La eficacia de la posverdad

Por Cecilia Beatriz Díaz[1]

Paparrucha o paparruchada: f. col. Noticia falsa y desatinada

de un suceso,esparcida entre la gente

 

Como una paradoja de la llamada civilización, el mayor acceso a variedad de fuentes de información y de comunicación no parece redundar en calidad o conocimiento verdadero. De ese modo, el clivaje liberal democracia-libertad de expresión tiende a relativizar su promesa de alcanzar el bien común. Lejos de las concepciones clásicas, es la posverdad la palabra de moda para explicar las fake news y las percepciones que sustentan el sufragio popular.

Al respecto, la primera polémica es en torno al concepto -aspecto para nada menor en tiempos donde los conceptos se vuelven mercancía- ya que desde los enfoques más benevolentes, denomina una creencia colectiva que se anida en marcos de interpretación, donde los hechos poco importan ya que se vuelven maleables y discutibles; mientras que para otros, es apenas una mentira y como tal, tiene las patas cortas.

Más allá de esas digresiones, lo cierto es que su uso se ha vuelto masivo sobre todo en los comentarios políticos para explicar las poses, las escenografías y los gestos espontáneos. En ese reconocimiento, hay quienes disfrutan de saberse más avispados que el resto que cayó en la mentira. Sin embargo, los casos de posverdad se suceden: un viaje falso en colectivo hasta un timbreo o una marcha atrás en la decisión política. Al respecto, Lautaro Perez publicó en el artículo “La posverdad o la forma de explicar mucho con poco” (Revista Primera Generación, 10 de diciembre de 2016) sobre los recurrentes casos en la política internacional que echan por tierra la adjudicación de ideas erróneas al subdesarrollo. Entonces, ¿por qué funciona la posverdad?

Para desentrañar este interrogante, es necesario observar el vínculo que se genera entre aquel que cree y ese contenido fake o insustanciable. En ese sentido, es relevante observar que la viralización de mentiras que parecen verdades, es su capacidad de generar complicidad. Es decir, el usuario de redes lo comparte al instante, sin detenerse a comprobar datos o algún rasgo de veracidad y asume su enunciación.

El solapamiento de fuentes tiene su origen en lo que Byung Chul Han (2014) denomina el “panóptico digital”, el espacio virtual en el que todos participamos en función de la vigilancia por lo que perdemos el sentido de la perspectiva. De tal forma que nadie se siente engañado porque no se distingue de donde proviene el contenido (noticia, meme, video o posteo) y su intencionalidad.

En consecuencia, la posverdad se construye apilando acontecimientos imposibles de chequear ya sea por el acceso al dato o la voluntad de comprobar. En ese devenir que promueve el olvido, lo que se refuerzan son los marcos interpretativos previos a los hechos que los confirman o no. Las evidencias que interpelen la razón ya no importan, sino las imágenes, aunque sean susceptibles de montajes.

Otro aspecto que influye en la eficacia de la posverdad es un aspecto de la psicología del compartir que la investigadora Sonya Song denomina “pensamiento rápido” (en “El like cerebral”, 21 de septiembre de 2017, en Anfibia). En efecto, no se detiene a racionalizar por lo que los contenidos políticos y/u otros de mayor complejidad son ignorados -en comparación a otros como las acrobacias de un gato- y es más susceptible a reproducir enunciados sin reflexión crítica.

El problema, entonces, radica en que al circunscribir la participación en lo público al intercambio en las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales el discurso se vuelve endogámico y pierde referencialidad externa. De ese modo, la posverdad configura lo verosímil del debate democrático. Quien quiera demostrar lo contrario cae en un desfasaje de la explicación progresiva que exige la atención del “pensamiento lento” y una curiosidad intelectual que no rankea likes de popularidad.

En ese plano, en el caso de que se revele el artilugio de la posverdad, quien creyó y compartió, no se siente engañado, no activa sus criterios de selección, ni condena el engaño porque ha sido parte de él. En la viralización, miente más quien difunde, que aquel que produce. Pero eso sí, si pasa, pasa.

[1] Doctoranda en Comunicación (UNLP)

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