El siglo XX terminó en 2015

Por Emiliano Delucchi

Eric Hobsbawm escribió su tetralogía más relevante[i]tomando una noción histórica y no matemática para señalar cuando acaba un siglo y comienza el siguiente. Así, el XIX se considera un siglo “largo” que nació con la Revolución Francesa de 1789 y finalizó con el inicio de la primera guerra mundial en 1914, acontecimiento que a su vez dio lugar al XX “corto” que muere con la caída de la Unión Soviética en 1991.

A la hora de realizar análisis sociales y políticos, esta concepción no solo aporta ventajas frente a las posturas que se someten a los caprichos aritméticos; sino que permite agrupar a las generaciones que tienen concepciones del mundo relativamente homogéneas bajo nomenclaturas ancladas en hechos históricos: mientras los nacidos a fines de la segunda Guerra Mundial, que se criaron en la Edad de Oro del capitalismo son los “Baby boomers”; la generación posterior, hija del apogeo electrónico fue bautizada como “Y”; finalmente, quienes alcanzaron la adultez con el cambio de milenio, recibieron el nombre de Millennials.

Por otra parte, el eurocentrismo propio de dichas teorías no debe impedirnos visualizar particularidades locales que nos ayuden a pensar los límites de algunas traspolaciones. Hay quienes sugieren que los “Millennials” vernáculos no habrían nacido entre el 80 y el 85 como sus homólogos estadounidenses, sino entre el 90 y el 95, ya que en esos años fue cuando la tecnología brindó las posibilidades materiales para el desarrollo de articulaciones políticas, sociales, culturales y de relación entre capital – trabajo que permitieron una nueva construcción discursiva.

Nos vamos poniendo tecnos

La fuerza de penetración de las redes sociales y los dispositivos electrónicos más allá de la frontera delineada por los nativos digitales, permitió que generaciones anteriores se vieran inmersas en el torbellino de la lógica millennial, cuya hegemonía se amplió al tiempo que desplazó a las previas en lugar de producir una segmentación por edades. La masividad de los smarthphones actuó como soporte capaz de impulsar nuevos lenguajes como el de los memes y gifs, que lejos de permanecer como baluartes de una generación, pueden ser decodificados de manera casi universal.

Esta forma de ver el mundo y su avance sostenido sobre las concepciones previas termina decantando en nuevas formas de entender lo social, y por ende lo político. Así, se gestaron las condiciones necesarias para que por primera vez en la historia democrática argentina, la presidencia fuera alcanzada por un outsider que no pertenece a ninguno de los partidos que resultaron fundamentales durante el siglo XX.

Su perfil iba a contramano de la impronta legada por los presidentes anteriores, políticos y militantes desde temprana edad con largas carreras en la función pública como lo fueron Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Esta última, a principios de este año, en un parlamento europeo repleto de jóvenes sostuvo que ella moderna y no “posmoderna” como su audiencia, aludiendo a su pertenencia ideológica al siglo XX.

El kirchnerismo, montado en la estructura del Partido justicialista conducida por una dupla política anclada en las concepciones de lo social que resultaron hegemónicas durante el siglo XX, despertó pasiones en una enorme cantidad de argentinos de todas las edades, pero sobre todo los más jóvenes, contrariando la supuesta volatilidad, frivolidad y distancia con las estructuras de lo que Zygmunt Bauman llamó “modernidad líquida” encarnadas por la generación millennial.

El factor periférico

El siglo XX argentino se inició con la caída del cuasi feudal modelo agroexportador, mientras que su declive comenzó con el esquema económico implantado por la dictadura de 1976, que trastocó las bases de la estructura productiva e inició un lento retorno a la época pre-peronista, que no fue modificado por el Alfonsinismo pero sí profundizado, sobre todo en cuanto a legitimación popular (entendiendo al neoliberalismo como un proceso que da igual importancia a lo económico y lo cultural) por el menemismo y el delarruismo en un proceso que finalizó en el estallido de 2001.

