Mentime que me gusta

Por Julia Horschovski* y Facundo Pajon**

Actualmente el pueblo soberano “opina” sobre todo en función de cómo la televisión le induce a opinar. Y en el hecho de conducir la opinión, el poder de la imagen se coloca en el centro de todos los procesos de la política contemporánea. (Sartori, 1998)[1]

 

Frank Underwood se sienta frente a su escritorio. Especula, elabora, imagina, crea nuevas formas de conseguir su cometido: lograr la sanción de la reforma educativa, uno de los ejes de campaña de su líder demócrata, y ahora Presidente, Garret Walker. Dicha propuesta debe ser aprobada en ambas cámaras, las cuales se encuentran muy reacias a apoyarla.

Miente y se escabulle por los pasillos de la Casa Blanca, desarrollando una estrategia a base de engaños y artilugios que permitan cumplir su cometido. Analiza con extrema frialdad sus posibilidades, y arremete contra todos sus pares, sin preocupación alguna, más que, poco a poco, cavar la tumba de cada uno de sus posibles contrincantes.

Una aclamada serie de televisión nos induce en esta escena. El personaje es un hábil congresista que, a través del lobby, las negociaciones y la manipulación, logra llevar a cabo una de las principales propuestas de su partido en la campaña electoral: la reforma educativa. El sistema político estadounidense se caracteriza por no tener una amplitud muy pronunciada de posiciones y propuestas, entendiendo que los republicanos y demócratas se diferencian en nimiedades. Sin embargo, una de las bases de la persistencia de un gobierno en el “país de la libertad”, es el cumplimiento de las principales propuestas de campaña en los primeros 100 días de ejercicio.

En Estados Unidos, en el discurso de asunción, el Presidente electo debe anunciar cuáles serán sus principales medidas; y en consecuencia, tendrá un mes y medio para ponerlas en práctica. Si cumple con lo prometido, será reconocido y podrá gobernar con mayor holgadez durante su mandato. Si no cumple, será motivo de centenares de críticas propiciadas desde los grandes medios de comunicación, quienes tienen una incidencia directa sobre la opinión pública de los votantes estadounidenses. Hasta incluso Donald Trump cumplió con tal precepto, cuando el 29 de abril del corriente (cumplidos sus primeros 100 días de gobierno) sostuvo que “los mayores logros de sus primeros 100 días incluyen ver la confirmación por el Senado de su candidato a la Corte Suprema, sacar a Estados Unidos del acuerdo comercial Transpacífico, un mercado bursátil en alza y la flexibilización de las regulaciones para la exploración de fuentes de energía[2]. En otras palabras, la campaña se resume en las promesas que puede llevar adelante el candidato que es elegido, durante sus cien primeros días de gobierno.

En un año de elecciones intermedias, resulta propicio analizar qué sucede con esta situación en nuestro país, si son las promesas de campaña un feedback importante para electorado o, si por el contrario, no tienen implicancia alguna en éste.

Las promesas de campaña y su consecución con la realidad

¿En qué te han convertido, Daniel?” Si hay una frase que puede resumir el debate presidencial propiciado antes del ballotage por los candidatos de los dos principales frentes electorales que accedieron al mismo, es ésta. Fue pronunciada por un Mauricio Macri vehemente, que increpó a su contrincante, a quien comparó con un panelista de un programa de televisión de evidente afinidad con el oficialismo de aquel entonces. Daniel Scioli (quien pasó por alto la acusación) realizó otra dura crítica a su contrincante, sosteniendo que detrás de la palabra “cambio”, se escondía una gran mentira. No obstante, esta acusación no fue difundida con la misma masividad y rapidez por los medios de comunicación, quedando relegada a una anécdota o a argumentos de debates militantes posteriores.

Lo cierto es que, a pesar de las acusaciones que los candidatos se fueron propiciando a lo largo del debate, cada uno de ellos contenía en su plataforma electoral un set de promesas de campaña con las cuales buscaba cautivar al público indefinido acerca de su mejor elección. Las promesas de campaña son una de las herramientas más importantes para el sector de la población que no posee tendencia política marcada. Acorde a la teoría del rational choice, a la hora de definir y emitir su voto cada individuo evalúa los beneficios y riesgos que los distintos candidatos le ofrecen en el mercado electoral.

Habiendo transcurrido más de 500 días del inicio de su mandato, Mauricio Macri y su gabinete continúan dejando que desear para sus orgullosos pero engañados votantes.

