DEADPOOL 2 Y LA MODA DE LATINIZAR EL DISCURSO

Por Leticia Leibelt

 

En mayo llegó a los cines una de las películas más esperadas del año: Deadpool 2, la continuación de la historia del antihéroe de Marvel que se enmarca dentro del universo X-Men, actualmente en manos de la compañía Fox. Los seguidores de este personaje celebraron que esta segunda parte llevó la irreverencia y el humor de la primera al extremo, con el actor Ryan Reynolds rompiendo la cuarta pared en cada escena y haciendo chistes políticamente incorrectos sobre la cultura pop estadounidense.

Desde la primera entrega, las referencias a celebridades y sucesos de la cultura popular fueron una característica irrenunciable del mercenario bocón. Por momentos, estas recuerdan a las que se hacen en Los Simpsons o Padre de Familia para burlarse de la sociedad norteamericana. Durante la campaña de marketing de la Deadpool original, uno de estos chistes fue tan festejado por el público que se viralizó en las redes sociales: “Estoy por hacer lo que Limp Bizkit le hizo a la música a fines de los ‘90”, decía el alter ego de Wade Wilson, a punto de masacrar a sus enemigos.

Mientras que en 2016 este comentario fue respetado en la traducción al español, los que fueron al cine este año se encontraron con que la empresa encargada de subtitular Deadpool 2 se tomó todo tipo de atribuciones, al punto de reemplazar las referencias culturales “yanquis” por expresiones latinas que nada tienen que ver con el personaje y su entorno. Últimamente, esto no es poco común en los doblajes de películas de Hollywood. Pero, en este caso, llamó la atención que el cambio se dio también en los subtítulos, por lo cual, aquellos que entienden el idioma inglés, podían escuchar una palabra en el audio y leer otra en la traducción.

Así, por ejemplo, cuando Wade Wilson dice que va a ponerle un solo nombre a su futuro hijo, “como Todd” – un nombre estadounidense cualquiera –, en los subtítulos se lee “Chayanne”, en alusión al cantante puertorriqueño. Luego, recuerda que se apenó cuando fue cancelada la serie “Felicity” – que en Latinoamérica se emitía por Warner Channel y tenía una base sólida de fans –, pero lo tradujeron como “Chespirito”. En otro momento, además, menciona a Dave Matthews Band – un grupo musical reconocido en todo el mundo –, pero se tradujo “Arjona”.

Quizás el cambio más desubicado, y en el que se nota que hubo argentinos involucrados en la traducción, se da cuando Wade asegura que, si su hijo se llama “Earl” – nombre típico de campesino sureño racista de Estados Unidos –, va a ser un delincuente. Ahí mismo, en los subtítulos se puede leer “El Brayan”, y todo se desmadra. Es decir, mientras la película ridiculiza a un “redneck” supremacista blanco, la traducción cambia totalmente el sentido y discrimina a un pobre sudamericano de piel oscura.

Tanto en la versión cinematográfica como en el cómic de Marvel, la única relación de Deadpool con la cultura latina es su fanatismo por las chimichangas y los tacos, platos típicos mexicanos. Entonces, ¿qué tiene que ver este antihéroe sinvergüenza y violento con Chayanne? ¿Qué sabe Ryan Reynolds sobre Chespirito y Arjona? ¿Por qué latinizar discursivamente una película que en Latinoamérica tiene éxito y repercusión positiva por sí misma?

Los bigotes de la Mona Lisa

Quienes están a favor de esta tendencia dirán que los cambios idiomáticos se hacen para respetar y darle más lugar a la cultura de los países que hablan el idioma en el que se traduce. Sin embargo, a eso se puede retrucar que la obra original nunca podrá ser superada por una subtitulada “con licencias”, y mucho menos por una doblada al español.

Con esto no se trata de desprestigiar el trabajo de los traductores o actores de doblaje, que llevan a cabo una tarea dificilísima. Pero sucede que Juan López, doblador, nunca va a poder igualar el trabajo actoral de, por ejemplo, Al Pacino en Perfume de Mujer. Y no porque sea latino, sino por la capacidad actoral de Pacino en ese film. Del mismo modo, se puede decir que un actor de doblaje norteamericano nunca va a poder traducir a Ricardo Darín con su gracia y su carisma.

Además, cambiar el sentido de lo que se dice en una película al traducirla, ¿es realmente respetar la cultura latina? ¿Por qué se presume que un espectador latino sólo conoce a Chespirito y Chayanne, y no a la serie Felicity o a Dave Matthews Band? Y en el caso de no conocerlos, en un mundo hiperconectado e hiperglobalizado, ¿cuánto puede tardar el espectador en buscarlo en Google al salir del cine? “Latinizar” de esta forma, ¿es respetar nuestra cultura o es subestimar nuestros conocimientos como sociedad?

