El poder de la pantera

Por Leticia Leibelt*

Durante su monólogo de apertura en la 90a entrega de los premios Oscar, realizada a principios de marzo, el comediante Jimmy Kimmel bromeó sobre la enorme repercusión que lograron alcanzar en los últimos meses dos producciones de cine superheroico: “Black Panther y Wonder Woman fueron éxitos masivos, lo que es casi un milagro, porque recuerdo los tiempos en que los jefes de los estudios no pensaban que una mujer o una minoría podían estar al frente de una película así. Y lo recuerdo porque esos tiempos fueron en marzo del año pasado”.  

En efecto, el fenómeno que continúa ocurriendo con Black Panther – porque, a diferencia de Wonder Woman, ese film aún sigue en cartelera en nuestro país y buena parte del mundo –  es interesante para analizar, y no puede entenderse fuera del contexto histórico que atraviesa actualmente la sociedad norteamericana, con un presiente abiertamente racista, xenófobo y misógino como Donald Trump.

La última película que se estrenó dentro del llamado MCU – siglas en inglés para “Universo Cinematográfico Marvel” –, primera producción de Marvel/Disney protagonizada por un afroamericano, superó a la primera Avengers e incluso a Star Wars: The Last Jedi en la taquilla “doméstica”. Es decir, se convirtió en la película de superhéroes más vista de la historia dentro de Estados Unidos. A nivel internacional, superó a Iron Man 3 y a Capitán América: Civil War – en esta última había sido presentado el personaje T’Challa –, con una recaudación de más de 1,2 mil millones de dólares. Además, es el film más comentado en Twitter desde la creación de esa red social.

En Argentina, en cambio, a la mayor parte del público no le atrajo demasiado el entorno tribal-africano en que Black Panther se desarrolla: Aquí no llegó al millón de espectadores, lo que para un producto del MCU es una performance discreta. De hecho, si se mira desde nuestra perspectiva local, más allá del aspecto visual – que es excelente –, la película no es genial en su argumento. Tampoco lo es su villano que, si bien tiene motivaciones bien claras, no descolla como plantearon algunas críticas. Ni siquiera las secuencias de acción superan a sus antecesoras dentro del universo marveliano. Sí son muy destacables los personajes femeninos, que tienen un rol central en la trama, sobre todo la general Okoye, posiblemente la heroína más interesante de Marvel en el cine hasta la fecha y fiel exponente del “girl power” que por estos días se intenta imponer en Hollywood.

Entonces, ¿qué hizo que Black Panther sea un tanque cinematográfico indiscutido? Está claro que la comunidad afroamericana de Estados Unidos se sintió representada en la iconografía de la nación de Wakanda y sus personajes. Pero sería tonto y reduccionista creer que la película rompió récords sólo porque atrajo a la comunidad negra, una minoría no sólo étnica sino también numérica. Pantera Negra gustó a los críticos y al público en general porque trajo a un superhéroe negro que se sostiene perfectamente como protagonista – no había ocurrido eso en otro caso aparte de Blade –, y que no es un paria como el Luke Cage de la serie de Netflix: T’Challa es rey y es millonario como Iron Man. Además, el actor que lo interpreta, Chadwick Boseman, se subió al papel protagónico cuando era casi un ignoto, y salió ganador con creces, al captar a la perfección la importancia que tiene su rol en el momento que le toca interpretarlo.

Black Panther tuvo un contexto social desde sus orígenes en el cómic: Fue creado en 1966, mismo año en el que, meses después, nacieron en Estados Unidos los homónimos Panteras Negras, revolucionarios defensores de los derechos civiles. Ahora, el film vuelve a ser una metáfora de la vida real: El villano, Erik Killmonger, no es ruso, ni chino, ni norcoreano. Es estadounidense. Un “outsider” de la realidad de Wakanda – como Trump lo era con respecto al mundo de la política – que llega a tierras africanas para destruir todo e imponer su gobierno a la fuerza.

Es importante aquí destacar lo que ocurrió casi exactamente un año antes con el film Get Out, un antecesor al furor por el personaje de historietas.  Anticipada en los trailers como una simple película de terror, Get Out resultó ser un éxito arrollador e inesperado, justamente porque no era lo que sus adelantos prometían. Con ironía, a través del suspenso pero también del humor, este film explora el problema del racismo de una manera tan original que merecía no pasar desapercibido. No por nada obtuvo 176 millones de dólares de recaudación en su país y un Oscar a Mejor Guión Original para el debutante Jordan Peele, primer afroamericano en estar nominado al mismo tiempo en tres categorías de los Premios de la Academia (guión, dirección y producción).

En respuesta a la era Trump, la comunidad afroamericana parece estar en la cima de la industria cultural. Industria que, con sus principales y más reconocidos referentes a la cabeza, es una de las que más abiertamente expresa su rechazo al actual presidente de Estados Unidos. Durante la campaña presidencial, incluso, varios actores del MCU como Robert Downey Jr., Scarlett Johansson y Mark Ruffalo, participaron de un video que se viralizó en las redes, en el que llamaban abiertamente a votar en contra del magnate empresario, a quien definían en palabras de Don Cheadle como “un cobarde racista y abusivo, que puede dañar permanentemente el entramado de nuestra sociedad”. Scarlett Johansson es además una de las caras más visibles de la campaña Time’s Up, contra los acosos y abusos a mujeres en el ambiente artístico. La industria cultural reacciona, y las cifras en la taquilla acompañan esta reacción.

Así, los números de Black Panther llegan como una cachetada para los “puristas” de los comics, que abundan en los comentarios de las redes sociales. Esos que primero juran no ser racistas, pero enseguida reniegan de los cambios de color, nacionalidad o sexo que pueden tener los superhéroes al trasladarlos a la pantalla grande. Como ocurrió recientemente con las incontables quejas por la Valkiria morocha en Thor Ragnarok.

Sin embargo, el suceso de estas producciones no escapa al inconformismo de buena parte de la sociedad, que señala a la creciente inclusión en Hollywood como un acto de hipocresía. No hace falta indagar demasiado para notar que esta apertura en productos de Disney, una megacorporación norteamericana, se puede interpretar como un falso progresismo. El cambio está impuesto desde arriba. Y eso podría significar el famoso “cambiar algo para que nada cambie”.

Aún así, quedarse estancado en esta discusión es tan simplista como afirmar que el pensamiento de izquierda no se puede promover desde un IPhone. No es la primera vez que Hollywood intenta usar a favor del oprimido las armas del opresor. Mientras Pantera Negra siga llenando salas, con sus mujeres y afroamericanos empoderados, el mensaje de la industria cultural para Trump se seguirá escuchando fuerte y claro. Como diría T’Challa: “En tiempos de crisis, los sabios construyen puentes y los tontos levantan muros”.

*Lic. Comunicación Social UNLaM

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