Los rostros del desarrollo

Por Emiliano Delucchi

El derrumbe del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) en manos de Donald Trump colocó a la Argentina en una situación de incertidumbre de cara al futuro cercano, lo que materializó el interrogante sobre la importancia de un modelo menos atado a los designios de las potencias extranjeras. A pesar de que el gobierno promete una sociedad con estándares de vida alemanes basada en las exportaciones de materia prima y en una eventual conversión en el “supermercado del mundo”, los cabos no terminan de atarse, y tras una batería de medidas orientadas a la reducción de salarios y derechos laborales, el camino trazado por la dirigencia parece conducir a Nueva Delhi en lugar de a Berlín.

 

Modelos en disputa

En esta situación, se presenta un quiebre evidente frente a los 12 años anteriores, en los que se intentó (con mayor o menor éxito) el desarrollo del mercado interno mediante la sustitución de algunas importaciones, la valorización del salario real y la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología; políticas públicas que llevaron al país a lanzar dos satélites al espacio y a convertirse en la única nación latinoamericana en presentar un aumento de las exportaciones manufactureras en la primera década del siglo XXI.

Los discursos dominantes en torno a la política económica argentina cruzan munición pesada en cuanto a la viabilidad y conveniencia de la industrialización en un mundo cada vez más orientado a los servicios, sin embargo, el argumento de que toda economía basada en el sector terciario es próspera carece de una base sólida. Por lo tanto, una simplificación forzada, en la que se deba optar entre liberalismo modernizador y proteccionismo obsoleto (Francia versus Venezuela) parece útil a la hora de desparramar información rumiada en estudios de televisión, aunque carece de capacidad explicativa para pensar un proyecto a largo plazo.

Es fundamental, entonces, identificar si alguno de los proyectos que se presentan hoy como antagónicos es viable, y en este caso la historia tiene algo para decirnos en cuanto a modelos económicos y aumento de nivel de vida: Desde el advenimiento de la revolución industrial, los estándares socioeconómicos de países que alcanzaron un alto nivel de ciencia y técnica, y consiguieron aplicarlo a su aparato productivo se han distanciado notoriamente con respecto al resto del mundo; ya en el siglo XX, algunas naciones del sudeste asiático también experimentaron un vertiginoso ascenso hacia el desarrollo.

Antecedentes y otras experiencias.

Si bien una discusión que agote la definición de desarrollo excede el presente artículo, numerosos organismos coinciden en que para considerarse como tal un país debe cumplir con tres requisitos: un índice de desarrollo humano (IDH) alto o muy alto, una industrialización avanzada o economía altamente diversificada, un ingreso per cápita elevado (más de US$20 mil) y un grado de libertades civiles e individuales avanzado.

La mayoría de los países desarrollados son las potencias imperialistas de los siglos XVIII y XIX, que han devenido en el último siglo en democracias representativas con un gran dinamismo en sus economías. Se han caracterizado por estar a la vanguardia en la tecnología, y exportar sus bienes de alto valor agregado al resto del mundo, en buena parte formado por sus propias colonias, de las que importaban materia prima de escaso o nulo costo.

Con el correr del siglo XX, estas economías se han convertido en pos-industriales, es decir que, habiendo atravesado un largo proceso industrial, han trasladado sus fábricas hacia otros países donde la mano de obra es más barata y girado hacia el sector de servicios financieros, de servicios o relacionados con la alta tecnología.

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Resulta ilustrativo resaltar que una economía pos-industrial, como la de Japón, cuyo PBI industrial es tan solo 27% frente al 72% de servicios; funciona en forma radicalmente diferente a una de iguales características pero que no atravesó el proceso industrial previo, como la de India (Ind.: 27% / Serv.: 56%). En consecuencia, un trabajador japonés gana casi 10 veces más que su par indio, y el PBI nipón (US$ 40.000) es más de 20 veces superior al del Estado asiático (US$ 1.800).

A pesar de que en todo el mundo el porcentaje del PBI industrial cae frente al de servicios, no puede hablarse de una pos-industrialización total, ya que muchas de las plantas industriales desarmadas en Europa occidental y EE. UU. fueron montadas en China y, en menor medida, en India, por lo que un proceso de relocalización industrial, combinado con un enorme aumento del sector financiero parecería ser un diagnóstico más acertado, en este sentido, la evolución de la producción de acero es un dato interesante.

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Además, la desindustrialización del primer mundo no es total, e incluso los países escandinavos (Noruega, Suecia, Finlandia, Islandia y Dinamarca) ostentadores de la mejor calidad de vida en sus poblaciones, además de la más equitativa distribución de la renta nacional, poseen en promedio el 30% de su PBI de origen industrial, y se trata de sectores de altísimo valor agregado, gran demanda tecnológica y de mano de obra sumamente especializada, algo similar ocurre en EE. UU., Alemania y Japón.

Estas naciones pequeñas o medianas poseen gobiernos fuertes, garantistas de derechos básicos, sistemas modelo a nivel mundial de educación y salud, y combinan extracción de petróleo y recursos naturales con industrias sumamente diversificadas y competitivas. En Noruega, el Estado posee más de la mitad de las empresas que cotizan en bolsa y un fondo de seguridad proveniente de las exportaciones de petróleo que alcanza los 700 mil millones de dólares (17 veces las reservas del BCRA), lo que permite calificar a este país como lo más cercano a un socialismo realmente existente.

