Crónica de una ¿victoria? pírrica

Por Clara Patricia Razu[1]

En enero de este año (ayer nomas), se anunciaba con bombos y platillos la posibilidad de vender dólares en quioscos, supermercados y hasta remiserías. La medida empezaría a tener vigencia en marzo, y tendría por objeto dar “mayor competencia y transparencia a ese mercado mediante la incorporación de nuevos y diversos oferentes, a la vez que simplificar toda la tramitación respectiva”. La medida nunca se llegó a implementar, y se pasó en abril a una corrida cambiaria y casi bancaria, sin escalas previas.

Esto se debe a que desde que asumió la Alianza Cambiemos, las medidas económicas se dirigieron a “liberar a las fuerzas del mercado”.

La apertura irrestricta de las importaciones, la eliminación de las limitaciones a la compra de dólares (mal llamada cepo) sumada a la eliminación de los límites para el giro de ganancias a las empresas multinacionales y la posibilidad de los exportadores de no liquidar sus ingresos en dólares en el país, dispararon la demanda de dólares, restringiendo la oferta de los mismos.

Argentina no emite dólares, sino que los obtiene a partir de sus exportaciones o a partir de la “cuenta capital”, eufemismo de endeudamiento. Entonces, el pago a los fondos buitre significaba para el gobierno de MM la llave de acceso a la “lluvia de inversiones”. Claro que las inversiones tenían y tienen carácter financiero, y la atracción, para ese lejano diciembre de 2015, era de una tasa de interés de 41,5%.

Mientras la inflación y el desempleo trepaban, llevando a miles de argentinos a situaciones desesperantes, y alejándose de la Pobreza Cero, en el Banco Central de la República Argentina volvía a funcionar un casino, a partir del cual creció el endeudamiento que durante los años anteriores había disminuido.

Finalmente, la velocidad de crecimiento del monto de la deuda, genero entre los “jugadores” -perdón, “inversores”-, desconfianza, de manera tal, que dejaron de ingresar en Argentina, generando una disminución de la oferta de divisas y un salto en el precio de la moneda estadounidense.

El primer efecto de ese salto es el aumento de los precios de los bienes, que a su vez se traduce en un aumento de la tasa de inflación, puesto que la depreciación-devaluación se traslada a los precios de los alimentos, y de todos los insumos importados que forman parte del costo de los bienes.

Mientras la clase “media”, ahora tirando a “un cuarto”, se preocupaba por extraer sus ahorros de los bancos ante el temor de “un corralito”, empresas como Molinos Rio de La Plata, aumentaba el precio de los bienes en un 20%, y los trabajadores veían caer una vez más el poder de compra de sus salarios, el salario real.

La crisis extendida en el tiempo, es ¿solucionada? a partir de un nuevo endeudamiento por 73 mil millones de dólares, ingresados por “Templeton” y “Black Rock”, dos fondos de “inversión global” que supieron comprar bonos defaulteados de la deuda argentina y reclamar judicialmente su pago (Buitres, les dicen en el barrio), salvamento que es un salvavidas de plomo, que viene dentro de esos BOTES (Bonos de tesorería), que son los bonos que compraron y que vencen en 2023 y 2026.

Mientras tanto la inflación en los primeros 4 meses del año llega al 9,6%, aunque proyectada da un 30% anual, por otra parte, las paritarias se siguen negociando al 15%, por lo que la sociedad en su conjunto pierde calidad de vida.

La frutilla del postre la coloca el Fondo Monetario Internacional, que a partir de un préstamo Stand-By, le “aseguraría” a los “inversores” que van a cobrar. Claro, a partir del “hambre, la sed y la sangre de los argentinos”, frase pronunciada por el ex-presidente Avellaneda en el siglo XIX, aunque aplicable a esta “modernidad” PRO, donde además los anuncios se hacen en tono de “coaching”

 ¡Si se puede!

 

[1]  Licenciada en Economia. Magister en Ciencias Sociales. Docente- Investigadora de la Universidad Nacional de La Matanza

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