Las puertas del nuevo cielo

Por Esteban Pastoriza

La llamada “crisis de refugiados en Europa” es la expresión fehaciente de una situación humanitaria crítica, profundizada desde el 2015 por el incremento descontrolado del flujo de migraciones forzadas que en su mayoría provienen de  países de Medio Oriente pero que también se perciben desde el norte de África. Los que escapan, lo hacen siempre en condiciones de suma vulnerabilidad y solicitando un asilo que pueda alejarlos de una realidad nefasta enmarcada en guerras civiles, terrorismo y conflictos culturales y religiosos entre diversas facciones de sus respectivos países.

Los datos que expone el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) demuestran que más de un millón seiscientas mil personas habían entrado en Europa  desde Diciembre del 2015 hasta principios del 2017, de las cuales el 95 % había solicitado asilo político y poco más de 3400 habían muerto en el intento de llegar al viejo continente a través de peligrosas travesías por el Mar Mediterráneo.

Este artículo busca poner el énfasis en las causas que han llevado a generar un clima hostil en muchos de los países orientales desde donde sus habitantes (los que pueden) huyen en búsqueda de una vida mejor, pero donde otros tantos no corren con la misma fortuna y se ven obligados a convivir con una situación que no solo no buscaron ni desearon, sino que aparece como consecuencia de políticas centradas en satisfacer los intereses geopolíticos y comerciales de las potencias reinantes en Occidente.

Acuerdo Sykes-Picot: dibujando fronteras en Medio Oriente

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Las grandes potencias históricas de Occidente siempre fueron conscientes de que la fuerza no es la única forma de ejercer poder y que la persuasión o la disuasión pueden funcionar como herramientas mucho más efectivas en algunas oportunidades. El acuerdo Sykes-Picot de 1916 es una clara muestra de ello, pues esconde un pacto secreto llevado a cabo en plena Primera Guerra Mundial entre Gran Bretaña y Francia, para establecer zonas de influencia y delimitar aleatoriamente las fronteras del territorio que en aquel entonces formaba parte del Imperio Otomano y que casualmente se encontraba enfrentando a dichas potencias europeas en lo que se conoce como la Gran Guerra.

En aquellos tiempos, el Imperio Turco era una amalgama de nacionalidades, razas y creencias religiosas con algunas dificultades en mantenerse unificado, pues ya eran evidentes las ansias de autonomía e independencia de algunos de los grupos que se encontraban dentro de la zona de dominio imperial. Sobre todo los árabes y los judíos que siguiendo las ideas del movimiento sionista que ya habían comenzado a instalarse en Palestina desde comienzo de siglo XX.

Frente a este panorama la estrategia intervencionista que se plasma en este acuerdo, que llevaba los nombres (Sykes – Picot) de los diplomáticos de Gran Bretaña y Francia que lo corroboraron con su firma,  pretendía asegurarse los territorios que pudiesen quedar liberados del dominio turco cuando éste perdiese la guerra y así consolidar sus intereses comerciales y coloniales. Para ello creyeron que era fundamental promover la rebelión interna de los grupos descontentos con el Imperio Otomano, y con el fin de ganarse el apoyo de los árabes se les aseguro que crearían un Gran Estado Árabe con capital en Damasco, pero lo que éstos desconocían es que a sus espaldas las potencias de Occidente habían firmado un pacto para repartirse indiscriminadamente los territorios de Medio Oriente.

Lo concreto es que tras la guerra, franceses y británicos incumplieron sus promesas en la medida en que sus injerencias en la zona muy lejos quedaban en propiciar el principio de autodeterminación de sociedades autor reguladas, pues sus intenciones reales  se concentraban en crear fronteras regionales arbitrarias que darían lugar a “nuevos Estados-Nación” pero completamente supeditados a la influencia política europea.

