión a las mayorías argentinas. Sin crítica no hay conflicto, y sin problemas queda el campo allanado para el saqueo neoconservador. Saqueo que no es sólo económico sino también intelectual. Las nuevas prácticas New Age intentaron alejar al pueblo del pensamiento político. La similitud con aquellos jóvenes de los 90 quienes fueron convencidos por las luces del Primer Mundo menemista, en el cual la política fue frivolizada y por ende vaciada de contenido  con el triste resultado: la ignorancia de una gran franja etaria que pensaba que todos los políticos son iguales en sus prácticas, no sabían las distinciones de ideas, toda la mirada ciudadana era analizada por el sin sentido de un presidente farandulesco.

Llegando a nuestros días, hubo una entrevista en el canal del Diario de la Nación, emitido por la señal de Televisión Digital Abierta, en donde el intelectual de Cambiemos, desató la polémica negando la situación laboral del país y aseguró que: “el fantasma de los miles de despidos es falso” y que se trata de “una ilusión armada y mantenida que conserva verosimilitud más allá de todo testeo de la realidad”. Las palabras del nuevo consejero cultural tienen una fuerte impronta política en favor del modelo macrista, sus palabras lejos están del Taller de autoayuda. Rozitchner, es un asesor del gabinete presidencial, el filósofo se incorporó al gobierno en el año 2016 y se desempeña bajo el mandato del Jefe de gabinete, Marcos Peña, a cambio de la módica suma de $64.000, por sus consejos en redacción, asesoría en comunicación y el armado de discursos de los políticos oficialistas. Su función kármica  es la construcción de la política de Estado: “Juntos somos todos felices”.

Sin embargo, para que la política de la felicidad se manifieste fue necesario destruir parte de la cultura popular heredada en los últimos catorce años a las cuales adhirieron espontáneamente muchos artistas de los más diversas lenguajes. Claro está, que es necesario romper con esa cultura popular e instalar la hegemonía amarilla. Y para ello, son necesarios la denostación hacia un sector político y social en particular y se suma como legitimación la soberbia catedrática ejecutada por el gurú del gobierno quien expresó: “Básicamente el artista popular no entiende la política. Porque está cortado por otro patrón y tiene una involucración con la política muy ligada a los símbolos, casi como de fantasía (…) El nivel de prejuicio del mundo artístico, el nivel de ignorancia y de resentimiento es enorme”. En términos de Oszlak, “la penetración ideológica” del macrismo necesita de otros símbolos fantásticos y aquí encontramos la función del taller, como creador de imágenes celestiales que prometen a futuro un paraíso en el cual estarán todos los argentinos.

El intelectual de la derecha, es un simple peón pago dentro del ajedrez neoliberal que nos propone Cambiemos en su intento de cambiar las representaciones pasadas  que fueron en búsqueda de un ideal que nada tienen que ver con el de la codicia y de la mentira del gobierno de los CEO´s. El discurso ideológico de la derecha ambiciona una identidad colectiva que esté vaciada de sentimientos de confraternidad hacia el prójimo en pro de una desarticulación humanística.

A los neoliberales se le presenta un panorama muy difícil ante la realidad política y social que muestra en forma descarnada los desastres de la ideología del “sálvese quien pueda”. “La Revolución de la Alegría” llegó para unos pocos, esos mismos que nunca perdieron y son parte del poder real argentino. El macrismo con sus mentiras cada vez se parece más a las promesas menemistas incumplidas de los años 90, encabezada por la famosa, “Revolución Productiva”, prometida por el peronismo de derecha, que jamás llegó a las masas populares.  La única opción posible para el gobierno de Cambiemos es continuar con la sarta de mentiras en forma sistemática e insistente y para ello necesita hacer un cambio cultural, como bien lo dijo el presidente, que “tomo prestada” la frase “del cambio de época”, dicha años atrás por  el estadista y mandatario de Ecuador, Rafael Correa. Pero, la oración no tiene las mismas intenciones, simplemente fue tomada en forma liviana como un eslogan más del partido del gobernante.

Los discursos de derecha tendieron a tomar en forma arbitraria todas las palabras que contienen un marco teórico determinado y una fuerte carga conceptual, la transmutaron asombrosamente y las utilizaron y las utilizan como una campaña de publicidad insustancial. Por lo tanto, el pensamiento crítico es peligroso enemigo de la ignorancia endulzada con palabras de autovaloración. Tal vez, esa fue una de las causas del cierre del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego, por intermedio de un decreto del presidente Macri, quien firmó el mismo en favor de la “pluralidad ideológica” y agregó “que no es función del Estado promover una visión única de la historia”.

No es conveniente escarbar en la historia y encontrar los elegantes nombres de las familias patricias argentinas que compraron las mejores tierras de la Patagonia argentina, ayudados por los wínchester de Julio A. Roca, quien fue el comandante del etnocidio de los pueblos originarios. No es beneficioso revisar exhaustivamente la historia y encontrarse con el apellido Bullrich, quien remató al mejor postor las tierras robadas y regadas de sangre nativa que fueron compradas por los que hoy son los dueños de una buena parte del país; puede dar cuenta de ello el ex funcionario del Fondo de Garantía de Sustentabilidad del ANSES, Luis María Blaquier, (sobrino del presidente de Ledesma S.A.A.I. Carlos Blaquier) y también forma parte del directorio del Grupo Clarín.

La cultura de la identidad vacía, apunta a volver a cooptar el apoyo de las masas populares, con una nueva forma de convencimiento en la cual queda excluida la palabra: política. La cual es la única herramienta que tiene la ciudadanía para intentar cambiar (para bien) sus destinos. En la dialéctica macrista quedan proscriptas las ciencias sociales y humanas y en su reemplazo acuden las palabras sin contenido específico, aunque las mismas llevan la magia del marketing que provoca una fenomenal paracultura, dando a entender que la cultura nacional y popular de los últimos años fue un producto mentiroso y corrupto. En forma solapada los neoliberales siguen imponiendo una cultura de descalificación a la identidad colectiva de una buena parte del pueblo argentino. No en vano el presidente aseguró que quiere hacer un cambio cultural y cuatro años de mandato no son suficientes para borrar de la memoria las batallas culturales ganadas en la ardua lucha contra el oscurantismo conservador.

Los doce años de cultura nacional no fueron lo suficiente para la reflexión política del conjunto total de los argentinos. Sin embargo, ha sido suficiente para enrolar una buena cantidad de militantes en favor de una ciencia que satisfizo el intelecto y el espíritu en pos de los valores humanos y solidarios para todos los argentinos por igual.

“La noción de la nacional – popular como la construcción de una voluntad colectiva, ligada con una reforma intelectual moral”

                                          Antonio Gramsci.

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