Pedagogía de la culpa

Por Ale Dgda

“Jamás volvamos a creer que aquello que te regalan puede ser permanente”, dijo el Presidente Mauricio Macri durante acto en una escuela del partido bonaerense de San Miguel, a la cual acudió acompañado de la gobernadora María Eugenia Vidal. El matutino Clarín destacó, además, las críticas a las “soluciones mágicas” y la promesa de que “hay un futuro después de este esfuerzo” de parte del primer mandatario.

Lo que a primera vista aparenta ser una simple tomadura de pelo puede, en realidad, significar un mecanismo mucho más complejo que es necesario desentrañar. El indispensable primer paso es dejar de subestimar el discurso neoliberal y su capacidad de construir sentido común.

“La fiesta hay que pagarla”, “le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo medio servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior” o “hay un futuro después de este esfuerzo”. ¿Qué tienen en común éstas y otras frases análogas escuchadas durante la actual gestión nacional? La culpa. Si de un lado de la moneda hay trabajadores convencidos y hegemonizados en la idea del propio esfuerzo como motor de progreso y justa distribución de la riqueza, del otro tiene que haber trabajadores sintiéndose culpables y cargando inconscientemente el supuesto peso de los derechos universales.

Cambiemos dista de ser una herramienta perfecta, pero es tiempo de reconocerle algunos aciertos y virtudes. No hacerlo es engañarse y colaborar para que la experiencia oligárquica se prolongue y cause más sufrimiento en las mayorías a futuro. La arista cultural del actual gobierno es, tal vez, el apartado donde más novedades puedan observarse con respecto a gobiernos previos de similar orientación.

El paradigma de las clases dominantes ya no tiene que ver con la negación de derechos a las mayorías a la vieja usanza, por lo que no se impone la férrea y rígida pared que delimita el universo de lo posible e impone el “no” de manera tajante. En ese sentido, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han diferencia entre “sociedad disciplinaria” y “sociedad del rendimiento” (y su nuevo “sujeto de rendimiento”). La primera es regida por verbo modal “no-poder”. La segunda, por “poder”.

En esta línea, las iniciativas, proyectos y motivación reemplazan a las leyes, el mandato y la prohibición. El dominio es invisible porque está dentro de uno mismo. Hay un consenso construido en torno a las ideas de la clase dominante y no la simple coerción de antaño. De ahí que el “sujeto del rendimiento”, frente a su fracaso en este nuevo tipo de sociedad, se transforme en un depresivo, dirigiendo la violencia hacia sí mismo, y no en un revolucionario, cuestionando y queriendo cambiar la estructura hegemónica por el simple hecho de que parece no haber alternativa al orden establecido tras el fin de las ideologías.

A ese artilugio apuestan los funcionarios del Gobierno Nacional cuando, en aparente e improvisada torpeza, lanzan declaraciones como las de Macri o las de González Fraga. La idea cierra cuando este último redondea la propia: “Me alegra que la gente la pase bien, pero no es sostenible”. El actual presidente del Banco Nación no está improvisando, y por eso no prohíbe el hecho de “pasarla bien”, aunque sostiene que no es la forma. En consecuencia, el programa económico que él defiende promete bienestar sustentable, aunque requiere la existencia de una antesala de sacrificios titánicos para llegar a un destino de goce.

En consecuencia, el “otro” bienestar (el populista) no sería sustentable. No se choca de frente contra una experiencia muy reciente que, a todas luces, posibilitaba un mejor nivel de vida que el asociado al actual modelo. Apela a la autoculpabilidad, de modo que uno acabe considerando un acto de egoísmo el relativo nivel de bienestar vivido hasta 2015 y ceda ante las promesas del gobierno de un futuro promisorio edificado en base al sacrificio presente. En definitiva, ¿quién quiere dejarle deudas a los que vengan mañana? Nadie. A todos nos gusta dejar todo en orden para la próxima generación. Sin embargo, no es así. Se trata de una gran trampa discursiva que encubre la defensa de intereses económicos concretos de la clase dominante y minoritaria de la población.

La idea de la meritocracia está estrechamente vincula a la explotación de uno mismo, al “sujeto del rendimiento”. Ante la ausencia de la norma o el dictador que niegan derechos universales, estos encuentran a sus verdugos en aquellos a quienes conocemos como sujetos de derecho y beneficiarios de los mismos. Si las mayorías prescinden del andamiaje de derechos garantizados por el Estado, quedan a merced del poder fáctico de las corporaciones.

La diferencia abismal entre los dos bandos participantes de la puja redistributiva es un juego con cartas marcadas. Siempre van a ganar los que son inmensamente poderosos en relación al resto. La supuesta libertad y justicia de la meritocracia, acompañada de la necesaria retirada del Estado Nacional del arbitrio de las relaciones que se dan en la sociedad, resultan en la precariedad de la vida de las mayorías que maximiza las ganancias de las corporaciones.

En este punto, actúa la pesada herencia cultural que hunde sus raíces en el 12 de octubre de 1492. Una especie de mecanismo silencioso alojado en nuestra conciencia a la que la historia liberal apela y del que saca provecho, ya que la oligarquía de nuestro país cuenta la historia y siempre sitúa en algún punto pretérito un momento glorioso y próspero arruinado por nuestra humanidad, como quien hubiera mordido alguna vez la manzana que condenara a todos a vivir el destierro del paraíso.

A su vez, da cuenta de un presente sin espacio para el goce por culpa de ese pecado original y con el sacrificio como mandato universal para poder así, en el futuro siempre incierto, acceder al tan ansiado cielo de las eternas bondades que el neoliberalismo otorga. Y este presente, maquillado y aparentemente dominado por el verbo modal “poder”, sin embargo, descansa sobre el “no-poder” constante. Un nuevo decálogo de mandamientos se yergue en nombre de la redención del fin de los tiempos, que de tanto venir se habría extraviado en alguna parte.

Hasta aquí, este intento de comprender el dispositivo neoliberal. En estos días donde el campo popular oscila neuróticamente de cara al 2019, entre la desazón y el “ganamos caminando”, perdido entre la resignación y la más estéril negación del actual proceso político, es necesario pensar todo nuevamente. Con la experiencia presente del ayer, pero sin reducirse a ella.

El primer paso es asumir que Cambiemos no es una casualidad, no es una improvisación y mucho menos, un error de la historia. Sólo asumiéndolos en toda su dimensión será posible ponerle un freno al actual proceso y al mal silencioso que va sembrando cada vez que Marcos Peña dice que “la culpa de que gastemos más de lo que tenemos es de los argentinos”. La huella cultural que dejan los gobiernos oligárquicos es su mantra “vamos a volver”, y no habría que subestimar nunca más su efectividad.

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