Ultraderecha Catch-all: contexto, redes y master frame*

El contexto político-económico de fines de siglo XX y principios del siglo XXI reabrió las puertas a los partidos de ultra-derecha, pero estos supieron que con viejas recetas no lograrían eclipsar las nuevas demandas ciudadanas. Allí, la renovación en el discurso (amplio) y la incorporación de las nuevas herramientas comunicacionales fueron un factor clave.

Por Cristopher Cardarelli** y Emiliano Delucchi***

Crisis del bipartidismo

El contexto en el que los partidos de ultra derecha surgen está signado por la crisis de los partidos tradicionales que aparecieron a mediados del siglo pasado, los cuales luego de varias décadas de fracasos sociales económicos y políticos carecen de la capacidad para articular las demandas populares (cada vez más heterogéneas) por los canales tradicionales de discusión política.

El diagnóstico en torno a las representaciones políticas no debería sorprender, ya que las condiciones materiales de los estados europeos se han modificado sustancialmente en los últimos 50 o 60 años, de manera que el mundo (político, económico, social) que vio nacer a los grandes partidos ya no existe o, en términos de Zygmunt Bauman, ha devenido en un mundo líquido.

En este sentido, el punto fuerte de los partidos ultraderechistas ha sido la capacidad para adaptarse a los contextos de atomización y heterogeneización de las demandas sociales. Con lo cual, su estrategia discursivo-electoral partió de fragmentar el discurso de forma tal que logre tener una respuesta sencilla y flexible, aunque concreta, para los temas presentes en la agenda pública.

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El Master Frame
La concreción del objetivo se realiza a través de lo que Franco Delle Donne denomina un Master Frame (eje articulador) que hace pie en la amenaza latente o el temor latente. Estas figuras pueden tomar diversas formas y apuntar hacia diferentes situaciones o actores sociales como pueden ser los inmigrantes, los islamistas, la falta de trabajo, el deseo de volver a los años gloriosos europeos, la identidad nacional que se está perdiendo.

A partir de este principio, el discurso ultraderechista se fragmenta en pequeños frames que brindan respuestas convenientes pero sin salirse de la línea general otorgada por el encuadre maestro y con la capacidad de abordar el sentido común en forma efectiva. Además, la flexibilidad de las ideas se encarga de romper el eje derecha/izquierda y pobre/rico, que son reemplazados por incluidos/excluidos o ganadores/perdedores.

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Sin embargo, en el discurso hay un fuerte sesgo anti-globalización y anti-inmigratorio, en ese sentido los partidos apelan a los ciudadanos que han resultado “perdedores” en la nueva configuración europea producto de la unidad de mercados y monetaria. Aquí no debe relacionarse la expresión “perdedores” directamente a lo económico, sino que abarca a los desencantados con la sociedad en general, comprendiendo también al plano simbólico e identitario.

El triunfo cultural reside en que el discurso ultraderechista puede resultar atractivo tanto para los miembros de una comunidad sureña francesa golpeada por el desempleo fruto de la desindustrialización, como para los ejecutivos de las grandes empresas con sede en Berlín, preocupados por cómo la inmigración descontrolada afecta al ser nacional germano.

Diferencias con respecto a los 80
Una de las novedades con respecto a las expresiones derechistas de la década del 80 aparece en el perfil femenino del discurso, en el cual la mujer aparece como protectora aludiendo a las relaciones maternales, al mismo tiempo que la imagen dura y viril (Skinhead, por ejemplo) es relegada con el objetivo de interpelar a las votantes.

Otra clase reside en el uso de las redes sociales, a través de las cuales se han podido esgrimir mensajes que hace pocos años eran condenados públicamente. Para ello, utilizan “provocaciones estratégicas” que permiten generar golpes de efecto en determinadas situaciones, sobrepasando el límite de lo políticamente correcto, lo que permitió revertir una “espiral del silencio” que jugaba en contra de las posiciones ultraderechistas, haciendo sentir a quienes las enarbolan portadores de ideas que tienen consenso social y no merecen la censura.

