Oposición de diseño: el caso del peronismo de clóset

Por Cecilia Díaz[1]

“Salir del clóset” es una expresión conocida popularmente que remite a cierto modo de resistencia y opresión respecto a hacer pública la identidad de género y la orientación sexual. De tal forma que el encierro y el secreto de esa identidad intentan no romper con la heteronorma que las instituciones imprimen como único modo legítimo de vida, al tiempo que significa una estrategia de supervivencia en un escenario hostil. La diversidad en ese contexto es vivida como un cuestionamiento a los valores que sustentan un orden de dominación determinado.

Esta estrategia de intentar sobrevivir o gritar el orgullo de pertenencia a lo denostado, de alguna manera puede trasladarse a otros campos donde el ejercicio del cuestionamiento al poder es reprimido con distintos modos de violencia. A costa de que pueda resultar exagerado, considero que tal expresión puede aplicarse al dilema de la/s oposición/es peronista/s frente a la alianza Cambiemos y al deseo del oficialismo de configurar una alternancia no divergente.

Desde otros sectores de la oposición no peronistas, son reiterados los señalamientos sobre los gestos de gobernadores, diputados y senadores del PJ y/o FPV en la firma de “acuerdos” sobre las reformas que propone el macrismo. En tono de chicana o de un análisis de fuerzas de la oposición en lógicas de potencialidad numérica -en efecto, el PJ tiene la mayor cantidad de gobernadores y de bancas propias en ambas cámaras-, se reduce una lectura de las tensiones internas del movimiento en esta coyuntura en miras al 2019.

Las opciones entre “encerrarse” o “salir” del clóset están condicionadas por ciertas prácticas anidadas en el movimiento que entran en tensión con la doctrina como identidad inmutable. Este análisis hace referencia a tres aspectos: el pragmatismo electoral, las consecuencias de los carpetazos y los tejidos conservadores locales como síntomas del consenso neoliberal.

Los liderazgos territoriales se sostienen por votos y/o presupuesto para no perder la iniciativa en la gestión local. Por ello, sin una figura opositora indiscutida a nivel nacional que traccione mayorías electorales, muchos gobernadores optan por intentar asegurar las reelecciones provinciales y proyectarse como candidatos presidenciales en 2019. Hoy la voluntad de las urnas y la lapicera están en manos amarillas.

En paralelo, el temor -infundado o no- de denuncias judiciales, prisiones preventivas y el escarnio mediático es un instrumento aleccionador del orden ceocrático. Un verdadero bloque de poder sin fisuras y eficiente, para el que aún no se descubrieron anticuerpos.

Otro aspecto que parece dejarse de lado en los análisis, es la evidencia del pensamiento conservador en los posicionamientos de dirigentes identificados con el peronismo que muestran al kirchnerismo (Unidad Ciudadana) como una minoría. En este punto, para entender el actual escenario es necesario cuestionar si la conducción excluyente de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner hasta el 2015 se basó en las convicciones sobre el proyecto -de carácter refundante de tendencia progresista e incluyente- o en el peso de los votos y el presupuesto.

En efecto, estos tres comportamientos evidencian la profundidad en la que el neoliberalismo ha calado al interior del peronismo en la medida en que los posicionamientos de los dirigentes se basan en sostener carreras políticas individuales y no colectivas, cuidar la moralidad ante la mirada pública, evitar la confrontación política y por ende, la transformación en clave de igualdad.

Esta configuración habilita y legitima al gobierno de la alianza Cambiemos. Los garantes peronistas -de la gobernabilidad y de la continuidad del proyecto neoliberal- pugnan por demostrar la razonabilidad del ajuste y mostrarse como el mejor candidato peronista de clóset que guarde y contenga al movimiento en su versión transformadora y solo organice una masa entre los canales soportables. Por ejemplo, que participe en los canales de televisión, que lance frases fuertes pero que refuerce su diferencia con el kirchnerismo para sostener el relato macrista. Algo de esto hizo Pichetto en el Senado pero ¿quién será el elegido para el escenario complejo del 2019? ¿Qué estrategia electoral le puede devolver al peronismo el brillo de ser el “hecho maldito del país burgués”? ¿Salir del clóset o resguardarse hasta que un sacudón externo abra las puertas y ya sea imposible guardar las formas?

[1] Doctoranda en Comunicación Social (UNLP)

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