Un llanero solitario por las montañas populistas de la mitad del mundo

Por Daniel G. Rossetti

Por razones que hacen a mi diaria fetichización, surgió la posibilidad de viajar a Ecuador. En este pequeño relato espero poder expresar la fascinación que me produjo descubrir la hermosa ciudad de Quito, la amabilidad de su gente y lo que dejó un proceso de construcción de sujetos con derechos, que más allá de las cuestiones coyunturales, se ve en su pueblo la pertenencia de ciudadanía.

 

Sentado miro por la ventanilla el ala del avión mientras carretea para levantar vuelo. Mi viejo espíritu de técnico (químico) piensa en todas las fuerzas que se combinan para que un cuerpo más pesado que el fluido en donde se desplaza se eleve, venciendo a la fuerza de gravedad, aprovechando el rozamiento con el aire y el diferencial de velocidad del viento en las alas para mantenerse y todas (o muchas) de las resultantes de los vectores de las fuerzas que hacen que un avión vuele. Mi joven espíritu de politólogo piensa en la alegoría que puede hacerse con los Estados-Nación para hacer que un país avance. Las fuerzas y las resultantes vectoriales de los intereses de clases, trabajadores, estudiantes, desocupados, lúmpenes, grupos de influencia y la anomía, que como la gravedad es acelerada por los intereses corporativos que intenta tirar para abajo todo proyecto que ambicione igualar las fuerzas sociales para que logren sostener el vuelo de un proyecto político inclusivo.

Por razones de laburo, viajé a Ecuador, más precisamente a Quito. Al llegar al aeropuerto quedé sorprendido al ver lo complejo del terreno sobre el cual se construyó la ciudad. Montañas, quebradas y volcanes se mezclan con edificios y carreteras que suben, bajan y dan vueltas a los cerros que me acercan a la ciudad. Un aeropuerto nuevo y las carreteras que lo unen con la ciudad capital de la mitad del mundo, son las obras palpables que dejó el gobierno de Rafael Correa, y fue esa obra la que lo sacó del centro del conglomerado urbano, alejando los peligros de los accidentes aéreos.

Me esperaba un muy cordial compañero de Sangolquí, una localidad próxima a la ciudad capital, que me acompañó hasta el hotel donde me alojaba. En la radio, mientras sonaban reggaetones, nuestra conversación giraba en torno al viaje, como nos organizaríamos durante la semana y otras banalidades. Cuando hice un comentario sobre las carreteras me relató sobre las obras que se habían hecho a partir del traslado del aeropuerto, de ahí pasamos al gobierno de Correa y cómo desde el gobierno de Lenin Moreno se estaba intentando un cambio de estilo en comparación con la administración anterior. En el relato noté un agotamiento de la imagen de un líder que, aún retirado del gobierno y también del continente, sigue teniendo presencia. Primeras fuerzas que noté en choque, el reconocimiento de las obras y el desgaste que sufre cualquier liderazgo luego de 10 años de estar sometido a las acciones y reacciones propias del ejercicio del poder. Alcanzó para mantener la inercia de un partido político, pero no impidió que pierda aceleración; resultantes que hicieron que el proyecto político no cambie de sentido, pero varió levemente su dirección (como recordaran de los libros de física la dirección es “la de la recta” y el sentido es “el de la flecha”).

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La educación terciaria como recurso del Estado