Uno de los pilares de la campaña fue la eliminación del Impuesto a las Ganancias, eje más que sensible en una Argentina donde los trabajadores funcionan como base electoral para la clase/élite dominante del país. Sin embargo, el único avance que desarrolló el macrismo en este tema, fue el proyecto de ley de aumento del mínimo no imponible, el cual comenzó a regir desde marzo del corriente año. Es así que las ganancias pasaron a cobrarse a obreros/empleados con un sueldo bruto superior a $27.934 sin familiares a cargo, o de $36.953 pesos brutos para sostenes de familia. Si comparamos este nuevo límite con una inflación que el año pasado llegó a 27,3% y que este año se redujo levemente, la conclusión es que este aumento del mínimo no imponible no implica una modificación sustantiva.

Otra de las promesas fuertes de su campaña fue la llamada Reparación Histórica, discurso que utilizaron para posicionarse en la vereda de enfrente de las imágenes neoliberales que tanto han atacado a los jubilados. Sin embargo el resultado esta “reparación histórica” dejó mucho que desear. Los medios de comunicación hegemónicos se encargaron de difundir la labor del gobierno nacional para con los jubilados, promocionando que 2.400.000 beneficiarios de la medida accederían a su merecida reparación. No obstante, los números que propone el ANSES para posibilitar esto, no logran sustentar los valores que corresponden al pago de sentencias ya definidas y a la reparación histórica de cada jubilado que la ha tramitado. En consecuencia, más de 1.600.000 beneficiarios, que se encuentran dentro del número promocionado por diarios como Clarín y La Nación, continuarán siendo estafados por un Estado neoliberal que miente y engaña, al hacer que los abuelos y abuelas renuncien voluntariamente a un juicio justo, prometiéndoles la reparación de los daños y perjuicios hechos por el Estado durante tantos años, para luego percibir un monto menor al que les corresponde.

El último pilar de la campaña que se destaca es el mantenimiento del nivel de profundización de la labor del CONICET, hecho que Macri destacó necesario para ser parte de la “sociedad del conocimiento”. Sin embargo, la partida presupuestaria asignada para el funcionamiento de este organismo durante 2017 fue del 1,4%, cuando en 2016 la partida asignada significaba el 1,54% del presupuesto. Además, en 2017, la finalidad CYT obtuvo 2.060 millones de dólares. Es decir, la baja fue del 16,6%, teniendo en cuenta el valor del dólar en el presupuesto para 2016. Finalmente, el recorte también se vio reflejado en el número de investigadores que ingresaron a nuestro país, los cuales en 2016 fueron 943, y en 2017 tan solo 385. Los números hablan por sí solos.

La preeminencia de la imagen

El principal asesor de campaña de Mauricio Macri es reconocido por un famoso libro titulado “El Arte de Ganar”. En él, Durán Barba y Nieto Peña explican cuáles fueron las estrategias para derrotar al ex-Presidente Néstor Kirchner en las elecciones legislativas del 2009; asesorando a Francisco De Narváez, aliado político en aquel entonces del PRO en provincia de Buenos Aires.

En su libro, el politólogo ecuatoriano de 69 años recomienda leer el Homo Videns del italiano Giovanni Sartori, el cual menciona los cambios que se han producido en los medios de comunicación del hombre y que han modificado su naturaleza cognoscitiva. En él se explica cómo el advenimiento de la televisión y los multimedia (Internet, realidad virtual, redes sociales, etc.) han producido una nueva forma de informarse, en donde la primacía de la palabra como principal medio de transmisión de información, en sus ambas expresiones escrita y oral, ha sido reemplazada por la imagen. Es decir, lo que se ve, prevalece por sobre lo que se dice.

En este sentido, el asesor estrella del macrismo entiende que para que un candidato triunfe en unas elecciones debe cumplir con un requerimiento de “imagen” que la opinión pública avale. Es por ello que, no importan las palabras, ni sus promesas, ni tampoco si es buen orador o no como los grandes estrategas del siglo XX, lo único que importa es que pueda demostrar en su rostro, un aire triunfante, juvenil y de renovación; la nueva política que “viene” y que busca transformar la realidad.

Así, fue como se diseñó la campaña de Francisco De Narváez en provincia de Buenos Aires, mostrando a un hombre de buen pasar, alto, fresco, con un tatuaje, que se reía de sí mismo; ante la “vieja política” que Néstor Kirchner representaba para la gente, con sus enojos, insultos, batallas contra los medios y el notable desgaste que la gestión produjo en su físico (un año después fallecería).

