A contrapelo del asunto: “No puedo dejar” y las sombras del contexto

Por  Cristian Secul Giusti[1]

 

Serú 92 es el disco más olvidado de Serú Girán y es también el único editado en democracia. Sin lugar a dudas, es una obra editada a destiempo que marca el regreso de la banda en 1992, a diez años de su separación, y en un escenario de primavera menemista y de políticas neoliberales en pañales.  Por lo tanto, dicho álbum simboliza un retorno esperado en la cultura rock de principios de los 90 y articula también una lógica un tanto diferencial en relación con la construcción de identidad de la banda, forjada en un período de dictadura cívico militar (1978), llevada a cabo en un contexto de terrorismo de Estado y concluida en una etapa de crisis, previo al inicio de la Guerra de Malvinas en 1982.

Asimismo, tras la formación de Serú Girán, la figura líder de Charly García se hizo más amplia y excitante para el público, quienes en un principio se mostraban reticentes y luego se entregaron a las mieles de la música y las líricas. Al respecto, como señala la periodista Gloria Guerrero, García hizo por el mundo más que cualquier conocedor de respuestas, es decir, hizo preguntas: “Donde había dudas, enchufó acentos. A los sueños inconclusos, les abrochó una coma; a todo dolor, un punto y seguido”.

Serú 92 contiene 11 canciones y es el quinto y último álbum de estudio de la banda integrada por Charly García (teclado y voz), David Lebón (guitarra y voz), Pedro Aznar (bajo y coros) y Oscar Moro (batería y percusión). Si bien el material tuvo un éxito comercial considerable, con multitudinarios recitales en Capital Federal, Rosario, Córdoba y Montevideo, no presenta un ideario musical unificado, comparable con las gemas clásicas que integran los anteriores cuatro discos de la banda. Serú 92 no es un disco que proponga un concepto, más bien es una convergencia de piezas sueltas hechas por artistas ya consagrados y, sobre todo, obstaculizados por la presencia simbólica de Charly García, ya constituido como tótem mediática y musical de referencia para la cultura argentina.

Del mismo modo, Serú 92 tiene una particularidad que lo expone aún más desde su veta artística: es el único material de toda la trayectoria de Serú Girán que presenta canciones destacables desde un lugar de júbilo o emoción positiva. Tanto “Mundo agradable”, “Si me das tu amor”, “Nos veremos otra vez”, como “A cada hombre, a cada mujer” o “Ese tren” transitan esa senda de sensibilidad y proposición. En tanto, también se advierte una mínima cuota de líricas oscuras o de tonalidad apocalíptica. En esa zona de crisis, pero también de cierta acepción de repliegue ante lo ajeno, podría ubicarse una parte del discurso de “Transformación”, “Muévete al hablar” y “Déjame entrar” (cantada netamente por Pedro Aznar).

No obstante, Serú 92 presenta solo dos canciones cantadas completamente por Charly García: “No puedo dejar” y “Hundiendo el Titanic”. Ambas líricas merecen una mayor atención porque desde la enunciación postulan rasgos sombríos y discursividades que marcan un clima de época y subrayan una poética vinculada a los tópicos históricos de la banda. A pesar de ello, el caso particular de “No puedo dejar” es relevante porque expone una temática que se escinde del disco y también excede el halo festivo del regreso de Serú Girán.

La canción ubicada en el tercer lugar del disco tiene un anclaje discursivo en la propia situación personal de Charly García, desde su padecimiento como artista hasta su lugar en la última década del siglo XX. En este sentido, y entre los idearios de congregación y definiciones de esperanza y celebración, “No puedo dejar” puntualiza aspectos de obstinación y terquedades. La discursividad encuentra ciertos ecos que sacuden la modorra del neoliberalismo menemista y, asimismo, vehiculiza nociones de la propia construcción del Charly de fin de siglo.

Hay sombras que vienen y van

 Serú 92 es un disco realizado en un contexto complejo para García porque se encontraba en una etapa de recuperación artística luego de una internación por rehabilitación y después de haber finalizado la edición del disco Tango 4 (1991), elaborado junto a Pedro Aznar. De hecho, en una entrevista Charly llegó a decir que el inicio de la década del 90 trajo aparejado un proceso tortuoso que lo alejó de la familia y lo invitaba a escapar: “Salí el día de mi cumpleaños. Les decía: ‘loco, voy a cumplir 40 años. Plis, dejáme salir a festejar mi cumpleaños’. Salí, festejé mi cumpleaños y no volví nunca más”.

Este escenario de dilemas y trabas es el que se circunscribe al disco y al regreso de Serú Girán en sí. La vuelta (como se sabe) no estuvo a la altura de la historia del grupo porque sus integrantes ya se encontraban en otras instancias de maduración artística. Si bien la figura de García resultaba más una complejidad que una apuesta a favor, vale decir que su propuesta estética dinamizaba aspectos distintivos de la cultura rock de los 90: vínculos con el escándalo, mediatización, poética personalista y reconocimiento de contexto adverso en clave nihilista. En este aspecto, los ecos con la lógica del estilo grunge cobraron relevancia a partir del propio discurso presente en la lírica noventosa de García, pero también por la estética presentada por el músico: en 1994, luego del suicidio de Kurt Cobain (líder de Nirvana), Charly decide teñirse de rubio y salir a escena así, revalorizando la simbología de un mártir del rock.