De todas formas, es clave resaltar que el hecho de que estas ideas hayan conseguido asidero y colaborado a constituir una masa crítica relevante en la política nacional de numerosos países no puede ser relacionado solo con las nuevas tecnologías, sino que el contexto de desencanto en general tanto con la política tradicional como con sus instituciones, actuando como un potente caldo de cultivo.

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Construcción discursiva y programa económico-político

Hemos visto que una de las posibilidades del Master Frame diseñado por estas agrupaciones es la identificación de un enemigo tanto interno como externo, al mismo tiempo que los ataques a los bancos, los poderes fácticos y la unión europea son moneda corriente. En ese sentido, es paradigmático el discurso de Marine Le Pen, acusando al entonces presidente Francois Hollande de ser “El gobernador de la provincia de Francia” en referencia a la política expansiva de Angela Merkel.

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Al analizarlo, se observa cómo pueden aparecer similitudes discursivas con los denominados populismos latinoamericanos surgidos a comienzos de este siglo XXI. Sin embargo, es menester resaltar las diferencias que aparecen al momento de analizar los programas de gobierno. Mientras que en Europa la defensa de las elites nacionales tiene un peso importante, en Sudamérica se producen conflictos con las oligarquías locales en torno a la distribución del ingreso.

La ultraderecha en números

A continuación se presenta un detalle de los partidos de ultraderecha en Europa. Alternativa para Alemania (AfD 12,5%) consiguió el 3er lugar en 2015, logrando 5 eurodiputados y el doble de votos que en la elección de 2007, mientras que el FN Francés ganó las legislativas de 2014 con el 25% de apoyo y logró ir al balotaje en las presidenciales del 2017, obteniendo el segundo lugar con 21,6% pero finalmente derrotado por amplio margen en la instancia definitiva en la que arañó el 35%.

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Asimismo, en Austria el Partido de la libertad (FPÖ), que cuenta con buenas performances electorales desde 1999, logró un virtual empate en el 2do lugar con el 26%, solo 0,9% por debajo del Partido social demócrata (SPÖ). Mientras tanto, en Holanda el Partido por la libertad PVV consiguió un 2do lugar en las elecciones generales de 2017 con un 13% de los sufragios, solo superado por el liberal VVD que obtuvo 21%. Si bien la performance fue superior a la del 2012 (10%) no alcanzó su récord de 15% logrado en 2010.

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La otra campana

Teniendo en cuenta que las ultraderechas constituyeron su fuerza entendiendo que no se trataba de ser un “partido de un tema” (xenofobia, internes nacional, anti-islamista) sino que el éxito radica en abordar una agenda nutrida y heterogénea, dando respuestas a temas calientes en la coyuntura inmediata, vale preguntarse qué sucedió con los partidos de izquierda ante la crisis de las social democracias tradicionales.

Los frutos de la crisis del 2007/2011 existen y pueden ser nombrados, Podemos en España, Francia Insumisa en el país galo, la experiencia fallida de ZYRIZA en Grecia y la triunfante de un Partido Socialista (PS) con cara lavada y aliado con la izquierda radical en Portugal. Entonces, una de las diferencias parecería ser el deseo concreto de tomar el poder (o al menos el gobierno) en las nuevas izquierdas frente a la apuesta por el descontento, la queja permanente y la anti-política de las nuevas derechas.

¿Resultara cierto que construir es más difícil que destruir? ¿Las derechas tienen más chance de triunfo en una post democracia? Son algunas de las preguntas que se plantean hacia el futuro.

*Este artículo es la 2da parte del informe que comienza con “El largo camino de las ultraderechas europeas” publicado en la edición anterior de esta revista.

** Lic. en Ciencia Política (UNLaM)

*** Lic. en Comunicación Social (UNLaM)

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