Memorias de un marxiano

Por Daniel G. Rossetti

“Y la burguesía no solo forja las armas que han de darle muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios”

Manifiesto del partido comunista, 1848

Podría empezar escribiendo que en la cuidad de Tréveris, el 5 de mayo de 1818, nacía Karl Heinrich Marx. Podría seguir con datos biográficos, que ya han sido difundidos con mayor detalle en recuerdo del bicentenario de su nacimiento. Pero no es el objetivo de esta nota. El objetivo es poder rescatar la potencia de algunas de las ideas del primer intelectual orgánico de las clases postergadas, aquellas a las que él les entregó el privilegio de ser las que recuperen la humana condición de la humanidad. En épocas donde el proletariado industrial está siendo despojado hasta de su condición de industrial, y su unión parece aún lejana, rescatar el optimismo de un observador pesimista, es una de las tareas fundamentales.

Es el opio de los pueblos.

Criticado por ateo y anticlerical, acusado de romper con la unión del hombre con Dios, lo que Marx denuncia en esta frase es la manipulación ideológica propia de su época, la que se realizaba (y realiza) desde los púlpitos, proponiendo un futuro venturoso. Los seres humanos, venidos a sufrir en este mundo, deben realizar sus funciones, sus tareas predestinadas por quienes entienden el plan divino, para poder alcanzar una vida buena, pero en otro plano. La otra vida será feliz, en tanto y en cuanto se sufra en esta, en el plano material. “La crítica de la religión es ya, por tanto, implícitamente la crítica del valle de lágrimas, santificado por la religión”[i]. La manipulación de la voluntad humana es lo que critica el crítico de la modernidad.

Pero también propone la salida, la fusión entre la teoría y los hechos. Para esto la filosofía cumple la función de dar el marco ideológico a la transformación que debe llevar adelante los que ponen el cuerpo. La función del filósofo deja de ser la de interpretar los hechos que ya ocurrieron, la historia. De lo que se trata es de darles sentido, de marcar el rumbo de los hechos. De superar la filosofía realizándola. Ya no es el “búho de Minerva”, al que aludía su maestro Hegel, el que despliega sus alas, se desplaza por encima de la Historia y la interpreta. Se trata ahora del ser humano.

La crítica a la religión se transforma en la crítica de la filosofía. Y así, como en los inicios cada religión antigua fue suplantada por el cristianismo con la hegemonía interpretativa Romana; en plena disputa de la modernidad, la crítica que se la hacía a los comunistas que denunciaban este recorrido histórico, en los tiempos del Manifiesto, se debe a que el pensamiento tradicional sostenía que toda idea conlleva consigo su perennidad. Marx destaca que las ideas inmutables que se han mantenido por debajo del contenido ideológico, las que han sido “…siempre las ideas propias de las clases imperantes”[ii], deben cambiarse por una filosofía que supere la división de clases, que sea propia de la humanidad toda, un pensamiento del humano en sí y para sí.

Han cambiado las formas de los púlpitos, pero los monjes encargados de difundir las justificaciones ideológicas siguen estando al servicio de las clases dominantes. Y aunque se muestre un horizonte más cercano, incluso en esta vida, siempre la felicidad de las clases dominadas está en el futuro. “Segundo semestre”, “condenados al éxito”, “lo peor ya pasó” y tantas otras imágenes de un porvenir venturoso, mientras el fracaso de las políticas imperantes hace crujir a los sectores postergados.

Una vez como tragedia, otra como farsa.

Profundizando la concepción de la historia como una espiral dialéctica, concepto que su mentor había iniciado, ésta ya no solo se repite, sino que tiene dos momentos. Uno, el momento trágico, donde todo lo que había es destruido por las fuerzas revolucionarias del cambio. El otro, la farsa, cuando quedan evidenciadas las contradicciones de las nuevas épocas e intentan reformarse, de cambiar algo para no cambiar nada. Cuando el pasado intenta vestirse con las ropas de las nuevas eras, para volver a reclamar sus privilegios.

La burguesía, como nueva clase dominante, se disfraza de demócrata y propone sistemas de representación con participación popular, pero invade las instituciones y se las apropia. Y estas instituciones pasan a representar, nuevamente, los privilegios de la clase dominante. Los que proponen una construcción a base de méritos, detentan los beneficios de la herencia. La apropiación original reproduce en la nueva forma de la propiedad privada, la composición de los estratos dominantes.

