¿Enfermedades de la Pobreza?

Por Eva Morales Guido

En la Argentina aproximadamente 4 de cada 100 personas que consultan por síntomas respiratorios tienen Tuberculosis (TBC)[1]. En nuestro país se diagnostican 11.000 casos nuevos por año y fallecen 800 personas anualmente por esta enfermedad a pesar de contar con medidas eficaces de diagnóstico y tratamiento.

La Tuberculosis en una enfermedad infecciosa, que se trasmite mediante la presencia en el aire del microorganismo que causa la enfermedad, afecta principalmente los pulmones y puede llevar a complicaciones graves para la salud de la población.

Esta enfermedad, afecta mundialmente a 8 millones de personas y 3 millones mueren por esta causa[2]. La situación es alarmante, y estamos hablando de una de las enfermedades más antiguas que golpea cada año nuestra población, ante este panorama la Organización Mundial de la Salud (OMS) planteó en el año 2014 la ambiciosa estrategia de “Fin a la Tuberculosis” en un plazo al año 2030, cuyo objetivo es que los países reduzcan la mortalidad por TBC en un 90%, que el número de nuevos casos descienda en un 80% y que ninguna familia deba hacer frente a costos catastróficos debidos a la TBC. El plan redentor de la OMS, lejos está de la realidad, ya que combatimos a esta enfermedad durante años y a pesar de contar con un tratamiento que puede erradicarla, aún contamos con numerosos casos por año y con altas tasas de abandono de la medicación.

¿Por qué hablamos de Tuberculosis? Tanto la TBC como otras enfermedades infecciosas, como por ejemplo: el Chagas o  la Malaria, han sido conocidas mundialmente como “Enfermedades de la Pobreza”, son endémicas en países subdesarrollados, relacionadas fuertemente a niveles socioeconómicos bajos. Estas enfermedades tienen en común que son causadas por microorganismos que infectan y desencadenan la enfermedad, por lo tanto, podríamos decir que tienen una causa única y particular.  Pero al hacerlo caemos en el reduccionismo biológico que tiene como modelo la medicina tradicional. Esta concepción surge en la edad de oro de la microbiología, cuando se descubren estos organismos diminutos causantes de casi todos los males.

Ante esta postura hegemónica, debemos comprender que tanto la salud como la enfermedad constituyen una unidad dialéctica y que entre ellas se establece una relación constante de cambio. Pensar a la enfermedad como un fenómeno enteramente biológico, la desprende por completo del entramado social de manera tal que aparece como surgimiento de los azares de una constitución biológica, es decir, al margen de la determinación social.

¿Por qué decimos que la salud esta socialmente determinada?

El doctor Jaime Breilh, uno de los mayores impulsores de la nueva visión de la epidemiología crítica, define a los determinantes sociales de la salud como “las condiciones sociales y económicas que influyen en las diferencias individuales y colectivas en el estado de salud. Son los riesgos asociados a las condiciones de vida y de trabajo, como por ejemplo: la distribución de los ingresos, el bienestar, el poder; más que factores individuales como el estilo de vida o la herencia genética; que aumentan la vulnerabilidad hacia las enfermedades.”[3] Es decir, que nuestra salud, no sólo está determinada por un microorganismo que nos infecta, sino que está atravesada por diferentes componentes.

En el mes de enero de este año, la prestigiosa revista médica británica, The Lancet, publicó un estudio, cuyo objetivo era comparar el nivel socioeconómico con los factores de riesgo definidos por la OMS (obesidad, hipertensión, sedentarismo) y cómo afectaban la esperanza de vida de la población. El estudio incluyó datos de la población de Francia, Estados Unidos, Australia, Reino Unido, Suiza, Portugal e Italia; con datos de 48 estudios y con una población total de más de 1,7 millones de personas. Los resultados mostraron que las personas con bajas condiciones socioeconómicas tenían un 46% más de probabilidades de morir antes de los 85 años, lo cual se relaciona a una disminución de la expectativa de vida en 2,1 años, similar a la asociada al sedentarismo (2,4 años) y mucho mayor a la asociada al consumo de alcohol (0,5 años). Si bien la asociación entre pobreza y enfermedad ha estado siempre presente, este es el primer estudio que lo demuestra mediante evidencia científica. Sin embargo, muestra como limitación que sólo se utilizó la ocupación de los participantes para evaluar su nivel socioeconómico, dejando de lado otros factores.

Pensar en cómo y por qué nos enfermamos permite abrir el abanico hacia políticas públicas centradas en la población con orientación colectiva, en tratar de prevenir la enfermedad en lugar de curarla. Breilh nos pone como ejemplo esta situación: “la salud pública tradicional descubre que hay muchísimos chicos anémicos en América Latina y los trata con suplementos de hierro. La salud colectiva, además de tratar la anemia, buscar cortar la causa.”

