¡ES LA HEGEMONÍA, ESTÚPIDO!

Por Ale Dgda

Un medio especializado difunde publicidad en Facebook de un recital de Santiago “Chano” Moreno Charpentier. Al líder de la banda Tan Biónica, actualmente en un impasse, se lo adjetiva con características disparatadas y exageradas para provocar una reacción previsible que llevan a que la publicidad aparezca en el inicio de miles de personas que lo aborrecen.

Hay un público esperando que se le brinde lo que quiere escuchar para lanzarse en la sagrada cruzada de demostrar que no es cierto. La publicidad tiene un éxito motorizado por comentarios y reacciones negativas en mayoría. ¿Puede uno, incluso desde la queja, apuntalar aquellos discursos que aborrece? Si se puede, incluso en política.

Poco a poco, todo va cambiando, y si en un comienzo el individuo estaba antes del algoritmo, hoy es el algoritmo el que comienza a determinar a las personas y las vuelve el objetivo ideal de cualquier campaña de marketing. La enorme cantidad de información que subimos diariamente a las redes provoca que los mecanismos internos de éstas nos conozcan mejor que nadie y nos ofrezcan siempre eso que queremos escuchar, pero de forma que lleve a una reacción a medida de un interés determinado.

La corriente cultural hegemónica condiciona la agenda de quienes la apoyan y, para complicar aún más todo, de sus detractores. A fin de cuentas, ese es el juego de la hegemonía que es más complejo que la simple imposición. Todos los esfuerzos, en favor y en contra de un determinado orden, pueden estar condicionados de antemano por ella y hasta los actos de la más encarnizada resistencia u oposición pueden contribuir a fortalecerla.

Además de la coerción, la hegemonía está compuesta por el consenso. En cierto modo, todos acordamos los temas a discutir y la forma de manera tácita, por sentido común. La corriente cultural dominante impone actores que le son útiles a sus intereses como, por ejemplo, el cantante en cuestión. Sin entrar en un inacabado entramado de juicios de valor y argumentación pseudocientíficas, podemos decir que su música cumple determinados parámetros ideológicos que sirven a la lógica de la industria musical y son la razón por la cual en el bunker de la alianza gobernante suena Tan Biónica en lugar de Mercedes Sosa.

Una publicidad del recital termina, sin embargo, apuntalada en las redes sociales en base a insultos y críticas variopintas, invadiéndolo todo con la fuerza de una inundación silenciosa que nadie advierte pero que todo moja. Esto antes era imposible: Uno veía en la calle el afiche de un artista, podía refunfuñar un poco tal vez, pero inevitablemente no iba a realizar ninguna acción que difundiera aquello que no era de su agrado.

 ¿Es posible que quien lo promociona sepa algo que nosotros no y lo explote sabiendo que la reacción de la contra es absolutamente previsible, y por previsible, perfectamente utilizable? La lógica publicitaria no puede ser dejada de lado a la hora de analizar el actual proyecto gobernante. Jaime Duran Barba ha declarado hace algunos años que lo importante para un candidato-producto es que hablen de él, bien o mal. Pero que hablen, al igual que con “Chano”. Estarán quienes lo apoyan y hablaran bien de su persona y obra. Y los que están en el lugar opuesto, también hablarán. La centralidad es para ese candidato-producto y para nadie más.

A medida que los detractores ganen en rasgos endogámicos, se vuelven más predecibles y es más fácil usufructuar la indignación generada en sus filas. En relación a quien fuera cantante de Tan Biónica, están expectantes de quien se deshaga en halagos para salirle al cruce. No sólo las características de su obra artística invitan a eso sino y fundamentalmente, cuestiones que van por fuera de la música. Tal vez, los chistes sobre accidentes de tránsito sean a Chano lo que a Macri es la gracia de endilgarle el no saber leer. Para todos, tal vez, sea más sencillo hacer pasar por tontos a estos actores en lugar de asumir que puedan estar ganando el partido y nosotros, en consecuencia, siendo derrotados.

Puede incluso que haya un paralelo en ambos comportamientos. En definitiva, al hablar de “crecimiento invisible”, ¿no podría estar buscando el gobierno neoliberal lo mismo que busca quien publicita el recital de Chano, por medio de mensajes que a primera escucha parecen dislates aislados y no parte de una maquinaria sumamente aceitada de comunicación y creación de realidad? Se trate de un candidato a la presidencia o un artista, ¿no sería lo más eficiente dirigir la crítica —que no es lo mismo que silenciarla— para mantener el producto a salvo?

En tiempos del pasado reciente, la crítica solía ser silenciada por la fuerza y eso ocasionaba que, a la vista de la opinión pública, se viera algo que era difícil de justificar. Hoy el condicionamiento del flujo de ideas, conocimiento e información no está restringido formalmente, pero está perfectamente delimitado un espacio para que se desarrolle de acuerdo a ciertas reglas funcionales a quien ejerza el poder real, de manera que presenciamos una influencia de las corporaciones inédita en el pasado ¿Es disparato suponer que jamás pensó Cambiemos en ocultar el teatro montado alrededor del paseo en colectivo del presidente? ¿Y si el objetivo era que se viera que era un montaje para así poder direccionar la crítica hacia terrenos seguros para el oficialismo?

Por el lado del convencido, de quien consume la marca Cambiemos, el viaje en colectivo es otro fragmento más de posverdad. Ese sector tiene la creencia arraigada de que lo gobierna un tipo común que hizo plata y verlo viajando en colectivo como uno más del malón confirma esa creencia. En el terreno opositor, sin embargo, será difícil hacerle creer a esa persona que Macri viaja en el transporte público. ¿Qué quiere esa gente? ¿No querrá que se vean los hilos del titiritero para ir a sumarse al coro de quienes creen estar advirtiendo una farsa y así confinar a la crítica a un lugar cómodo que hasta le concede al primer mandatario el beneficio de la subestimación?

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