El humano ha muerto, lo ha matado un Dios

Por Daniel G. Rossetti

El neoliberalismo ha emergido como un Dios pagano que se muestra inmortal, omnipotente y omnipresente. Ha superado ampliamente a su predecesor, el liberalismo, que hoy hasta lo hace recordar como un tiempo que merece añoranza. Este nuevo Dios que creó una parte de la humanidad para protegerse de sus congéneres, crece en su poder de manera ilimitada a fuerza de una grey que se le ofrece como sacrificio, aun sabiendo que no hay un más allá de gozo, solo un presente de desesperación que se disimula con el entretenimiento artificial del consumo nihilista.

En los albores de la modernidad se necesitaba crear todo. Y lo primero fue el Estado que dejaría atrás los axiomas que lo vinculaban con lo divino y lo personal, y entonces los súbditos reclamaron su lugar. Ya el Estado abandonaría sentencias como “El Estado soy YO” que proclamara Luis XIV y se transformaría poco a poco en ese proto Dios mortal conformado por todos los hombres, que nos mostrara Hobbes, que seguiría reclamando para sí el poder absoluto, la soberanía indiscutible, que ordenaría la vida de los súbditos para que se pudieran dedicar todo su tiempo a sus asuntos. Muy lejos quedarían esos ciudadanos que participaban en la Polis, en la Cosa Pública. Se estaban transformando en individuos que necesitaban ocuparse de sus propios negocios, sin nadie que los limite, solo que ordene el funcionamiento social lo suficiente para que nadie avance sobre su propiedad: ni otro individuo, ni ningún Rey.

La Libertad fue el gran motor de todos los movimientos políticos, pero una Libertad que tenía dueño, solo los que tenían propiedad eran dignos de ser Libres y cuanta más propiedad tuvieran, más Libres serían. La ruptura del poder paternalista del gobernante debía trocarse en un poder de Propietarios. La nueva oligarquía reclamó para sí arrogantemente el nombre de Aristocracia. Debían los Propietarios ser, por ser libres, los legisladores del orden social; dándole una pátina de misericordia con la utilización de la caridad cristiana como único derecho reconocido para los que debían estar a su servicio.Una esclavitud sostenida por la indigencia y la negación del acceso a derechos que solo le pertenecían a quienes tuvieran algo de lo que puedan decir “esto es mío”. Así se llegó a tal desigualdad que muchos estaban obligados a venderse a aquellos pocos que podían comprarlos.

Los dueños de la libertad influían sobre los reyes, y así los postergados tomaron conciencia del lugar al que estaban relegados y se sucedieron distintas revoluciones. Al concepto de Libertad le sumaron el de Democracia y se adueñaron otra vez de una Idea humana sublime y volvieron a relegar al pueblo. A los que le pertenecía la Propiedad también le pertenecían los poderes del Estado, con el cual intercambiaban seguridad y tranquilidad para sus negocios, intercambiándolas por divisas excedentes para que forme al nuevo ejército de mano de obra que aumentarían sus recursos.

Una nueva deidad aparece en el firmamento, el Mercado, que junto con el Estado dirigen con sus manos invisibles los destinos de la humanidad. Y entonces el hombre mata a Dios. No el género Humano. Es el Hombre:es el poder patriarcal, elitista, xenófobo, que domina indolentemente a todo lo que no es Hombre y propietario, que somete mujeres, pobres, niños y todo lo que no tenga rasgos europeos, masculinos y cristianos.

Y otra vez revolución, pero ahora en una potencia en decadencia que mueve los cimientos de los altares donde los Dioses mortales estaban tranquilamente controlando los destinos humanos. El dios Estado adapta su forma, el dios Mercado se defiende. Usa sus herramientas mentirosas para darle que al Estado las cualidades para que le cupiera la calificación de “bienestar” y calmara las conciencias de las masas a las cual entretiene con el sueño de que ellos también pueden ser propietarios.