Un informe de la OMS[4], plantea como alerta la falta de nuevos antibióticos, ya que hay pocas opciones terapéuticas posibles para las infecciones que son resistentes a ciertos antibióticos, como la tuberculosis farmacorresistente que causa alrededor de 250.000 fallecimientos cada año. El Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la OMS, afirma que “hay una necesidad urgente de aumentar la inversión en investigación y desarrollo para luchar con las infecciones resistentes a los antibióticos, entre ellas la tuberculosis.” El Dr. Mario Ravigliones, Director del Programa Mundial contra la Tuberculosis de la OMS aclara que “la financiación de la Tuberculosis es muy insuficiente y en los últimos 70 años sólo se han comercializado dos nuevos antibióticos contra cepas farmacorresistentes. Para poner fin a esta enfermedad necesitamos destinar urgentemente más de $800 millones de dólares al año a investigar nuevos fármacos antituberculosos”. El desinterés de la industria farmacéutica por la investigación de nuevos antibióticos responde a su interés comercial, ya que los mismos suelen tener pocos años en el mercado debido a la creciente resistencia antibiótica que hace que algunos medicamentos que eran útiles para ciertas enfermedades dejen de serlo en cuestión de tiempo. Por eso deciden virar su rumbo hacia fármacos que puedan ser estables en el mercado, dejando de lado la producción de nuevos antibióticos.

Las enfermedades como producto de un sistema desigual

En 1909, el médico brasilero Das Chagas, descubrió los vectores infectados y el agente que causa la enfermedad que lleva su nombre. Años más tarde, el médico argentino Salvador Mazza, dedicó años de su vida al estudio y combate de esta enfermedad. El chagas es una enfermedad infecciosa causada por un parásito que se trasmite a través de la “vinchuca”, es endémica desde México hasta la Argentina, con menores tasas de infección en América Central. En nuestro país se calcula que existe alrededor de 2 millones de infectados, un 30% de ellos podrían presentar alteraciones cardíacas a lo largo de su vida[5]. La mayor cantidad de casos en zonas endémicas se produce antes de los 14 años, sobre todo en menores de 5 años. La OMS calcula que a nivel mundial unos 10 millones de personas están infectadas; en el año 2008 esta enfermedad produjo la muerte de más de 10.000 personas. Es una enfermad, olvidada y silenciosa, puede no producir síntomas pasados hasta 20 años de la infección, produce enfermedades cardíacas y gastrointestinales y es una de las causas más frecuentes de Insuficiencia Cardíaca. La evidencia científica no ha demostrado que los dos fármacos que más se utilizan para el tratamiento de esta enfermedad, sean eficaces para el tratamiento de adultos en fases crónicas, es decir, cuando la enfermedad cardíaca o gastrointestinal se manifiesta.  La enfermedad de Chagas, al igual que la Tuberculosis, ha sido fuertemente asociada a niveles socioeconómicos bajos y condiciones de vivienda precarias, como hogares de barro. Tiene alto riesgo endémico en las provincias de Chaco, Formosa y Santiago del Estero. A pesar de contar con un Programa Nacional de Chagas desde 1993, aún no existen medidas concretas y eficientes que combatan la enfermedad, como la fumigación de hogares para la eliminación del vector.  La película argentina Casa de Fuego (1995), con Miguel Ángel Solá de protagonista, puso de manifiesto la situación en la que viven los pacientes infectados, el poco interés de la sociedad científica en la investigación y la falta de la presencia del Estado ante esta situación. En la contratapa del libro “Chagas, una tragedia silenciosa” de Médicos sin Frontera, Eduardo Galeano escribe con certeza: “El mal de Chagas no es negocio que atraiga a la industria farmacéutica, ni es tema que interese a los políticos ni a los periodistas. Elige a sus víctimas en el pobrerío. Las muerde y lentamente, poquito a poco, va acabando con ellas. Sus víctimas no tienen derechos ni dinero para comprar los derechos que no tienen. Ni siquiera tienen el derecho de saber de qué mueren.”

Jaime Breihl, nos aclara un poco el panorama cuando explica que “No hay enfermedades de la pobreza. Hay enfermedades de la riqueza con desigualdad. Es necesario cambiar el punto de vista, porque si no aparecen los pobres como responsables de las enfermedades. Lo que el modelo de salud pública dominante llama enfermedades de la pobreza debería llamarse enfermedades generadas por un sistema social que necesita de la desigualdad”.

La enfermedades de la pobreza no son más que una construcción conceptual occidental propuesta por los países desarrollados, que engloban a un conjunto de enfermedades infecciosas, por lo general tropicales que afectan tanto a América Latina como al continente Africano (a nivel mundial  el 60% de los casos de Malaria y más del 80% de las muertes por malaria ocurren en el África subsahariana). Son enfermedades que se resisten a desaparecer, sus zonas endémicas han aumentado debido al aumento de los movimientos migratorios y en detrimento de la calidad de vida de la población. El factor común de estas enfermedades es que pueden ser prevenibles mediante políticas públicas eficaces, como la eliminación del vector, la elaboración de nuevos fármacos resistentes y estrategias que permitan la adhesión de los pacientes al tratamiento. El doctor Ramón Carrillo a 60 años de su fallecimiento, ya nos aclaraba que  “frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”

 

[1]    Guía para el Equipo de Salud: enfermedades infecciosas. Tuberculosis. 2Da Edición. Diciembre, 2014. Ministerio de Salud de la Nación.

[2]    Informe Mundial sobre la Tuberculosis, 2015. Organización Mundial de la Salud.

[3]    “No hay enfermedades de la pobreza” por Renata Padín. Página 12, Ciencia, 2 de agosto de 2017.

[4]    Un informe de la OMS confirma que el mundo se está quedando sin antibióticos. Comunicado de prensa. 20 de Septiembre de 2017, Ginebra.

[5]    Guías para la atención al paciente infectado con Tripanozoma Cruz (Enfermedad de Chagas). Ministerio de Salud de la Nación. Agosto del 2012.

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