Cuando pasamos por el frente de un gran edificio mi guía lo señaló como el Instituto Politécnico, una institución académica equivalente a nuestra Universidad Tecnológica. El Instituto tuvo una revalorización con la Revolución Ciudadana (RC), tal como me comentará una profesional quiteña, cómplice de los experimentos electroquímicos que me llevaron a esos lares, y nada simpatizante de Correa, tal como me lo confesará sin necesidad de que se lo preguntara. Su crítica a la política universitaria que implementó la gestión de Don Rafael se centró en que mandó a estudiar a los mejores promedios académicos alrededor del mundo para que profundicen sus conocimientos y lo actualicen luego de décadas de atraso que dejó el neoliberalismo. Su queja se basaba centralmente en el costo que representa esa inversión en educación y su incidencia en la deuda que enfrenta el país, dado que estos profesionales que recorren distintas universidades del planeta para doctorarse, luego se dedican a la enseñanza y no vuelcan su conocimiento en provecho del desarrollo del Estado, aumentando el gasto público, por lo abultado de sus salarios. Noté en su relato sincero y convencido (al cual no quise entrar en debate dado que al no ser local, lo importante es conocer qué opinan los que están día a día viviendo la realidad que construyen), que no hacía ninguna referencia sobre la responsabilidad del sector privado, principal beneficiario de la inversión de cuadros técnicos-intelectuales que favorecerían el desarrollo tecnológico industrial, en un crecimiento dialéctico de la industria, las condiciones laborales, la capacitación de los trabajadores, que redunda en mayores riquezas para el país.  Todo esto lleva también a una mayor conciencia de los derechos de ciudadanía, y como sabemos, no siempre se busca desde los sectores concentrados del poder una mayor democratización de la base popular, sino el sostenimiento de privilegios. Tal vez esto puede ser que explique la falta de compromiso de las empresas capitalistas para emplear a los profesionales y usar sus saberes y experiencias para el beneficio de la sociedad ecuatoriana y salir de la mera explotación de los recursos del suelo. La presión, según la definición física, es la fuerza que se ejerce por unidad de superficie; en política es la superficie social la que soporta las resultantes de las fuerzas de los sectores corporativos y es el Estado quien debe interferirlas para que pueda expandirse la capacidad popular. Otra vez fuerzas que chocan. Hace unos años las del desarrollo popular tenían mayor intensidad y hoy se están equilibrando o al menos, al parecer de este relator, las que se oponen podrían llegar a hacer perder el impulso que tenían las primeras.

El acceso a la educación terciaria y universitaria fue todo un descubrimiento, principalmente por el interesante planteo en el debate sobre si un Estado puede, o debe, influir sobre la formación profesional de los ciudadanos y ciudadanas. Rápidamente explicado es más o menos así (o al menos como lo comprendí): Al terminar el colegio secundario (no hay educación técnica) se rinde un examen para obtener el título de bachiller. En ese examen el puntaje obtenido se considera también para el ingreso a la universidad. Según ese puntaje el alumno puede elegir carrera y universidad, pudiendo hacerlo en más de una. Por ejemplo: una piba o pibe (güagüa en quechua o kichwa) quiere estudiar dentro de las ciencias químicas, entonces se decide por Ingeniería, y se anota también en Química pura (licenciatura) o Química biológica (bioquímica). Si su puntaje se acerca a mil puntos, elige su primera opción y puede estudiar en una universidad cercana al lugar donde vive. Si no, puede elegir entre una universidad que esté en otra provincia (si hubiera), u otras de las carreras que eligió. Sintetizando el ejemplo, resulta así que, si no llega al puntaje requerido, en vez de Ingeniería, elija Química biológica cerca de su casa o pueda estudiar Ingeniería química en otra provincia (los gastos del traslado corren por cuenta del alumno y su familia). Aunque también puede esperar al siguiente año para volver a dar el examen.

El liberalismo clásico nos impuso el concepto de que cada cual debe estudiar lo que desee. Ante esto se abre la trampa sobre si el profesional resultante tiene una obligación ética con la sociedad que lo formó, o es solo para sí el fruto del esfuerzo de sus años de estudio. Es decir, se ponen en juego las necesidades de profesionales que hacen al desarrollo de la nación y el costo de un estudiante universitario al que el Estado destina recursos.

Si nos paramos en el primer planteo, entonces el Estado debe garantizar la oportunidad de acceso a estudios de grado, pero también el ciudadano tiene el deber de poner su capacidad en el desarrollo pleno de la sociedad por el uso de sus conocimientos. El Estado también debe orientar, según las necesidades coyunturales la formación de profesionales que necesita para su progreso. Quiero decir, si hay muchos abogados y pocos ingenieros mecánicos y se está en una etapa de desarrollo industrial posterior a la Industrialización por Sustitución de importaciones (ISI), desde políticas positivas del Estado se puede influir en las decisiones de los estudiantes, donde quienes no tienen decidido una carrera desde la vocación y con el interés de seguir formándose, pueden seguir ingeniería como alternativa, que irá seguramente más allá que una mera salida laboral. Y quien quiera ser abogado deberá tener la vocación y dedicación al estudio del derecho para que la representación legal que realice se transforme en un acto de justicia.