Sartori sostiene que estamos ante un nuevo sujeto político, el homo-videns, quien ya no utiliza la abstracción ni la filosofía para meditar sobre los pensamientos que le producen las palabras con las cuales se comunica, y a través de las cuales construye la realidad (en tiempo presente y futuro); lo que convierte al hombre en un animal con capacidad de razonar (homo sapiens). Por el contrario, la realidad que fabrica y reproduce está dada por imágenes (por lo general construidas) que conforman en su mente lo que los grandes medios de comunicación, y los juegos de realidad virtual desean ofrecer al mercado como la paideia³ a alcanzar.

La elección de la imagen y el problema de la política

La política es el medio que los hombres han adoptado para gobernarse a sí mismos. Algunos la han definido como el arte del bien común, otros como la lucha por el poder; lo cierto es que todas instituciones que nos rigen hoy día están atravesadas por ella y sus diversas acepciones. La modernidad le ha dado a los Estados dos sujetos propios de ella: los políticos y las burocracias.

La democracia se convierte en el régimen político que, por excelencia, gobierna al mundo occidental. Bajo la idea de votaciones libres, transparentes y competitivas, el pueblo participa periódicamente de la elección de sus representantes quienes deben de tomar las decisiones del gobierno de su país por un tiempo determinado. Por ende los partidos políticos, promotores de personas y programas de gobierno que disputan el acceso a los lugares de poder que están en juego, deben de convencer mediante las campañas electorales a los ciudadanos que deben elegir por el “mejor candidato”, o en términos economicistas, a quien le produzca mayores beneficios.

Para ello, las promesas de campaña cumplen un rol fundamental ya que en ellas se transmite la idea que posee el partido o el frente electoral para la ejecución de su gestión de gobierno. Propuestas, proyectos, promesas, de un lado y del otro, son abiertamente difundidas para que los ciudadanos tomen su decisión. Los grandes líderes del siglo XX propusieron epopeyas, anhelando grandes construcciones, reformas, aspirando a la idealización definitiva de su propuesta política. El socialismo, el comunismo, y hasta el peronismo, encarnaron en sus líderes aquellas grandes ideas transformadoras y revolucionarias que el pueblo se encargó de completar con la hegemonización de sus demandas. El homo sapiens podía abstraerse en sus ideas y encarnar allí junto a otros, la nación que deseaba construir. Pero eso cambió.

Como sostienen Duran Barba y Sartori, el mundo multimedia ha llegado para proponer una imagen o una aldea que pueda globalizarse, transmitir dentro de ellas satisfacciones realizables, alcanzables, palpables; quitando lo propio que inmiscuye a la política: el debate de ideas, propuestas y proyectos. La posibilidad de argumentar sobre la palabra, y en base a ella construir y alcanzar los consensos necesarios para la política pública quedan en un segundo plano: la imagen es lo que importa.

Mentime que me gusta

“Mentime que me gusta”, parece ser la línea de pensamiento de tantos argentinos que, aún hoy, después de un año y medio de gobierno, continúan defendiendo una alianza que acerca a la Argentina a sus épocas más críticas.

“Mentime que me gusta”, dicen poniéndose de rodillas cada uno de los trabajadores que prefieren contribuir a que el rico se adueñe de la patria, antes que el “negro cabeza” se empodere.

“Mentime que me gusta”. Y “mentime de nuevo”, repiten, dejando su cerebro en stand by, poniendo en automático sus razonamientos, porque pareciera que es más fácil que les digan qué pensar, antes que lo tengan que hacer ellos mismos.

“¡Dale, mentime que me gusta! ¿O acaso porque pago yo? ¡Pago para tener todo resuelto! ¡Incluso la crítica, incluso mis ideales, incluso mi existencia! No me hagas reflexionar, por favor, mentime que me gusta.” Parecen decir desde su arrogancia.

Suena fuerte, pero se oye. Tal vez sea momento de pensar, reflexionar y no dejar que el mundo se interponga con sus imágenes incesantes y vacías. Es posible sacar conclusiones propias, la información está al alcance de las manos.

Porque, siendo sinceros, hay muchos argentinos a los que no les gusta que les mientan.

 

* Estudiante de Lic. en Ciencias de la Comunicación Social (UBA)

** Estudiante de Lic. en Ciencia Política (UNLaM)

[1]Homo Videns, la sociedad teledirigida, 1998.

[2]http://www.infobae.com/america/eeuu/2017/04/29/donald-trump-celebro-sus-primeros-100-dias-como-presidente-han-sido-muy-productivos/

[3](en griego παιδεία, “educación” o “formación”, a su vez de παις, país, “niño”) era, para los antiguos griegos, el proceso de crianza de los niños, entendida como la transmisión de valores (saber ser) y saberes técnicos (saber hacer) inherentes a la sociedad.

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