Lo que ves es lo que hay

Por Cristian Secul Giusti[1]

A medio hacer, y a contrapelo de su propia trayectoria: sonidos entrecruzados, frases en inglés y en castellano, coros en diferente tono, guitarras que aparecen y desaparecen y estribillos que no parecen buscar una conquista en la escucha. Todo enmarañado y también tenaz. Es una declaración de principios en un escenario histórico rodeado de hendijas y de costuras vinculadas a la conclusión de los principios, las utopías y las relatos de prosperidad colectiva. Es, sin ir más lejos, El aguante, uno de los discos más olvidados de la carrera de Charly García y también uno de los más repudiados por la crítica especializada y hasta por los fanáticos.

A veinte años de su presentación pública, El aguante es un disco vagamente recordado por el propio García y también pasado de largo en las recopilaciones de canciones o raccontos de su historia. Si bien su sonoridad roza lo autodestructivo y sus letras no parecen conducir a un punto fijo, la obra gana terreno a partir de su singularidad y su desfachatez coherente. No tiene un hit supremo ni una lírica simpática a la vista. Tampoco hay enunciados épicos para teñir de palabras las banderas o las paredes.

El aguante es un álbum editado casi al cierre del gobierno neoliberal de Carlos Menem y al filo del estallido que se desataría pocos años después, durante el gobierno radical de Fernando de la Rúa. El halo de crisis lo atraviesa por completo, y más allá de la propia historicidad de García, es un material poco amable que hace su lugar a fuerza de coraje e intención de disputa.

No obstante, cabe generar algunos interrogantes sobre ese debate que aún hoy se sigue dando ¿García buscaba ir hacia un lugar específico? ¿Planeaba resguardarse con estas canciones o exponerse como artista que visibiliza un clima de época? ¿Solamente nos tendríamos que quedar con la idea de su genialidad quemada y sus caprichos en la grabación? “Lo que ves es lo que hay” dice en la canción que cierra el disco. Y no parece ser menor como enunciado. Más aún, lo que se escapa en ese manto de sentidos es que Charly intentó exponer un cambalache -sonoro, discursivo, emocional- bastante más articulado con un período de quiebre histórico que con su propio quiebre.

El hecho de decir esto no significa que las letras del disco hablan de la situación económica del país o de la crisis social durante el segundo mandato de Menem. No es así de lineal el análisis de una obra artística o de las canciones, en este caso de rock argentino. El estudio estético del álbum puede ir más allá de lo visible y, asimismo, incluye algo más subyacente y escondido en ese iceberg que funda a toda canción de rock, a veces simple de ver y también difícil de apreciar, pero siempre posible de ser analizada.

En este aspecto, la intencionalidad manifiesta de García puede entenderse de un modo más lúdico y también provocador. Como bien lo enuncia el título, el disco no deja de ser un aguante, que no es único, sino particular: es “El aguante”. Del mismo modo, también es la profundización de Say no more, editado dos años antes y un desprendimiento, aún más sórdido, de La hija de la lágrima, presentado en 1994. El aguante contiene una mixtura de desesperanzas y urgencias que se anticipan a la destrucción de inicios del siglo XXI. Es un álbum dialógico, repleto de rupturas, sin flujos fijos ni planteamientos sólidos.

En ese escenario, Charly dibuja un mapa extraño que cruza distintas líneas, desde covers diversos, bañados en la lógica de su vanguardia (“No estaría mal”, de The Byrds; “Correte Beethoven” de Chuck Berry; o “Dos edificios dorados” de David Lebón) hasta rescates emotivos de épocas de Sui Generis (“Pedro trabaja en el cine”) y colaboraciones trastocadas (“Tu arma en el sur”, con Joaquin Sabina). Si bien la estantería del disco no es la mejor, vale decir que la idea primordial de su integridad es esa: no tener refuerzos y jugar a caerse estrepitosamente al suelo. A pesar de ese riesgo insistente, las composiciones específicas de Charly sacan a flote la sonoridad y la lírica con empuje y algo de oficio (“El aguante”, “Kill my mother” o “Lo que ves es lo que hay”).

Las canciones que integran El aguante anuncian un desmantelamiento en términos estéticos y también en clave de instauración político-artística. Por un lado, hay una recuperación intertextual de temas clásicos del rock anglosajón, una revisión de perlas perdidas en la propia carrera de García y también un desafío lírico que no solo confirma a Charly como “rock star” desatado y embravecido, sino como observador de la fragilidad y precariedad del orden neoliberal y de apariencia impoluta proclamado durante los 90.

Recuperar el disco sirve a modo de efeméride por su aniversario -aunque eso solo contemple una anotación colorida-, y también permite advertir la profunda construcción de sentido que circula alrededor de esta obra y de su relación intensa con el contexto. Retomar las tramas permite entender la mirada aguda de Charly -musical y fragmentaria en su enunciación-, mal comprendida al margen de la política o enlazada directamente con la simulación festiva del gobierno de Menem y la observación en pies descalzos. Recordar El aguante activa una reconfiguración en términos críticos y refuerza la certeza señalada por Charly en el tema “Uno a uno”: todo pertenece a través de una canción.

 

[1] Doctor en Comunicación (UNLP) – Twitter: @cristianseculg

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