El feminismo menos pensado

Por Ale Dgda

Cientos de debates —bienvenidos, por cierto—se han suscitado en las últimas horas sobre el aborto y cuestiones de género sin que haya algún tipo de lineamiento estratégico ni densidad ideológica de clase que llene de contenido estas demandas y le trunque el camino al neoliberalismo para hacer uso de las mismas, no para inutilizarlas totalmente, sino para fortalecer la dominación de clase a través de luchas cerradas en sí mismas.

El oenegeísmo y la resistencia tutelada: De la doctrina nacional al dogma globalizado

El neoliberalismo sabe muy bien que hay injusticias y se encarga de administrarlas correctamente en su beneficio. Tal vez, aquí esté una de sus principales y novedosas características en relación a todo lo previo. Lo que antes era ocultado y silenciado por la fuerza, hoy es usufructuado por las clases dominantes cuando éstas reescriben las prioridades de un movimiento que lucha por una causa determinada. Son invisibilizadas las necesidades de la población más vulnerable y se ofrecen respuestas a una clase media progresista de corte netamente urbano. Una auténtica batalla por el sentido da la derecha.

El paradigma neoliberal y el fin de la historia motorizan un posibilismo que se expresa en la legitimación de demandas parciales cerradas en sí mismas en contraposición a los movimientos de liberación nacional —anticuados como toda utopía en la posmodernidad—, que pondrían en peligro los designios dictatoriales del poder real. Cada cual cuida su quinta y la sociedad se encuentra compartimentada en demandas parciales, inconexas entre sí y desprovistas de densidad ideológica que sean capaces de desencadenar su potencial revolucionario.

La solidaridad no se expresa ya en términos de clase, sino en la coincidencia en torno a causas justas edulcoradas. Una persona puede en un ámbito festejar el gatillo fácil y en otro, puede vestirse de otra cosa y preocuparse por los niños con cáncer. De ahí, los ecologistas puede congeniarse perfectamente con un sistema que derrocha permanentemente si éste le ofrece bolsas biodegradables, bicicletas públicas y otro tipo de concesiones que no perturban ni modifican las relaciones de poder de la sociedad —porque al contrario, las reafirman generando consenso en torno a un orden material—, o un feminista puede congeniar perfectamente con hombres y mujeres del grupo dominante que abren la posibilidad de debatir públicamente un derecho y una cuestión de salud pública crucial —el aborto—, al tiempo que permanecen indemnes las relaciones de poder que sojuzgan a miles de mujeres mediante la pobreza y la exclusión.

El neoliberalismo consigue, a través de la falta de doctrina de los movimientos en cuestión, la materia prima para llevar a cabo una pantomima que reafirme la libertad de hacerlo todo dentro de ciertos límites quirúrgicamente delimitados, ya no como un movimiento colectivo que demande salud pública de calidad, sino como una suma de acciones individuales —juntar tapitas, su buque insignia— de nulo impacto colectivo.

El dogma globalizado y la extranjerización de la resistencia

Sobre el final del siglo XX, los estados nacionales fueron en detrimento en favor del poderío imparable de las corporaciones transnacionales, las cuales se constituyen como auténticos polos de poder mundial capaces de burlar la soberanía de los países. La ola anti estatista encontró su mejor artilugio en la criminalización de los estados e identidades nacionales en favor de la disolución de las identidades de cada uno en un armado homogéneo —nortificación—  llamado aldea global. El nacionalismo pasó a ser mala palabra y florecieron los auto percibidos “ciudadanos del mundo”. Todo servido en bandeja a las corporaciones multinacionales.

Los vigorosos relatos que daban cuenta de proyectos colectivos de justicia social y descolonización de la periferia dejaron paso a las demandas híper segmentadas dirigidas a sectores muy específicos inconexas con el resto de las demandas populares. Surgen organizaciones de derechos humanos, ecologistas, feministas o indigenistas desprovistas de un proyecto totalizador que articule todas esas demandas y las satisfaga. La lucha comienza y termina en un único lugar, está cerrada sobre sí misma. Esta oenegización de la política funciona a modo de resistencia extranjerizada y tutelada al legitimar el sistema de dominación que es desde ya, incapaz de ofrecer soluciones a dichas demandas por su propia naturaleza sin destruirse a sí mismo.

En el nuevo milenio, los gobiernos nacional-populares de América Latina más de una vez se toparon con este tipo de organizaciones. Los casos más significativos sean, tal vez, los que podemos encontrar en el Estado Plurinacional de Bolivia. Allí, grupos auto declarados indigenistas y ecologistas se opusieron decididamente al desarrollo de la infraestructura del país, cuya construcción y mejora más tarde posibilitó mejor calidad de vida para todos los bolivianos. Mientras tanto, observábamos como CNN festejaba la horda separatista de la oligarquía boliviana y a sus cómplices subalternos que infiltraban a las mayorías desde abajo y desde adentro. El circulo empieza a cerrar.

Aquí llegamos al nudo de la cuestión. Los partidos políticos emprendieron la retirada a fines del siglo pasado y con ello, la doctrina que les era propia y servía para instrumentar sociedades más justas cayó en el olvido. Desde las tribunas del poder, se demonizó a la política y se la asoció maliciosamente con organizaciones totalitarias de pensamiento único, amparadas en un mandato verticalista incuestionable. Juan Domingo Perón, que algo sabía de doctrina, decía que ésta no podía ser enseñada mecánicamente ni aprendida de memoria porque se trataba más bien del apropiado ejercicio del criterio de cara a los problemas que se presentaban.

