Ya no hay lugar donde volver

Por Ale Dgda

“Impulsamos esa unidad con la potencia de Cristina, la líder con mayor respaldo y quien expresa más cabalmente la oposición a este modelo y la defensa de los intereses populares” dice un dirigente reconocido a nivel nacional. ¿Alcanza con sólo invocar dicha unidad en el discurso? ¿Cuándo se materializa y cómo dicho anhelo? ¿Desde dónde encarar la unidad? ¿En base a qué? ¿Ya están definidas de antemano las bases del programa en torno al cual se daría esa unidad? ¿Hace posible plantear el juego de la unidad con cartas marcadas? ¿Esas bases se corresponden con este tiempo o son un intento de forzar el tiempo hacia atrás y recrear una estrategia que fue efectiva en un escenario hoy inexistente? Si el programa ya está definido y aplicara a la actualidad, ¿Quiénes se sumen a la unidad deberían aceptarlo mansamente y diluirse en la identidad preexistente? ¿Se puede volver a cometer el error de querer deformar el pie con tal de que entre en el zapato? ¿Se podrá tener la humildad y valentía suficientes para asumir que las verdades deben ser revisadas porque la sociedad actual no es la misma que en 2003 y nosotros tampoco somos los mismos? ¿No es una contradicción intentar crear algo nuevo y que esto resulte a imagen y semejanza de algo anterior?

Entre los principales activos del actual gobierno neoliberal está, sin duda alguna, una oposición fragmentada en base a rencillas internas, las divergencias estratégicas entre sectores que conservan una cuota de poder formal y los que no gobiernan ningún territorio y todo tipo de cuestiones secundarias que son privilegiadas sobre la contradicción principal —sectores populares contra corporaciones— por la falta de una conducción que ordene lo que bien podría ser un amplio frente heterogéneo con capacidad para generarle una seria preocupación al oficialismo, hoy disperso en media docena de grupos que tienen liderazgos marcados pero que en la medida que no articulan un discurso en conjunto hacia el afuera, no se puede afirmar que tengan una conducción en la que se referencien todos.

Se huele que el rumbo está en el camino de la unidad, pero no puede efectivizarse. Ante tal necesidad, sectores progresistas juegan un rol que merece ser analizado por ser los de más estrecha vinculación con el anterior gobierno —el tan mencionado “cristinismo duro”—. El progresismo es una porción de las clases subalternas o populares que han roto una parte de los mandatos que establecía la educación colonial, pero no con todos y se caracteriza por su inorganicidad. La marca cultural más fuerte que el peronismo y lo que tal vez lo diferencie de movimientos que le fueron contemporáneos en otros países del continente es haber dejado en nuestro país un entramado de organizaciones en la sociedad civil con una doctrina común que garantizara la supervivencia de la herramienta política al margen de la presencia de un líder o conductor determinado. Sin tratarse de una teoría a aprender de memoria, la doctrina sienta las bases para la correcta aplicación del criterio en pos de un objetivo común. ¿Qué pasa cuando esa doctrina pasa a un segundo plano y es reemplazada por el mero voluntarismo y las buenas intenciones?

La doctrina perdida

Desde la caída de Muro de Berlín, los partidos políticos sufren un retroceso y abandonan las tareas que hasta ese entonces desempeñaban. Es decir, formar y adoctrinar militantes de acuerdo a una cosmovisión determinada. En nuestro país, este fenómeno —junto a la cooptación de los dos movimientos populares más importantes del siglo XX por parte de los intereses de la oligarquía— se tradujo en la pérdida de doctrina de los movimientos populares. La desconfianza generalizada volvió a la política —y las herramientas históricas creadas por esos movimientos populares cooptados— en una mala palabra. La crisis de representatividad ocasionó que cada cual buscara referenciarse en representantes artísticos o televisivos, dando lugar a la fragmentación hasta el infinito de las mayorías y la imposibilidad de articular esas demandas en un programa político integral y abriendo la puerta al ejercicio del progresismo como forma de política sin política como si de un café sin cafeína se tratase y amparado más en la necesidad de dormir tranquilo que de cambiar el orden social. Dicha posición otorgaba la ventaja de abrazar la política sin todo lo negativo que trae aparejada la misma como sucede en cualquier otro ámbito del hacer humano, el cual desnuda a las teorías contradicción y las pone en una permanente tensión vital creadora.

Ante la desconfianza con respecto a las identidades políticas del siglo XX, definirse como progresista se transformó en una posibilidad. Como ya se dijo, el progresismo forma parte del movimiento nacional, pero carece de la doctrina necesaria y aún no ha cortado todos los lazos que lo unen al pensamiento colonial aprendido de manera sistemática desde la infancia. Esta falta de criterio se evidencia a la hora de hacer el análisis sobre los actores políticos que intervienen en un determinado momento, el sujeto político al que se le está dirigiendo un mensaje y persuadir potenciales aliados para poder cumplir un determinado objetivo.