Así, el Estado moderno se transforma en un mero gendarme de la sociedad burguesa. “Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa”[iii]. El Estado contiene, no solo las relaciones de dominación, sino también las contradicciones propias de los intereses dentro del grupo de poder. “Si cada parte quería imponer frente a la otra la restauración de su propia dinastía, esto solo significaba una cosa: que cada uno de los grandes intereses en que se divide la burguesía – la propiedad del suelo y el capital- aspiraba a restaurar su propia supremacía y la subordinación de otro”[iv].

¿No estamos viendo hoy parte de esas grietas dentro del bloque dominante? El coflicto entre la actual administración y “el campo” en torno a la puja por las divisas, con la respuesta egoísta de los últimos ante el pedido del sector político para que liquiden los granos (no importa cuando lean esto). Los enfrentamientos entre los sectores especulativos y productivos, la apertura indiscriminada de mercancías provenientes del mercado internacional y las altas tasas de interés ponen en jaque al desarrollo industrial, mientras que la única respuesta es la flexibilización y la responsabilización de los trabajadores de la crisis que los dirigentes generan. La respuesta: baja del costo laboral, que traducido es baja en el salario y aumento del ejército de reserva, que genera, de hecho, una mayor caída en los derechos de las trabajadoras y los trabajadores. ¿No estamos, acaso viviendo hoy, la farsa de la tragedia de los 90’?

Es una historia de luchas de clases

Este sea, tal vez, el corolario más fuerte que marque a la sociedad moderna capitalista. Las relaciones de dominación se hacen cada vez más fuertes e insoportables en un mundo donde el 1% de la población tiene los mismos recursos que el otro 99%. Algo que se replica en nuestro país con el 33% del territorio en manos de 1% (según el informe de Oxfam de 2016). El problema es aún mayor si lo extrapolamos a nuestro continente, el más desigual del planeta.

Marx vio el futuro en manos de la clase que sostuvo siempre a la sociedad que la contenía, la que reproduce la condición de humanidad de este animal político que se adueña de la naturaleza. Para nuestro querido Carlos, siguiendo las ideas precedentes, el hombre es un ser que transforma la naturaleza para su beneficio, pero, y aquí la fuerza de toda su filosofía, ese beneficio debe ser social. Porque el ser humano es esencialmente un ser social, no existen “robinsoneadas” individuales.

 Y quienes tienen contacto con esta transformación son los trabajadores, los que fueron esclavos, o siervos de la gleba, o proletarios según el momento histórico en el que se produce este contacto. Profundiza y niega, una vez más el pensamiento de Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo. Marx rompe con el primer decreto de la muerte de la historia (la segunda farsesca y mercenaria de Fukuyama es incomparable con la grandeza del pensamiento de hegeliano). La Historia no termina con el Estado moderno liberal capitalista, sino que continua hasta que el propietario de la capacidad de transformar la naturaleza en beneficio de todos sea propietario también del producto que genera y del beneficio para la comunidad que habita. “Su vida propia, que es lo que el trabajador pone en el objeto, deja entonces de pertenecer a él, para pertenecer al objeto”[v]. Objeto que pertenece al propietario de los medios de producción y aquí aparece el salto dialéctico, cuando el ser humano recupera para sí su conciencia humana.

Los trabajadores y trabajadoras tomarán para sí las herramientas de transformación para una nueva sociedad. No habrá más contradicciones en ella, porque no habrá más clases que disputen el poder político, en tanto reproductor de las condiciones de dominación. “Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y antagonismos de clase, sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos”[vi].

El peor error cometido, y pareciera que se sigue repitiendo, es leer y pensar a Marx literalmente, sacarlo de la historia y su contexto. Su amigo y camarada, Federico Engels, recordaba que Marx no se consideraba marxista. Es decir, que él mismo nos marca que la potencia de una idea no depende de un escrito, sino de la evolución de ese pensamiento, de sus aplicaciones materiales, de esa forma de ver el mundo, esa ideología, pero reconociendo las condiciones materiales del momento histórico en el que se vive.

Nos legó la tarea más difícil, reconocer los contextos cuando estén dadas las condiciones materiales para revolucionar la historia. Habrá que entender y poner en marcha su mayor máxima

¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PAISES, UNÍOS![vii]

Nota: Solo se destacan los textos consultados, sin mayores datos, como una invitación su relectura.

 

[i] “Crítica de la filosofía del derecho de Hegel”

[ii] “Manifiesto comunista”

[iii] Manifiesto comunista”

[iv] “El 18 de brumario de Luis Bonaparte”

[v]  “El trabajo enajenado” Primer manuscrito de los Manuscritos de París

[vi] “Manifiesto comunista”

[vii] “Manifiesto comunista”

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