El sabor del encuentro

Por Gala Kreisler

El encuentro empieza antes de llegar a Chaco. Nos esperan más de 14 horas en micro por lo que en ese recorrido casi no queda tema sin tocar. Esta vez salimos más de 160 mujeres en tres micros desde Capital Federal. Algunas pertenecen a organizaciones políticas, otras somos independientes que por primera vez nos animamos a ver de qué se trata esto. La más joven tiene 10 años, vino con su mamá, a la más grande no se le ha preguntado pero pasa los 50: tres generaciones en un mismo encuentro.

Pasan las horas, los termos se acaban, el agua se enfría pero la charla no cesa. A veces con canciones (previamente distribuidas por Whats App o en cancioneros fotocopiados), otras en secreto, pero las palabras nos desbordan. Es que lo personal se vuelve público, y como dijo Mary, es político. Por eso decidimos ir: porque sabemos que no hay otro espacio tan diverso y tan adecuado para hablar de lo que nos importa.

En Resistencia nos esperan más de 60 talleres, que versan sobre los más diversos temas: desde la cultura de la violación hasta el chamanismo, pasando por la política y la universidad. Todos los talleres se llaman “mujeres y…”, definición que ha desatado más de una discusión con las personas trans que asisten al encuentro, reclamando por la visibilización.  Hay un clásico que no puede faltar: están por un lado el taller de trabajo sexual y por otro el de mujeres en situación de prostitución. Con esto se buscó evitar el conflicto entre abolicionistas y reglamentaristas, pero no es tan efectivo. En el primer día habrá un cruce violento que terminará con una queja ante la Comisión Organizadora.

Van 10 horas. Ya nos aprendimos los temas, comimos lo que habíamos traído y todavía no salimos de Buenos Aires. Un camión atravesado en la ruta impide que avancemos durante dos horas. El chiste fácil aparece: es culpa del patriarcado. Algunas aprovechan para dormir, otras leen y otras hablan, reflexionan, discuten. ¿Vos a qué taller vas a ir?

Resulta difícil elegir. Con una oferta tan variada, el tiempo no alcanza para hacer todo lo que una quisiera. Los talleres inician a las 9 de la mañana, hasta las 12, y siguen por la tarde de 3 a 6, cuando cierran con las conclusiones. La demora hace que nos perdamos la primera parte, que se da después de la apertura.

No importa, nos quedamos en la plaza central de Resistencia. Está cubierta de consignas y puestos feministas, la oferta es variada: desde tatuajes y stickers hasta toallas femeninas reutilizables y copas menstruales. Unas muñecas de tela se roban la atención: Debajo de la ropa tienen pelos, vagina y pezones: son “reales”. También hay mesas de partidos políticos, que alojan a los pocos hombres que se ven por allí. Sin embargo, pasan desapercibidos en la marea violeta.

Se esperaba que asistieran 30 mil personas, la mitad que en 2016, en parte por la distancia, en parte por el costo, y en parte por la decisión de no apoyar el destino elegido. Esto se debe a que la sede se define en el encuentro anterior, a través de un “aplausómetro”. Medio ampliamente cuestionado, en Rosario dió como resultado la ciudad chaqueña, en disputa con la Capital Federal. No hubo caso, la comisión organizadora proclamó al Chaco, haciendo que desde las agrupaciones de izquierda se retiren indignadas y decidan no participar del 32º encuentro. Sin embargo, lo hacen.

Se esperaban 30 mil personas, pero asisten más de 60 mil. Parece que el accidente que detuvo nuestro micro afectó a otras tantas, y el sábado por la noche la plaza revienta. Un recital nos convoca, mientras por un lateral de la plaza desfila la “Marcha de las tortas”. Varias cuadras de extensión corean sus consignas, pero hay una que se repite más que ninguna otra: “Macri no es puto, es liberal. Hacete cargo él es heterosexual”.

Llega la noche y nos desparramamos según donde nos toca dormir. La comisión organizadora consiguió que se permita dormir en las escuelas del lugar. Algunas quedan cerca pero otras están bastante alejadas. Como podemos nos acercamos, llama la atención el buen estado edilicio, que respetamos y mantenemos en las condiciones que lo encontramos.

Hasta aquí, no se ha visto presencia policial. Ya sea para prevenir o reprimir, las fuerzas de seguridad están ausentes. Solo se vislumbran vallas en los lugares que se espera sean vandalizados: la Catedral, la sede municipal, algún juzgado. Sin embargo una dependencia municipal está abierta de par en par, a disposición de todas las asistentes. Se trata de la Secretaría de Derechos Humanos, que invita a cargar agua caliente, usar los baños o sentarse un rato a descansar. Previamente hizo circular teléfonos y direcciones útiles en caso de represión, detenciones u otra necesidad.

El domingo arranca bien temprano. Desayuno, largas filas para el aseo, y charla informativa sobre la jornada y medidas de seguridad. Durante la mañana podremos asistir a los talleres, y a partir de las 16 horas se convoca a la tan esperada marcha. Esta consiste en un recorrido de 40 cuadras por toda la ciudad. Esta vez, se elige no pasar por la Catedral, para evitar conflictos y enfrentamientos que pudieran darse. Sin embargo, esta no es la decisión de todas las agrupaciones y hay quienes deciden incluirlo en su recorrido.