De allí que se despierten de manera constante suspicacias en torno a los aliados —enarbolando livianamente el mote de “traidor”, incluso con los potenciales aliados a los que se debe persuadir para formar un frente común— a los que se les exige como boleto de entrada o permanencia una prueba de “pureza” —al parecer no es esa la mejor estrategia para persuadir a nadie—, realizar una jerarquización del movimiento en base a una lealtad bastante difícil de medir —sugiriendo que hay otros que no los representarían “tan cabalmente”— a la espera de la traición que siempre es inminente. Habrá que ahondar en el porqué de esta actitud que dificulta los intentos de formar un frente común entre los que pensamos parecido y el análisis atemporal y desarraigado puede ser la razón de esto.

La minoría intensa

Nuevamente, debemos volver sobre la necesidad de ejercer correctamente el criterio. No hay peor error en política que interpretar erróneamente un escenario porque las decisiones que se tomen en consecuencia serán igual de erradas y, para peor, se produce una desconexión con las necesidades de los sectores populares que terminaría por erosionar la representatividad del sector político en cuestión, el cual termina siendo abstracto.

¿Es correcto calificar al sector que trabaja en los barrios más postergados como “traidor”, cuando éstos se encuentran entre la espada y la pared porque hay un gobierno abiertamente hostil a las mayorías —que agrava los problemas relacionados con la exclusión social— y a su vez, una situación social de colectivos que no pueden esperar que la tortilla se vuelva porque vive el día a día? Cuando el progresismo como parte de los sectores populares, pero en una posición relativamente privilegiada —hagamos una concesión y digámosle, clase media—, exige a quienes están abajo sacrificios en nombre de prédicas casi revolucionarias que enaltecen la pureza y la idea del “todo o nada” se origina un quiebre que empieza a minar la necesaria unidad. El hacer humano está plagado de contradicciones y el devenir de las decisiones políticas son el resultado no sólo de la buena o mala voluntad del dirigente de turno, sino también del balance de poder. Es necesario abrir la puerta para entrar afuera para poder sintonizar con esos potenciales sectores aliados e ir más allá de las caracterizaciones rutilantes que, más que intentar interpretar lo que sucede, apuntan a sobreactuar nuestra identidad y mostrarnos correctos ante nuestra propia tropa, esa tropa que no duerme buscando traidores en todas partes. Y ninguno de nosotros quiere llevar ese estigma.

La misma cuestión se plantea de cara a los gobernadores cuando, más que cuestionar a los mecanismos que le quitan margen de maniobra a la soberanía política de un territorio, se centra la crítica es una supuesta mala intención. El problema de esa tesis es que choca de frente con el pasado cercano. Eran esos mismos gobernadores y los representantes de sus provincias en el Congreso los que desarrollaban la defensa de leyes y proyectos claves de la anterior gestión nacional.

A su vez, también se puede hacer un paralelo con el 54% victorioso en 2011 y el 51% victorioso cuatro años más tarde. ¿La sociedad fue revolucionaria? ¿Hoy se hizo fascista? De darse vuelta la tortilla: ¿Diríamos nuevamente que, habiendo dejado de ser fascista, se convirtió en revolucionaria porque mágicamente cortó sin dolor y de un tirón con el arraigado sentido común en las conciencias? Es más difícil.

¿Hay que volver?

Aquí es dónde se presenta otro problema y en donde también aparece ya no sólo el dilema de la unidad, sino también el de la vuelta invocada en el mantra “vamos a volver”. Se cae en dos contradicciones simultáneas. Primero, una unidad que se sabe debe ser lo suficientemente amplia como para poder tener oportunidad de salir victoriosa de una elección es restringida a la inclusión de sectores para dar como resultado un espacio de características homogéneas incompatibles con una mayoría. Después, plantear el objetivo antihistórico de “volver”. Al margen de la voluntad de cada uno: ¿Es posible volver? ¿Adónde hay que volver? ¿Se puede asumir la necesidad de crear un embrión de gobierno nacional en la idea de la “unidad” y al mismo tiempo, dejar de lado la creación heroica de la que hablaba Mariátegui en pos de la repetición, deformando el pie para no crear un nuevo zapato? Hay ahí una tensión que debe resolverse y decantar hacia algún lado, incluso hacia destinos favorables al gobierno oligárquico.

Si algo ha demostrado la historia es que no responde a leyes mecánicas y que no es posible interpretar los nuevos tiempos en base al molde del pasado. Las sociedades están vivas por ser obra del hacer y deshacer de los seres humanos, en vez de fuerzas superiores como ocurre con las ciencias naturales que están fuera del control de las personas. Un hipotético futuro gobierno popular no puede constituirse y desempeñarse a imagen y semejanza de su homólogo de 2003-2015, como tampoco pueden importarse modelos hechos para otros países al nuestro. El país y el mundo serán otros para entonces y las verdades envejecen. La vara purista del progresismo mal interpretaría esto sospechando que es dejar las convicciones de lado, cuando en realidad lo que se intenta es hacer que esas convicciones y proyectos tengan sentido para la mayoría de la población, y no sólo para grupos reducidos que habitan la atmósfera viciada de la endogamia siempre con las puertas y ventanas cerradas hacia la realidad. Es necesario salir de nuestras certezas y pisar en lo desconocido para construir eso nuevo que, a primera vista, podría parecer una simple vuelta de algo que ya estaba hecho de antemano y en realidad será creación o directamente, no será. Porque ya hubo un 2003, 2007 o 2011.

