Un gobierno de celofán: el fin de la transparencia

Por Cecilia B. Díaz[1]

Sin embargo, tiemblo como al viento un celofán, ¿cuál es el color invisible?

“Celofán”, Babasónicos

Corridas bancarias, expectativas a la baja, críticas públicas, mal humor social y fuego entre los aliados han marcado este 2018 para la alianza Cambiemos. En estos últimos quince días, se ha puesto en evidencia la debilidad de una máxima de la gobernanza neoliberal: la transparencia de la política.

Según el discurso ceocrático mundial, se exige que la política para ser efectiva y evitar la corrupción debe transformar al aparato burocrático del Estado: exponer los procesos de las decisiones de lo público al control de la ciudadanía. De tal forma que la administración del bien común, noción reducida a la recaudación impositiva, pueda ser garantizada a partir de la aplicación de las “buenas prácticas”.

Al respecto, Wendy Brown señala que estos términos nacidos al interior de las corporaciones son llevados a la lógica de gobernanza del neoliberalismo, de tal modo que no se puede distinguir lo público de lo privado -e hiperconcentrado- y eso vuelve imposible desde la regulación estatal hasta la política. Es que el poder y lo político necesitan, en primer lugar, de secretos -la tan mentada rosca- para construir estrategias y acuerdos.

En segundo lugar, la lógica de exponerlo todo como un imperativo destruye la confianza para la convivencia. Si se nos hace imprescindible que todo sea expuesto es porque no podemos confiar en el otro, ¿qué lazo de representación política se puede construir sin confianza? ¿Qué sentido tiene la promesa electoral y el afán por convencer de un proyecto político? ¿Cómo encaja la democracia con la gestión transparente? Así se devela la falacia discursiva de la transparencia y prima -como en todo plano de lo social- la opacidad del poder. Ante esa imposibilidad, solo queda una simulación de política transparente, es decir, puro celofán.

En tanto superficie, el celofán fue creado para repeler líquidos y así evitar la contaminación, por ejemplo, entre alimentos. Con el agregado de glicerina, se logró una película lo suficientemente flexible e impermeable, a partir de la celulosa y su aspecto diáfano, cuyo color es imposible de definir. A través de él, pueden observarse sombras, pero nunca la invisibilidad. Su propia mediación se evidencia en el brillo de la luz y en la resistencia que ejerce al intentar romperlo. Sin embargo, en el uso cotidiano, nadie duda que el celofán es transparente.

Este aspecto es llevado al paroxismo en la experiencia CEO al frente del gobierno nacional, elegido democráticamente. A las reformas en el Estado bajo el discurso de la modernización en clave de transparencia, se suma la reinserción en el mercado de las finanzas mundiales, donde endeudarse es sinónimo de “confianza” en la gestión. No obstante, sus propios ministros defienden su decisión de no traer sus excedentes a la inversión local porque no confían en el país debido a su derrotero de inestabilidad. Asimismo, no pagar impuestos y acuñar fortunas en “paraísos fiscales” bajo empresas sin actividad no tiene nada de “malo” o “ilegal”. Es paradójico entonces que el capitalismo financiero global -representado en corporaciones, ongs y organismos financieros- enuncie con firmeza la necesidad de dotar de transparencia a la política; al tiempo que sostiene y complejiza las guaridas fiscales para desviar ganancias de todo tipo de origen. Es decir, con el discurso de la transparencia se defienden la fuga de capitales y se daña el moralizado bien común.

En esas prácticas, se revaloriza el ocultamiento porque incluso puede tratarse de dinero proveniente de orígenes ilícitos. Ahora bien, su develamiento no escandaliza a sus protagonistas, sino que los dota de cierto orgullo de manager. De modo que la transparencia de la fuga del capital se vuelve pornográfica.

Asimismo, ante lo evidente de la crisis que se gesta y el descontento social que se viraliza -pero no se organiza-, los representantes de Cambiemos tienden a apelar a la esperanza sin utopía de sus votantes hasta enunciar que el “crecimiento es invisible”. Flaco favor le hace al concepto de transparencia enarbolado si es que hay algo que no se puede ver, ni experimentar, en tanto beneficio económico de la política pública.

Por su parte, el discurso mediático refuerza su perspectiva de poder desde la obviedad de las imágenes, así el sentido común exalta la transparencia como la verdad posmoderna. Allí las escuchas telefónicas, las filtraciones de audios y conversaciones de Whatsapp ganan legitimidad como prueba no sólo moral, sino de que nada puede ser ocultado y que todos somos plausibles de ser espiados y buchones. Tal es el caso del audio del ministro de trabajo, Jorge Triacca en el que se publicó su relación con su personal no registrado y donde los comportamientos privados no coincidían con el cargo público. Esto debilitó la presentación de la “reforma” laboral que tanto desean los sectores corporativos.

Ante la complejidad de los problemas públicos, la respuesta resulta insuficiente, si se niega la política. Con la incertidumbre, el encadenamiento de posverdades y un lenguaje millennial se comunica mucho y se dice poco. En el ruido no hay narración. Allí se reproduce la paradoja de mucha publicación en redes, comentaristas y panelistas al tiempo de la reiteración de un relato reducido que envuelve el conflicto en celofán.

El problema se vuelve más grave cuando la película del celofán es naturalizada aún cuando ya no puede repeler aquello que “contamina”. Alcanza mayor conflictividad al momento en que es sostenido como ideal cuando las sombras detrás se hacen más distinguibles y lo pornográfico que, por lo explícito, no se comprende ni erotiza. En efecto, mirar a través del celofán constituye una trampa no solo porque no permite distinguir, sino también porque impide respirar.

[1] Doctoranda en Comunicación (UNLP)- Tw: @cebediaz

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