Durante el gobierno de Néstor Kirchner se intentó un regreso al Estado centralizado peronista de mediados del siglo XX y aunque los indicadores económicos al comienzo fueron impresionantes, luego de 2007 terminaron chocando con la pobreza estructural y las limitaciones que afectaban tanto al poder sindical como al aparato productivo. Cristina Fernández condujo un gobierno que enfrentó muchos problemas análogos a los del primer peronismo, pero sobre una estructura social y cultural que se había modificado con respecto a la del siglo anterior y no volvería atrás. En ese momento, lo viejo no terminaba de morir, pero tampoco lo nuevo había nacido.

El cambio acontecido puede explicar que la lógica millennial se esté dando en forma tardía, ya que de igual manera se dieron las condiciones materiales que permitieron su expansión, como el acceso masivo a la tecnología, la crisis de los sindicatos, los partidos políticos y las viejas estructuras que terminaron de materializarse en el plano político durante los últimos años. El pésimo resultado electoral obtenido por Florencio Randazzo(Partido Justicialista), sumado a que la UCR ni siquiera compite con sello propio,permite aventurar que asistimos a la muerte del “voto escudo”, institución que históricamente funcionó para ambos partidos tradicionales.

La primacía de la política

En un escenario electoral complejo, Cristina Fernández se muestra un paso adelante del resto de su tropa (e incluso de su militancia) y tras la derrota del FPV en 2015 pudo elaborar un discurso en sintonía con los nuevos tiempos y sus discursos, entendió que mientras parte de lo viejo ha muerto, lo que ha nacido no es otra cosa que siglo XXI, y todo el que no quiera ser aplastado por la historia deberá comprender su lenguaje.

¿Qué sucede, entonces, con la política? Teniendo en cuenta el éxito electoral de Cambiemos, vale pensar de qué manera la oposición puede penetrar en las subjetividades forjadas por el siglo XXI y al mismo tiempo explicitar que, a pesar de la pertenencia de muchos compatriotas a lo que Marshall Mc Luhan ha llamado “aldea global”, los conflictos que vieron nacer a los movimientos nacional-populares en el siglo XX no han tenido aún resolución.

Es paradójico que las acusaciones constantes al gobierno kirchnerista de construir un relato le impidan a Cambiemos hacer lo propio, a pesar de que lo necesite. Sus gurúes comunicacionales no creen en la necesidad de elaborar argumentos complejos para ofrecer una descripción de la realidad y aunque apelar a los sentimientos funcionó bien en el pasado, parece resultar una incógnita ahora que son oficialismo. Los intentos de continuar manteniendo en agenda ad eternum los casos de corrupción o los males de la “pesada herencia” se desvanecen frente a la concepción “Snapchat” de la política, basada en la memoria a corto plazo e incentivada por el PRO en el pasado.

El posible (aunque acotado) triunfo Cristina Fernández en Buenos Aires tiene que ver con una estrategia comunicacional en la que se exhibieron los malos resultados económicos del gobierno, apelando a la inmediatez (facturas de luz, gas, desempleo) y direccionando las estructuras del sentir popular en contra de sus rivales, a la vez que las articula en torno al proyecto político representado por su frente electoral. Como refuerzo, estuvieron sus apariciones esporádicas de carácter cuasi religioso en localidades golpeadas de la provincia, en cada una de ellas pequeñas multitudes se reúnen a contemplarla, le manifiestan su amor, gritan, lloran, mientras que ella se dedica a escuchar los problemas de la gente.

Al tiempo que el escenario actual deja expuestas algunas fisuras en el discurso de Cambiemos, Cristina parece encaminada a encontrar un rumbo superador de cara a octubre, pero deberá combinar el modo de hacer campaña territorial propio del siglo XX y, en un juego de innovación y reciclamiento, y comunicar todo eso con lenguaje del XXI. Posee algunos números ganadores, ya que al ser la hegemonía un proceso en constante transformación, la clausura de la construcción política es imposible.

 

[i] Comprende los tomos: La era de la revolución (1789-1848); La era del capital (1848-1875); La era del imperio (1875-1914) e Historia del siglo XX

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