Así, un viejo axioma resurge en la condición humana. El Hombre no puede entender al Humano ni entender hacia dónde lo dirige su Naturaleza. Ni el inmortal Dios muerto, ni los mortales Dioses vivos lo contienen, pero le señalan un sentido. Nada de lo sublime, nada de lo sagrado abarca el alma humana, solo la materialidad de la propiedad, en el sentido ficticio, dónde cada uno de los ciudadanos queda fetichizado como elemento de adoración de un nuevo Dios que se levanta sobre todos los dioses que caen a sus pies. El Dios Neoliberal entra en acción y rompe toda posibilidad de resistencia a su poder.

El Estado tendrá la forma que el dios Neoliberal necesita: Mínimo. Y sin rasgos de solidaridades internas rompe hasta con lazos de familia y genera micro-estados que salen por fuera del sueño de un mundo de Proletarios solidarios igualados por el progreso en equilibrio con la Naturaleza.

El Mercado tendrá también la forma apropiada: Inmenso e inabarcable. Global al punto de permitirle al capital moverse con una libertad soñada. Sin límites de tiempo y espacio que enriquece cada vez más a los ancestrales dueños de la propiedad.

El Hombre, a su vez, adoptará la forma necesaria: Individualista.Cada vez se encierra más en sí mismo. Nada le pertenece, pero todo le parece adquirible. La ilusión de poder poseer le parece un hecho de absoluta realidad. Sólida y palpable cree que también es propietario en un mundo donde pocos tienen todo y muchos tienen nada, y esa realidad le es desconocida, pero por propia voluntad de desconocer. Se le ofrece la ilusión de ser feliz en un mundo de infelicidad. Y esa felicidad es individual, única, propia. No ignora la realidad que se le muestra desnuda, pornográfica, sin tapar el hambre de inocentes y el derroche de responsables de ese hambre. Prefiere no verla y sobre ese desconocimiento reproduce los mandamientos del nuevo Dios, con tal de recibir solo una mísera caricia. Esto es la posibilidad de seguir el inoculado anhelo de que por su esfuerzo individual, podrá recoger las migajas que caen de la mesa de los poderosos, los que modelaron y dieron el soplo de vida al nuevo Dios.

¿Y ahora qué? Nos grita en el oído hasta ensordecernos a quienes, sin entender ni saber qué hacer, vislumbramos en medio de mil contradicciones y tapado por el grueso velo de la ilusión que también nos contiene (a quienes entendemos que la desigualdad es el motor de ese Dios que también nos domina), un espíritu moral y ético que nos reclama algo más que hablar entre los que pensamos más o menos igual.

Las utopías nos quedan lejos y los grandes héroes utópicos nos parecen gigantes. Todo es desesperación y angustia y ante esta encrucijada nos asalta otra pregunta ¿Se puede matar a este nuevo Dios que nos dio muerte?

La única respuesta moral es: SÍ. Y entonces se transforma en deber ético.

Desde nuestro lugar, con nuestras herramientas, con nuestras limitaciones, pero con la incansable e incorruptible voluntad de entender que debe haber un momento, dónde la Humanidad sea el único Dios pagano que vuelva a unir en una sola feligresía qué sin títulos ni honores ornamentales, dé muerte a los dioses paganos que nos esclavizan y matan. La militancia incansable es la mayor herramienta. Encontrar los lenguajes puede llevar generaciones, pero es obligación buscarlos y transmitirlos hasta que la verdad humana se transmita humanamente.

La esperanza es nuestra única aliada en una batalla, que, aunque parece perdida, debe ser peleada. Más hoy que a pocos momentos de una elección que parece que nos aleja de toda esperanza, porque puede ser ganada por los principales ministros de la Iglesia Neoliberal. Que no quieren militantes que se opongan a el credo, que como tal se propone católico, universal, único.

La tarea será tal vez resucitar al humano que las luchas de los pueblos originarios, las mujeres, los sin tierra y sin trabajo que no se resignan a su condición, lo muestran con vida. La suficiente para enfrentarse a en la cruzada por la instalación de la fe por el nuevo humano, que nacerá de las entrañas de los luchadores por una comunidad universal.

 

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