La sociedad de los Huérfanos

Por Rosa Solange[1] – Cardarelli Cristopher[2]

“La verdad que lo que nosotros buscamos (…) es que surja mucho el tema de emprender tu propio proyecto digamos. Nosotros decimos que la escuela debería prepararte para crear empleo, no para buscarlos. Y en ese sentido, creo que hay que ayudarlos (…) a generar estos proyectos propios. Mira, te doy un emprendimiento que está surgiendo en lugares como Matanza, cervecerías artesanales…”

Esteban Bullrich – 19 de Julio de 2017

A lo largo de la historia, y como consecuencia de las transformaciones propias del capitalismo, el trabajo ha sufrido mutaciones que modificaron las configuraciones que se formaban a su alrededor. Desde la década del 70´y en correlación con el avance neoliberal, el empleo asume nuevas modalidades, que han servido para legitimar el desempleo estructural y en algunos casos, posicionarlo como la única manera de “ganar la batalla al desempleo”, tal como lo expresó Emmanuel Macron a la hora de defender el proyecto reforma laboral en Francia. De esta manera, el trabajo informal, el emprendedurismo y el cuentapropismo se posicionan como las nuevas formas en las que se expresa el trabajo.

Detrás de estas formas existen una serie de criterios económicos que las legitiman, la búsqueda de mayor “competitividad” con el objetivo de reducir los costos laborales; como también criterios políticos, debilitando a los sindicatos, un actor que constituyó su fuerza en el despliegue industrial y la conquista de derechos laborales.

Pero además de estas razones, abiertamente proclamadas no sólo por los propios empresarios sino también ministros y jefes de Estado alrededor del mundo, las transformaciones sufridas por el trabajo durante el despliegue del neoliberalismo atienden a la formación de un tipo de sociedad y un tipo de sujeto en particular.

En el apogeo del Estado de Bienestar el trabajo se estableció como un nodo de cohesión social, constituyendo un sujeto trabajador cuya existencia se forjó a través de organizaciones colectivas, por lo que el significante trabajador desplegaba esquemas relacionales fundados en lazos de solidaridad, que en sí mismo legitimaba la idea de comunidad.

Las reformas neoliberales modificaron las estructuras productivas a nivel internacional, transformando las modalidades de trabajo hasta entonces conocidas. Las deslocalizaciones y diseminación de los procesos productivos, y las constantes apuestas al mercado financiero como el nuevo “Dios” del Capital, erosionaron las bases desde las que se constituyó la idea de Bienestar preexistente.

Junto con los beneficios económicos que le presenta al empresariado tener leyes laborales más flexibles, contratos temporales cada vez más acotados y sindicatos debilitados, existe una dimensión ontológica del sujeto que busca ser transformada en cada una de estas medidas.

El neoliberalismo se reafirma como un escultor de subjetividad y un constructor de moralidad. Se inaugura un nuevo trabajador, individualizado, aislado, atomizado y autosuficiente, que responde al tipo de sociedad fragmentada. Este nuevo trabajador no necesita pertenecer a una “clase”, ni a un sindicato, tampoco necesita de la ayuda de Estado que lo apadrine. Es un huérfano social, y su supervivencia depende de sus propios méritos.

La meritocracia y el emprendedurismo se posicionan como pilares de un (no tan) nuevo sistema moral, en el cual el sacrificio y la creatividad serán valores a promover por el trabajador autosuficiente, que sin importar el contexto económico tengan que “levantarse temprano para ir a trabajar todos los días” ya que “nadie le regaló nada”. El trabajo deja de tener carácter económico y político, y se vuelve una discusión moral.

Aquí la moralidad se erige como punto neurálgico de la subjetividad neoliberal, cuyo discurso logra posicionarse como hegemónico y como tal tiene la capacidad no solo de constituirse como lo imperante sino además logra ser el configurador de “lo bueno” y “lo malo”. El instrumento predilecto para esta resignificación de la moral son los medios de comunicación y su capacidad masificadora abordando al sujeto desde el costado emocional.

En este sentido, frente a un contexto que presenta al discurso hegemónico direccionando su accionar al debilitamiento de “lo colectivo” no resulta casual que aquellas instituciones que representan los emblemas de las luchas colectivas sean atacadas.

Los sindicatos, que sufren a nivel global una tendencia a la baja en su tasa de sindicalización, son foco de presiones y descréditos, construyéndose mediática y judicialmente como una máquina burocrática mafiosa.

En consecuencia, las bases sólidas del Estado de Bienestar materializadas en el trabajo y las instituciones tutelantes se encuentran en un proceso de debilitamiento y pérdida de valor social, por el cual el individuo es arrojado al mercado, en un escenario fluctuante, donde situaciones tales como el desempleo son desdramatizadas por el discurso imperante resultando “una oportunidad para emprender nuevos caminos a partir del propio esfuerzo”.

En este sentido y en un contexto donde toda expresión colectiva es deslegitimada, es preciso comprender que la batalla contra el neoliberalismo no sólo es política y económica, sino también cultural, y para eso el desafío consiste en encantar al individuo para luego reconstruir los cimientos de la sociedad.

 

[1] Licenciada en Ciencia Política (UNLaM)

[2] Licenciado en Ciencia Política (UNLaM)

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