De la felicidad envasada

Por Gala Kreisler

La semana pasada fui a visitar a mi familia y al abrir la heladera me encontré con una cara sonriente en el estante. No es que dejaran a la perra adentro, sino que a algún crack del marketing se le ocurrió dibujar una sonrisa en la tapa del queso crema.

Si bien existe la pareidolia (tendencia a ver caras en objetos), en este caso se trata de algo deliberado y previamente establecido por los vendedores del producto. ¿Qué es lo que lleva a estas personas a dibujar una sonrisa y dos puntitos en una tapa de plástico?

Las respuestas son múltiples, una posibilidad es que responde a un ideario de felicidad obligatoria que rodea e invade hasta en lo más íntimo, como el simple acto querer desayunar sin sonreír, porque es temprano, y hay que apurarse para no llegar tarde a un trabajo que no se acerca ni remotamente a lo que quisiéramos hacer pero que sirve para mantener la idea de status que se nos presenta como necesaria y, una vez más, obligatoria.

Entonces, la norma ya no entra por el miedo o el castigo sino por el placer. Tal como lo predijera Aldous Huxley en la distopía Un mundo feliz, libro que fue escrito en 1932 y hoy parece estar en plena vigencia. Parece ser que, alejándonos de aquello que planteaba Orwell en su obra 1984 (publicada en 1949), el proclamado estado policial moderno pierde protagonismo ante un sistema que parece ser controlado por el consumo; al punto que la felicidad ya no depende de lo intrínsecamente humano sino de los productos a los que podamos acceder. El mercado ya no se contenta con decirnos qué productos nos harán felices, sino que nos obligan a serlo a través de sus consignas.

Por su parte, el filósofo de moda Byung Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio sostiene que la sociedad está formada por personas agotadas, fracasadas y depresivas; donde el hombre y la mujer modernos son sus propios explotadores: la auto-explotación es peor que la que viene de afuera, porque ese acto conlleva una falsa creencia de libertad. Sin ahondar en esta tesis, puede decirse que el contexto ayuda, y mucho.

Desde el explícito y pujante mercado de vinilos adheribles a prácticamente todo con consignas: “Sé feliz”, “Vive la vida” o “Carpe Diem”,  hasta los intangibles como el servicio de Internet que pregona “Serán los días más felices”, ningún producto quedaría afuera del aleccionamiento. El imperativo es la felicidad, y por qué no, la alegría, (esa misma que el máximo mandatario sugiere tener a la hora de pagar los impuestos, tarifazo mediante). Será que hacer sonreír a los objetos es una variante más del “Sí se puede”: Sonría, lo estamos arruinando.

Personalmente, siempre desconfío de las personas que se ríen todo el tiempo, no solo porque su criterio humorístico es nulo sino porque son incapaces de encarar una actitud crítica. Si todo es risible; entonces ¿Cómo voy a confiar en un queso que se burla de mí? Prefiero la mermelada Noel que asoma en la segunda fila, esperando, inexpresiva, que alguien la tome.

 

 

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