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El libre mercado y los tigres asiáticos

Los economistas liberales suelen usar el explosivo crecimiento de los tigres asiáticos (Corea, Hong Kong, Taiwán y Singapur) como una prueba incontrastable de la superioridad de la libertad de mercado para lograr desarrollo económico y altos estándares de vida, sin embargo, cuando se analizan los procesos ocurridos en esos países, no se evidencia que hayan adoptado un sistema de laissez-faire.

El economista Robert Wade sostiene que lo ocurrido tiene más que ver con un proceso de mercado dirigido que con uno de libre mercado. Es decir, que los gobiernos y las élites nacionales se ocuparon de orientar las inversiones y de crear un marco legal para favorecer a ciertos sectores de la economía y no a otros, mediante planificación de créditos, incentivos y utilización del capital extranjero.

Aunque la ortodoxia económica afirma que en un mercado libre los individuos actúan para beneficiarse y así se produce el progreso de la sociedad, cabe preguntarse si a nivel nacional no es correcto destinar recursos de un sector rentable, por ejemplo, textil u otro que podría serlo en el futuro, como electrónica avanzada. Las evoluciones de los países que han dado este salto económico parecen responder la pregunta, ya que la optimización de las industrias no establece la nacional, ya que ésta puede medirse no solamente con referencia al consumo y satisfacción de necesidades individuales, sino también de las fuerzas competitivas de las industrias nacionales en relación con otros países.

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Por otra parte, resultan insoslayables las circunstancias geopolíticas que contextualizan el rápido desarrollo de esta región, ya que, debido al recrudecimiento de la guerra fría, EE.UU. apoyó fuertemente a Corea del Sur y Taiwán, que funcionaron como vidrieras del éxito del capitalismo frente a los regímenes comunistas de Corea del Norte y China. Por otra parte, no puede pasarse por alto que el desarrollo y modificación de la estructura productiva de Corea del sur se da bajo 18 años de gobierno dictatorial del general Park Chung-Hee, quien entre otras medidas desarrollistas, realizó una reforma agraria en perjuicio de la oligarquía tradicional.

 

Argentina en América Latina

Volviendo al plano local, una de las particularidades de la región es que funcionan sectores de la economía a un ritmo pre-capitalista al tiempo que otros son sumamente rentables e integrados al mercado mundial, como el petróleo en Venezuela o la exportación de granos en Argentina. La escasa población del país y su extenso territorio hicieron viable este modelo, que generó un elevado ingreso de divisas per cápita al menos hasta entrada la década del ´20 pero actualmente sólo puede sostener exitosamente a un tercio de la población.

El resultado fue la consolidación de una elite económica ligada exclusivamente a la pampa y al puerto de Buenos Aires, cuyos intereses no se relacionaban con los del resto de los habitantes de la nación, ya que sus productos eran exportables en su totalidad y no dependían del mercado interno. Al mismo tiempo, nuestro país carece de la figura del “granjero”, así como de la clase media profesional agraria dependiente de un oficio, como el esquilador.

Una de las grandes críticas que se les hace a los modelos nacional-populares es la de no haber podido modificar las estructuras productivas de los países que gobernaron; y para lograrlo es necesario crear, como dijera Aldo Ferrer, un consenso social en torno al rol que debe ocupar la pampa húmeda: funcionar como un anexo de la economía mundo y trasladar los beneficios de sus cultivos en forma directa a los dueños de la tierra, o formar parte del Estado argentino y someterse a políticas redistributivas que permitan orientar sus ingresos a otros sectores.

La segunda opción permitiría iniciar un proceso desarrollista que pueda combinar la necesidad de supervivencia política (electoral) de la alianza de partidos gobernantes que lo lleve adelante con un programa que permita no solo la subordinación parcial de las clases oligárquicas al interés nacional, sino la acumulación de capital nacional, la reinversión de los excedentes fronteras adentro y la orientación de crédito a la industria, aumentando la inversión en ciencia y tecnología, controlando el comercio exterior y el tipo de cambio para generar salarios competitivos en el plano externo, pero con capacidad de compra en el mercado doméstico.

A diferencia de la visión monetarista, que busca des-historizar y mostrar las ventajas y desventajas económicas de los países como algo natural, éste otro enfoque permite analizar el desarrollo desde una perspectiva política, social y cultural. En tal sentido, los liderazgos gubernamentales resultan fundamentales a la hora de guiar el proceso de transferencia de recursos, sin olvidar que la sólida alianza de las empresas más grandes del mundo y los países en los que residen sus casas matrices, sumado al hecho de que el 80% de la riqueza mundial se genera fronteras adentro, muestra que sin un proyecto nacional autónomo sólo puede alcanzarse el crecimiento, pero jamás el desarrollo, que es el verdadero motor del bienestar social.

Bibliografía

Ferrer, Aldo, vivir con lo nuestro: Nosotros y la globalización, fondo de cultura económica, Buenos Aires.

Gray, John (2000); Falso amanecer: Los engaños del capitalismo global, Paidós, México

Kulflas, Matías(2016), Los tres Kirchnerismos: una historia de la economía Argentina (2003-2015), Siglo XXI, Buenos Aires.

Wade, Robert (1999), El mercado Dirigido: Teoría económica y función del gobierno en la industrialización del sudeste de Asia, Fondo de cultura económica, México.

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