Plantear el 2019 u otra instancia del futuro como un plazo para cumplir la misión de volver es, tal vez, el mayor obstáculo a la concreción de esa unidad —y finalmente de la tan mentada “vuelta— porque, en lugar de estar interpretando la actualidad aplicando el criterio —es decir, teniendo doctrina—, se intenta forzar a la realidad para entrar en un molde de un tiempo pasado. Por lo tanto, las interpretaciones son estáticas, siempre terminan llegando a los mismos puertos y repitiendo los mismos errores. Abstraerse de la actualidad conlleva a desmerecer la necesidad y la urgencia de que esta oposición deje de ser la que el macrismo siempre soñó y hoy tiene porque, en definitiva, se trata de disputas secundarias al costado de la vía mientras el tren neoliberal pasa a todo vapor. La humareda que impregna los costados de los rieles es lo que hay que analizar y a partir de lo que hay que volver a pensar la cuestión. Nada vuelve a ser igual.

Es necesario interpretar el tiempo nuevo y la idea de “volver” sugiere que todo es como entonces y que más bien, el problema podría arreglarse con voluntarismo o peor aún, determinismo. Con voluntarismo, al decir “militemos el doble” porque afirmar tal cosa sugiere que no se está errado en la interpretación de la realidad ni en la manera de accionar en ella, sino que no se hizo el suficiente esfuerzo. Pero un equipo de fútbol no juega mejor ni gana por la suma de kilómetros corridos por sus integrantes durante el partido, sino más bien por entremezclar eso con la estrategia, el juego colectivo, un poco de suerte y un sinfín de otros factores. Con determinismo, cuando todos los esfuerzos son encomendados a un supuesto destino inevitable. Tal vez como un resabio de nuestra tradición judeo-cristiana, siempre está tan lejos como las estrellas un instante donde se rediman todas las injusticias de golpe a causa de una misteriosa fuerza justiciera y tal cosa aparece hasta en el marxismo ateo. El ejemplo de eso es hoy el hecho de esperar y tener la convicción de que la población se dará cuenta que está peor que antes y que eso, milagrosamente, hará prender la lamparita en millones de conciencias que se iluminarían de repente y lograrían desandar todo el sentido común implantado desde los medios de comunicación y finalmente llegar a la conclusión de que necesitan un gobierno nacional-popular para solucionar sus problemas. Poco probable.

Volver al futuro

Pero tal vez, el asunto no sea machacar sobre la comparación sino más bien, mostrar un futuro. Cambiemos llegó al gobierno en 2015 con una economía sin mayores problemas, aunque perfectible. Sobre esos aspectos perfectibles se apoyó y vendió una expectativa de futuro. El hecho de que luego traicionara su compromiso e hiciera exactamente lo opuesto no lo priva de seguir vendiendo futuro y con eso mantener a sectores aferrados a la esperanza que la prédica catastrófica del campo nacional-popular destruye. Como la esperanza es lo último que se pierde, no cualquiera aceptaría mansamente lo terrible que puede ser el gobierno de la oligarquía. Hoy por hoy, Cambiemos sabe explotar todo eso mejor que nadie y tal vez, en absoluta soledad.

¿Se puede mostrar futuro cuando el mensaje que se transmite es el de la vuelta atrás? ¿Se puede dimensionar la necesidad de la unidad sin tener en claro que se trata de construir algo nuevo y no de calcar lo hecho antes? ¿Qué sentido tendría buscar esa unidad si el modelo a seguir está claro y es de antaño? Es decir, ¿para qué concretar esa unidad en ese caso, si ya está todo inventado y es cuestión de aplicar el manual? ¿Se puede persuadir a sectores de unirse cuando de antemano el resultado de esa unidad está cantado y no se dará como consecuencia lógica de la correlación de fuerzas hacia adentro de ese armado? ¿Es posible que haya sectores que hoy se comporten como si siguieran en el gobierno y por eso, desmerezcan el armado transversal de un frente amplio?

La unidad es muy necesaria. Es imprescindible. Pero para poder darle espacio al proceso que la conforme, la idea del mero “volver” debería ser dejaba de lado. Porque para el volver, al parecer, todo es como entonces y entonces, no hacía falta más nada porque se estaba en el lugar al que hoy se quiere volver. En ese entonces, la unidad no era necesaria o parecía no serlo, porque la realidad se encargó de poner todo en su lugar. Más que volver a refugiarnos en nuestras certezas y ver como nuestras verdades envejecen sin remedio —y putear a la población por no entender nuestro “avanzado” mensaje—, hay que ir hacia el futuro, hacia lo desconocido. De lo contrario, el análisis se vuelve antihistórico. Si la evaluación del panorama es errónea, las respuestas también lo serán y nadie tendrá derecho a sorprenderse y a echarle la culpa al comodín de la manipulación mediática ante un resultado electoral adverso en el futuro.

 

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