Del doblaje a la censura

Como dijimos, si bien en Deadpool 2 este fenómeno se dio en el subtitulado, las empresas de doblaje vienen poniéndolo en práctica hace tiempo. El ejemplo más claro lo tenemos en los capítulos viejos de Los Simpsons, en los que el mexicano Humberto Vélez, voz de Homero Simpson y jefe de traductores de la serie animada durante sus primeros 15 años en pantalla, colaba en el guión doblado expresiones, canciones y nombres famosos latinos cada vez que podía. Así, en su versión de la serie, Marge tenía discos de Pimpinela en su casa, y Homero, al enterarse que Springfield era la ciudad más obesa del mundo, gritaba: “¡Para que aprendas, Bariloche!”.

Fue a partir de los años 2000 que esta latinización empezó a darse también en el cine. En nuestro país se intentó además – afortunadamente, con poco éxito – “argentinizar” algunas películas animadas para el público infantil, el más subestimado a la hora de ser tratado como espectador. El caso más burdo se dio en 2004 con “Los Increíbles”: Disney Latinoamérica contrató a actores argentinos que hicieron un doblaje exclusivo para nuestro mercado – Juana Molina, Matías Martin, Favio Posca, entre otros –. Entonces, vimos a los personajes diciendo “che” a cada rato, y asegurando que la batalla final se daba en “calle Corrientes” en vez de Broadway, donde realmente ocurría.

Este rarísimo experimento volvió a ser intentado con otros actores locales durante los tres años siguientes, para los films Chicken Little, Cars y Ratatouille. Pero, al notar que los padres preferían que sus hijos vieran las películas en DVDs piratas con doblaje latino, Disney terminó por desistir y la “argentinización” no prosperó.

Proyectos como estos pretenden emular a España con su Ley de Defensa del Idioma. Promulgada en 1941, en pleno franquismo, la norma, que sigue vigente en ese país hasta la fecha, prohíbe “la proyección cinematográfica en otro idioma que no sea español”. Los españoles mantienen esta ley sin modificaciones aduciendo, justamente, una defensa del idioma y de la industria de doblaje local. Del otro lado, los partidarios de las proyecciones en idioma original hacen notar que el franquismo la instauró para censurar los films y hacerles todo tipo de cambios, controlando así su contenido. La traducción “adaptada” puede servir para respetar una cultura, pero también puede censurar otra.

En la tele y en las salas

En Argentina, la Ley 23.316 de Doblaje – reglamentada en 2013 por un decreto de Cristina Fernández de Kirchner, en base a una norma de 1988 que nunca había sido aplicada – y la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, establecen que la programación televisiva “debe estar expresada en el idioma oficial – castellano neutro – o en los idiomas de los Pueblos Originarios”. Sin embargo, se aclara que “su utilización no deberá desnaturalizar las obras” y se establecen como excepción “las señales de cable con inserción internacional o regional, donde habitualmente se difunden películas y series en idioma extranjero”.

A pesar de estas aclaraciones, los canales y empresas proveedoras de cable que existen nuestro país aprovecharon la reglamentación para buscarle un rédito económico. De esta manera, actualmente emiten su programación íntegramente doblada al castellano en la mayoría de sus señales “básicas”, y relegan a las señales HD – que se pagan aparte – la emisión de contenidos en idioma original con subtítulos. El que quiere ver películas y series subtituladas, tiene que pagar.

Del mismo modo, las principales cadenas de cine instaladas en el país hoy también privilegian las funciones dobladas, argumentando la aparente preferencia del público argentino – y latinoamericano en general – por estas versiones de los films. En varias sucursales de Cinemark, instaladas en el Conurbano bonaerense, directamente fueron eliminadas las funciones en inglés con subtítulos. En las de Capital, las versiones subtituladas se dan sólo en horarios nocturnos. Por el contrario, las cadenas más chicas – Cinemacenter, Atlas y Multiplex – lanzaron una campaña para fidelizar al público lector de subtítulos, comprometiéndose a proyectar al menos el 50 por ciento de las funciones en idioma original todos los jueves.

No se trata de reducir esta discusión a “inglés vs. español” o “latinos vs. yanquis”. Pero sí hacer notar que esta creciente preferencia del público por leer cada vez menos – y que no alcanza sólo al cine y la televisión – termina por devaluar a ese público como consumidor de la industria cultural. Ya sea privilegiando el doblaje o avalando las adaptaciones idiomáticas en las traducciones, los espectadores se privan de saber y conocer un poco más sobre lo que está afuera de su cultura y de sus consumos locales.

En definitiva, para respetar la cultura latinoamericana se debe hacer mucho más que latinizar un subtítulo. Lo más importante, justamente, hay que hacerlo afuera de las salas de cine. No vaya a ser cosa que, con la excusa vaga de “respetar la cultura”, terminemos haciendo con el cine lo que Limp Bizkit le hizo a la música a fines de los ’90.

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