Si nos ponemos en el segundo espacio volveremos a tener un exceso de profesionales que eligieron una carrera no por vocación, sino por su posibilidad de “hacer guita” seguro. Este debate parece darse en el Ecuador. Se evidencia en las posiciones que defienden la revolución ciudadana y que apoyan la política universitaria, denunciando que algunos eligen hasta diez carreras y luego no quieren realizar el esfuerzo de estudiar y acusan al programa de no dejarlos y desde la oposición a esta política, los que afirman que el Estado no les deja estudiar lo que desean, atentando a una libertad individual.

Otro punto que encara la política universitaria es el nivel académico de las casas de estudio que se clasifican en clases A, B o C según los trabajos académicos que presente y los programas de formación de posgrado que promueva. Esto hizo que muchas universidades privadas aumenten sus aranceles para poder mejorar su plantel de profesores, en número y en calidad profesional, haciendo muy oneroso el acceso al estudio de grado para quienes decidan estudiar más allá del resultado de su examen de bachillerato. La crítica de quienes no acceden por lo costoso de la carrera es que los deja por fuera del ámbito académico. Mientras que los que apoyan la revolución ciudadana recuerdan que el título no era otra cosa que una mercancía que ofrecían las “privadas” a quienes podían pagarlo.

El debate estaba vigente porque Lenin Moreno declaró que en Ecuador cada quién estudiaría lo que quisiera. Una discusión más que interesante podría haber quedado trunca por la presión de los sectores opositores a la RC a los que el nuevo presidente les garantizó una nueva etapa de diálogo. Pero sabemos que cuando los sectores corporativos proponen diálogo, no es un debate de ideas entre iguales, sino el ariete para que se haga lo que ellos dicen.

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Una ruptura no deseada

Me tocó vivir el momento de distanciamiento entre Lenin Moreno y Jorge Glas. Si bien me advirtieron que las disputas por política podían llegar a “broncas” entre correistas y anticorreistas, lo que noté por compartir viajes en “carro” entre adherentes y críticos de don Rafael es que había un respeto tenso en la opinión de cada uno y “la grieta” no era tan fogoneada como en nuestras pampas. Durante la mañana del miércoles 2 de agosto, mientras nos dirigíamos al trabajo escucho desde la radio, a la cual el conductor oía atentamente, a los periodistas de un programa de primera mañana, que nada tiene que envidiarles a los nuestros, aconsejar al presidente Moreno sobre lo que debía hacer con su vice. Éste se encontraba acusado de corrupción por contactos con ese pulpo ambicioso de Odebrecht y de manejos ilegales en la adjudicación de pozos petroleros para su explotación durante la presidencia de Rafael Correa, de la cual también fue vicepresidente. Todo esto acompañado con fuertes críticas al ex mandatario que “vive en Europa” y  que “allí debe quedarse”, en un diálogo sin interlocutor del periodista radial.

Durante la noche anterior, Lenin había hablado a la militancia dando muestras de una fractura en la relación con su compañero en el gobierno. El mensaje fue para dejar en claro que los fiscales podrán investigar con plena libertad las acusaciones sobre Glas, sin respaldar en ningún momento a su compañero de fórmula y haciendo hincapié que durante su gobierno seguiría en la senda de ampliar derechos y sostendría los programas de gobierno en educación, vivienda, salud y todos los que aumenten y garanticen derechos de la ciudadanía.

Al día siguiente las críticas aumentaban y desde la radio los periodistas incitaban al presidente a alejar a Glas del gobierno. A primera hora de la tarde Moreno firma el decreto que quitó las funciones que el mismo le había delegado al asumir. En Ecuador el presidente tiene la potestad de asignar tareas a su vice, aparte de las que le otorga su Constitución y también la de quitárselas si lo considera. Durante la tarde en la radio se festejaba la decisión presidencial, qué si bien era acertada, Glas todavía era el sucesor natural de Lenin y por lo tanto habría que dar un paso más hacia su destitución. La conversación en el auto al regreso del día de trabajo entre mis acompañantes primero fue el respaldo de la compañera correista a Jorge Glas: “no creo que lo haya hecho” y expuso con un claro ejemplo personal como puede difundirse una mentira. Desde enfrente se rescataba la posición de Moreno, su apertura “al diálogo” y el contraste con Correa.