Salimos del colegio, caminamos unas cuantas cuadras para llegar a las escuelas, es fácil orientarse porque las calles están plagadas de mujeres con pañuelos verdes (por la campaña por el derecho al aborto) y remeras violetas (la mayoría con consignas políticas de las agrupaciones a las que pertenecen).  Al llegar nos ubicamos en aulas y arranca el debate.

Se han designado coordinadoras para cada taller, se encargan de hacer la lista de oradoras y avisar cuando se ha excedido el tiempo. Ellas mismas redactarán las conclusiones al finalizar la jornada. En este taller, sobre mujeres, poder y política, hay varias ideas que sobrevuelan: apoyarnos aunque pertenezcamos a distintos partidos políticos, obligar a nuestros compañeros a capacitarse en materia de género, establecer protocolos para situaciones de violencia dentro de los espacios de los que participamos y crear redes de mujeres. Ideas ambiciosas, pero necesarias.

Salimos de allí y nos juntamos a compartir el almuerzo en la plaza, que una vez más está repleta. Muchas se preparan para marchar: no puede faltar el pañuelo verde y la consigna que elijamos. Algunas eligen pintarse, otras directamente con el torso desnudo se preparan para la caminata.

Marchamos. Más de 30 cuadras de mujeres organizadas pidiendo por el derecho al aborto seguro, legal y gratuito. La erradicación, prevención y sanción de la violencia de género. Todas juntas y al unísono cantamos que “ahora que estamos juntas, ahora que si nos ven, abajo el patriarcado se va a caer, se va a caer”. No es una amenaza, no es una expresión de deseo: es una  consigna que se hace bandera y atraviesa a todas las agrupaciones y a todas las independientes.

Cuando salimos era de día. Nos llega desde atrás una pila de fotocopias con el nombre de alguna mujer víctima de femicidio y debajo, la palabra “PRESENTE”. Es increíble como a lo largo de 30 cuadras ni uno de los nombres se repite. A donde se mire pueden verse nombres de mujeres, lesbianas, travestis y trans víctimas de una sociedad machista que no puede convivir con lo que no acepta ser de su propiedad.

A lo largo de las cuadras los vecinos y las vecinas nos saludan. A ellas les cantamos “Mujer, escucha, sumate a la lucha”. A ellos les decimos “mujeres que se organizan, no aguantan más paliza”. En una plazoleta se ve una escultura de un monje que ha sido intervenida: en sus manos vacías ahora hay un pañuelo verde y una lata de cerveza. Entre sus piernas puede verse una vulva delicadamente dibujada. Marchan mujeres con carritos, mujeres con niños y niñas, mujeres grandes, mujeres pequeñas, mujeres trans, mujeres lesbianas, mujeres.

Una imagen me impacta. Doblando por la esquina de la plaza principal, en la mitad del recorrido, aparece un grupo pequeño. Son alrededor de diez mujeres, negras y pobres. Todas llevan algo rojo y una fotocopia avejentada. En el medio, la imagen de una joven pequeña cuyo nombre nunca sabré. Allí estaban esas mujeres, intuyo chaqueñas, haciendo visible lo invisible. Entendí entonces por qué había que hacer el encuentro en Chaco.

Después de varias horas finaliza nuestro recorrido en el parque de la democracia. Estamos cansadas pero animadas, en ningún momento dejamos de cantar. Avisamos que está todo bien, que no nos pasó nada. Nos enteramos que hubo algún forcejeo en la Catedral, hubo otra columna que si decidió pasar; sin embargo no pasa a mayores.

Ya está. Cumplimos. El micro nos pasa a buscar, nos lleva a la escuela. Mientras no estábamos algunos hombres que vinieron a ayudar se encargaron de dejar todo limpio. En la fila del baño una de nosotras reflexiona “Es el trabajo invisible que hacemos nosotras. Se ve que ellos también van a aprender de esta experiencia”.

Nos subimos al micro, nos espera otro largo viaje de Resistencia a Buenos Aires. En el camino pincharemos una rueda (otra vez, el patriarcado), pero aprovechamos para descansar. Lamentablemente nos avisan que hubo piedrazos y puñaladas en la plaza: un grupo de 150 vecinos aparentemente autoconvocados, atacaron a las pocas que todavía quedaban en la plaza. Nos avisan que la policía liberó la zona, que las heridas son trasladadas y están fuera de peligro. Respiramos aliviadas, pero no tanto.

El viaje sigue, entre charla, siesta y mate reflexionamos sobre lo visto en los talleres y nos preguntamos cómo será el próximo encuentro. La respuesta llega a eso del mediodía: La sede 2018 será Puerto Madryn, en la provincia de Chubut. Algunas aplauden, otras no, todas coinciden en que será difícil colocar el pañuelo verde a las ballenas.

Dos días después, nos llegará el comunicado avisando que desde Madryn no se habían propuesto como sede, pero esa es otra historia.

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