“No puedo dejar” es la canción que más se resalta en esta estética, no sólo en función de su estrategia discursiva, sino en sintonía con la perspectiva sonora: el bajo es grave y tensionante, la guitarra suena exquisita y contenida, la batería resulta firme y el teclado expone una instancia lúdica, de sonido enigmático. Del mismo modo, la voz de García suena directa y también vinculada a una trama de coros invertidos, con frases dichas al revés y nociones relacionadas al universo de lo subliminal y lo diabólico.

Asimismo, durante el recorrido del tema, se advierte la presencia de una voz fuerte y grave que entona enunciados ininteligibles y perdidos en la música. Si bien son frases que no parecen tener una relación directa con el discurso de la lírica, se descubre cierta sintonía en la construcción. Por ejemplo, se pueden escuchar fragmentos que indican una doble vara y una segunda perspectiva que a veces contradice la letra original: “en la peste total”, “si sabés que todo mi amor te he dado” o “cuando llegue mi juventud eterna moriré por el diablo”.

A pesar de ello, y más allá de ese juego que interpela y es a veces rebuscado, la lírica de “No puedo dejar” instaura una idea de obstinación que, en términos de Oscar Conde, anuncia una suerte de rectificación de la canción “Vampiro”, editada en Tango 4.  Se destaca así la perspectiva de un protagonista que reclama, pero subraya una preocupación sobre lo que pueda pasar con su propia integridad: “No tengo nada que perder, quiero que me ayudes”. A partir de ahí, la veta del existencialismo y el nihilismo se manifiesta en función de una decadencia que se percibe y que lo ubican en un lugar de daño: “La gente que te viene a ver, solo te destruye”.

Al respecto, se profundiza una situación de destrucción y de despojamiento que detalla varias escenas. Por un lado, el relator padece una deshumanización que cosifica su presencia y la de otras personas, evidenciado en la frase “Si todo el mundo alrededor piensa que estás muerto”; por otra parte, esa vivencia es remarcada como una instancia de cambio que se sufre para peor: “Yo veo la transformación y lo estoy sintiendo”.

Frente a esto, el estribillo de la canción subraya una dimensión de resistencia que avanza a partir de la negación, primero desde un lugar de imposibilidad y luego en virtud de una decisión: “No puedo dejar, no puedo dejarte, amor (…) No quiero dejar, no quiero dejarte, amor”. Por esta razón, la postulación de ese interlocutor sirve para encontrar un acompañamiento, pero también para reforzar el convencimiento del protagonista. Ante el dolor, la insistencia se vuelve ley, más allá de los detalles oscuros de la vida y sus invitaciones a claudicar: “Cada vez que duele más, estaré más firme. Hay sombras que vienen y van, yo no voy a irme”.

La parte final de la canción condensa una situación futura de encuentro quizás paradisíaco, que evita hablar de una conclusión. Más bien, en el relato se destaca la participación del espacio como continuidad y como reconocimiento para profundizar un desarrollo: “Mirando el cielo otra vez presiento el encuentro. Algún lugar en lugar del final, algún sitio donde estés”. En términos musicales, esta longitud reflexiva provoca el drama de la canción que, siguiendo la lógica de Charly García, suele ser algo reiterado y una marca de fábrica sobre las nociones de desenlace. Por ejemplo, en la canción “Fanky” del disco Cómo conseguir chicas (1989) se rompe con el estilo de la sonoridad en la estrofa “Cuando pienso en el fin, cuando pienso en todo lo que di. Cuando miro el final, cuando sueño que todo va a acabar”. En tanto, lo mismo ocurre en la canción “No voy en tren” de Parte de la religión (1987), en donde el desarrollo casi humorístico se convierte en una complejidad conclusiva: “Yo soy de la cruz del sur, soy el que cierra y el que apaga la luz. Yo soy de la cruz del sur, aquí y en everywhere“.

 Yo no voy a irme

Serú 92 es un disco que nace en una etapa de reconfiguración artística de Charly García. En ese tránsito, la lírica de “No puedo dejar” ejercita una estética de puente y continuidad con las producciones venideras del músico. Más aún, si se efectúa un juego intertextual entre la figura mediática de García, sumada a las presentaciones de la banda, por ejemplo, en el estadio “River Plate” durante diciembre de 1992, es posible destacar una instancia de parodia de estrella de rock.

A estas instancias, la noción a contrapelo que lleva a cabo la letra también exhibe una noción doliente de la existencia en un marco social abrasivo y exultante como el menemista, que a partir de sus caretas subraya materialismos y vacuidades. Siguiendo esta línea, la lírica de “No puedo dejar” no plantea una estrategia de celebración ni de reflexión emotiva. Su funcionalidad es, más bien, una postulación irónica y una denuncia de la práctica rockera: la sensibilidad de la destrucción resalta también un estado de convivencia con las sombras y los bordes del propio universo posmoderno sin modernidad.

Frente a esto, ¿cuál sería el lugar del rock argentino en un momento de celebración moderna y supuestamente consolidada democráticamente? Como respuesta, García vuelve a sumar preguntas. Y la composición de “No puedo dejar” replica una reacción de individualismo que pretende ser anárquico, más que funcional, y destaca una mirada autorreferencial que ensaya una idea de resistencia y de dimensión política: a pesar de la destrucción que se advierte, no hay intenciones de escape o repliegue. Lo que se señala es la noción de disputa a pesar del dolor, y por esto sirve la obstinación como propósito de búsqueda y orientación.

[1] Dr. en Comunicación, Lic. en Comunicación Social, Docente (FPyCS-UNLP).

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