Estados como el  Líbano, Siria, Irak, Israel y los territorios palestinos serian victimas de superficies delimitadas artificialmente que en algunos casos separaban pueblos enteros en diferentes Estados y en otros  quedaban encapsulados  bajo un mismo gobierno comunidades  con una larga historia de conflictividad, dando lugar  al inicio de graves disputas regionales que claramente se mantienen en la actualidad.

A poco más de 100 años del acuerdo Sykes-Picot encontramos que  las falsas promesas  no solo destruyeron las aspiraciones de independencia árabe, sino que la “línea de arena” que funcionó como separación en el territorio que se repartieron entre Francia y Gran Bretaña, es una de las razones básicas que han llevado a una realidad de conflictos permanentes y escaladas de violencia por todo Oriente Medio, donde las fronteras establecidas fueron la creación de líneas dibujadas aleatoriamente sin tener en cuenta las nacionalidades o los intereses culturales y demográficos.

Estados Unidos, el nuevo hegemón.

Desde mediados del SXX, y concretamente luego de la Segunda Guerra Mundial, es Estados Unidos quien emerge como la nueva potencia global y quien va intentar establecer el “nuevo orden mundial”, expandiendo su supremacía militar y económica, asegurando los límites a cualquier ejercicio de soberanía en cualquier parte del Mundo y afirmando de esta manera que su poder debería ser incuestionado. En consecuencia, al conflicto en Medio Oriente se le sumaba un actor sumamente determinante para su futuro, con claros intereses económicos en la fuente de riquezas en hidrocarburos que la región almacena, pero también con intenciones de llevar a cabo estrategias geopolíticas fundamentales para la expansión de su dominio.

Estableciendo una relación con lo desarrollado al comienzo de este artículo sobre  la llamada “crisis de los refugiados en Europa”, podemos afirmar que ésta es una situación que se ha estado gestando durante mucho tiempo, pero que si ha impactado ahora en el “viejo continente” es justamente porque ha superado los límites de Oriente Medio.

Nos referimos, precisamente, a dos martillazos occidentales que tuvieron un efecto dramático: El primero fue la invasión de EEUU a Irak en 2003 que asesto un golpe casi mortal a un país que ya había sido devastado por un ataque militar masivo comandado también por el país norteamericano pero veinte años atrás. La ocupación brutal, además de los asesinatos y la destrucción del territorio, encendió un “conflicto identitario” que se desparramó por todo el país y desde luego por toda la región, pues la intromisión desplazó a millones de personas de las cuales muchas huyeron y fueron “absorbidas” por los países vecinos.

El segundo gran golpe de Occidente tiene que ver con el apoyo que EEUU proporciona al Frente Al Nusra, un grupo extremista opositor del Gobierno de Siria  que busca la caída de su líder Bashar al Assad, y que desde el 2011 es la causa directa de que el país viva sumergido en una guerra civil que según los datos del ACNUR ya lleva más de 400 mil muertos y la huida de 5 millones de personas. En medio de esta situación crítica es que el presidente de Norteamérica, Donald Trump, con el apoyo de los siempre leales Gran Bretaña y Francia,  decide la noche del Viernes 13 de Abril profundizar el caos en Siria ejecutando bombardeos sobre la ciudad capital de Damasco bajo el supuesto de que Al Assad había utilizado armas químicas en la localidad de Duma, hecho que nunca pudo ser probado.

Lo cierto es que conforme a los momentos históricos y con la corroboración de los acontecimientos actuales, las potencias de Occidente poco han ayudado  para aliviar el clima hostil en el  que vive el conjunto de la población  en Medio Oriente, pues como ocurrió en la invasión que se llevó a cabo en Irak bajo la suposición de poseer armas de destrucción masiva, siempre está presente un pretexto imaginario o inventado que les permita a los poderosos hacer creer al Mundo que “sus principios morales” deben ser universales, donde solo ellos pueden ser los guardianes de las puertas de ese nuevo orden, de ese nuevo cielo.

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