Es decir, la doctrina no es una herramienta que impone comportamientos, sino la que permite la liberación colectiva. Pero la doctrina —que no puede ser otra cosa que nacional porque sólo aplica a un lugar y un momento determinados—  es cosa del pasado y hoy su lugar lo toma el dogma globalizado que prescinde fundamentalmente de la noción de la dominación de países a manos de otros países o de países sojuzgados al mandato de las corporaciones. Entonces, a los problemas de Francia, Australia, Argentina y Etiopía se les aplican las mismas soluciones. En este sentido, el gobierno de Cambiemos ha señalado como ruta al éxito el copiar mecánicamente a Australia o India. Desde ya, se trata de un análisis abstracto y anti histórico, que esconde intereses minoritarios tras sus prédicas.

Así como la doctrina es profundamente nacional y no puede ser de otra manera, el dogma es antinacional. La primera tiene su principal cualidad en el arraigo porque nace como respuesta de los problemas concretos de un lugar y tiempo determinados. Fuera de esa realidad pierde sentido. La segunda opción, totalmente desarraigada de las particularidades locales, se pretende universal. La supresión de las identidades nacionales y el surgimiento de “ciudadanos del mundo” va en ese sentido. No hay centralidad ni periferia, sino un tronco de problemas y recetas-soluciones comunes. En el plano económico, las recetas del FMI son el ejemplo más evidente de esto, pero también sucede con la resistencia popular segmentada.

El oenegeísmo no ve relaciones de poder que someten a las mayorías al designio de minorías privilegiadas y descansa en la creencia de que se puede cambiar la sociedad y el mundo sin tomar el poder, como si éstos dos no fueran una consecuencia de quien ejerce y detenta ese poder del que se quiere prescindir. Por lo tanto, las reivindicaciones no son ya demandas destinadas a la conquista de derechos, sino más bien el intento de obtener alguna concesión de la clase dominante que no perjudique ni ponga en cuestionamiento el privilegio de este grupo.

Estos movimientos, en caso de apuntar a combatir relaciones de poder, dejarían de ser tales y no servirían a los propósitos del poder real, el cual no podría colonizarlos. El rasgo principal del oenegeísmo que se manifiesta “sin banderías políticas” es desechar de plano la idea de otro orden social posible. La resistencia, por lo tanto, se encuentra tutelada y no reviste mayores preocupaciones para el poder fáctico de tipo económico.

Resistir y no morir en el intento

La pregunta es: ¿Sabemos cómo resistir? El verdadero dilema es resistir sabiendo cómo para no acabar siendo la resistencia de la que el poder combatido se alimenta y se legitima. Es decir, es necesario cuestionar las bases del sistema que privilegia a unos pocos más que intentar puntearle aparentes concesiones a un poder que no cede ni un centímetro de terreno. Aquí es donde se hace necesario recuperar la doctrina y sumarla a otros elementos que motorizan la resistencia.

Es decir, tenemos que resistir pensando y pensar resistiendo —contemplando el horizonte la posibilidad de pasar al ataque— para no ser fagocitados por el neoliberalismo. No se resiste más ni mejor por resistir de cualquier modo y la voluntad por sí sola no es una amenaza para las estructuras vigentes. De hecho, el neoliberalismo infiltra demandas y las utiliza de la mano del voluntarismo ingenuo de gente que se presta noblemente a la causa y termina traicionada.

En el afán de cuestionar y de anteponer cuestiones secundarias a las fundamentales es en donde terminamos equivocándonos. Actualmente, Cambiemos está utilizando a la cuestión de género para darse una mano de barniz progresista y desorientar al incauto. ¿Somos más feministas por decir que en la foto del PJ no hubo mujeres o le estamos dando el pie al neoliberalismo para legitimar la opresión? De ser esa la vara, ¿La foto de Macri con funcionarias mujeres rodeándolo, entonces, confirman que este gobierno es feminista, aunque expulse a miles de mujeres a la pobreza y la miseria? Cambiemos trabaja con cantidades inimaginables de información —Big Data, Focus groups— y es capaz de aprovechar todo paso en falso. Podemos corrernos del feminismo y pensarlo en términos ecologistas. ¿Es Cambiemos, al reducir el consumo masivo de las mayorías, un gobierno amigable con el medio ambiente?

No está mal ni significa que las demandas sectoriales no valgan. Al contrario, porque de esa multiplicidad de realidades es que se construyen los proyectos políticos que responden a los intereses de las mayorías. Lo que es necesario es cerrarle el paso al neoliberalismo genocida para legitimarse de la mano de demandas parciales.

Que el neoliberalismo impulse el individualismo más brutal no significa que reniegue de instancias de participación comunitaria, sino que las rediseña de acuerdo a sus intereses. El objetivo que se han propuesto es el de canalizar demandas sectoriales desconectadas del resto y minar, como sea, cualquier instancia de articulación entre esos sectores subalternos al hacernos creer que nuestro enemigo es aquel con quien tenemos un 90% de coincidencias en el enorme abanico de demandas populares y no aquel con el que no tenemos coincidencia alguna.

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