Esa misma tarde fui a conocer con mi amigo sangoquilqueño el casco histórico de Quito, cuidad declarada patrimonio histórico de la Humanidad por la UNESCO. La complejidad del terreno montañoso en el que está montada la ciudad asombra junto con sus coloridos frentes. Según mi acompañante, todo eso fue puesto en valor por la RC que erradicó de esa zona los burdeles que allí funcionaban y así dejar que los turistas disfrutemos de la muestra y esplendor de las construcciones coloniales, donde se mezclan iglesias antiguas con altares de oro, con casas multicolores de balcones floridos. La diversidad cromática de los frentes me fascinaba, más aún cuando los comparaba con el gris de mi querida Buenos Aires. En la calle las Coyas, descendientes de la nobleza incaica con sus vestimentas características, revisaban sus mensajes de texto en los celulares. Mantener tradiciones no significa estar aislado del progreso tecnológico.

Una ciudad con muchísima gente caminando con total normalidad en un terreno que sube y baja por las laderas que rodean Quito, frente a la desazón de este cronista y su sobrepeso acostumbrado a la simplicidad de desplazarse en el llano. Allí los autos estacionan a 45°, pero no respecto de la línea de la vereda, sino respecto de la normal (línea imaginaria que marca el 0° angular). Mi compañero, experto conductor, hacía hábilmente complejísimas maniobras conjugando embrague, acelerador, freno y freno de mano para movilizarse en el densísimo tránsito. Mientras no terminaba de decidirme entre sacar fotos o disfrutar del paisaje, pasamos por la plaza central donde se encuentra el Palacio de la Carondelet, sede del Gobierno. Imposible describir mi asombro al ver a un grupo de ciudadanos expresando su apoyo a Jorge Glas, en defensa de la RC, su proyecto de gobierno y a su líder Rafael Correa. De manera absolutamente ordenada y con más policías que manifestantes (equipados como para enfrentar una guerra), no pude contener la mueca de una sonrisa al comparar las marchas multitudinarias en nuestras plazas, llena de cantos desbordante de imaginación popular. Cosas de los contrastes culturales. Mientras dejábamos la plaza yendo a buscar el auto para el regreso, me conmovió escuchar a un guagüita de no más de 10 años preguntar a sus padres “¿porqué no vuelve Correa?”. El proceso de RC tiene herederos que seguirán exigiendo derechos sobre privilegios.

La situación de Moreno me recordó el proceso brasileño, cuando Dilma dialogaba con representantes del poder corporativo y luego sufrió la traición de éste. Traición que perpetrará a cualquier pacto, propio de su ADN si no se responde letra por letra a sus intereses. Nunca el poder concentrado cederá terreno. ¿Podrá Lenin Moreno mantener los logros de la RC dialogando con la oposición? Correa parece no estar tan convencido. Cuando se hizo pública la noticia del vaciamiento de poder de Glas, twitteó “¡Ups! ¡El ‘diálogo solo ha sido para los que odian la Revolución! Adelante, JORGE. Tómalo como una condecoración”, en claro respaldo de su ex compañero de gobierno.

Sintetizando para no seguir aburriendo con este largo relato, mi reflexión me llevó a considerar que las fuerzas que se enfrentan en Ecuador no estarían llegando a componer las resultantes para que la RC pueda seguir manteniendo la velocidad con la que se lograron los avances sociales conseguidos. El precio del barril del petróleo y la caída en general de las materias primas complican más los efectos de la deuda externa y junto con la dolarización de la economía, recuerdo de Domingo Caballo, cuando le quitó la potestad al Estado de emitir su moneda, complican el panorama a futuro.

Al contrario de aquella composición de fuerzas que me hizo recordar mi observación del ala del avión, que provoca que un cuerpo más pesado que el fluido que lo contiene venza la fuerza de gravedad, las fuerzas resultantes de las corporaciones ecuatorianas aumentan la presión sobre la sociedad, intentan detener el vuelo de su pueblo para que nada se mueva, para que nada cambie. Hoy Alianza País representa la inercia, es decir, la fuerza que mantiene a un movimiento constante y uniforme, hasta que otra fuerza intervenga. La disputa política puede compararse con las fuerzas que actúan sobre un cuerpo, el social en nuestra alegoría: si las de mayor intensidad que se oponen son las de las corporaciones, el avance popular se irá frenando. Ahora si desde los sectores sociales decidimos unir fuerzas el proceso de transformación social que propusieron los gobiernos nacional populares en la región, impedirá que no se detenga nuestro vuelo libertario.

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