Mejor que decir es hacer: Sobre el gobierno, el territorio y las demandas

Por Ale Dgda y Emiliano Delucchi

Con motivo de la visita de la gobernadora María Eugenia Vidal al Municipio de Merlo —junto al jefe comunal y presidente del principal partido de oposición a nivel provincial, Gustavo Menéndez— se abrió el debate sobre la relación que deberían mantener los intendentes peronistas con la mandataria que, además de ser la principal referente del espacio opositor, es la encargada de proveer fondos para el correcto funcionamiento comunal y paliar el déficit de infraestructura que arrastran los municipios más postergados del conurbano.

Los Ladrillos

 La pregunta es: ¿Cómo deberían encarar los intendentes la tarea de gobernar sus municipios desde la oposición al proyecto gobernante a nivel provincial y nacional? ¿Sería lo más lógico enarbolar un discurso abiertamente incendiarios y destinados a reafirmarse más ante los propios que a convencer a los ajenos, y cuyas consecuencias pagarían los vecinos con la falta de obras de infraestructura? ¿No genera un quiebre entre el Intendente y sus representados el hecho de mantener adrede una mala calidad de vida por especulación política, creyendo que el discurso lo es todo a la hora de sumar votos?

La visita de Vidal a territorio merlense ocurrió a raíz de la obra de entubamiento del Arroyo Torres, cuyo curso atraviesa las localidades de Pontevedra, Parque San Martín y Merlo, para desembocar en el Río Reconquista. El hecho de haber edificado una ciudad sin planificación alguna y burlando los cauces naturales de agua es la razón por la cual 60.000 vecinos sufren inundaciones periódicamente.

Entonces, ¿qué debiera privilegiarse? ¿Pelear con la gobernadora estérilmente y, en nombre de una pureza utópica, pedirles a esos 60.000 vecinos que se sacrifiquen soportando inundaciones y perdiéndolo todo cada vez que llueve en nombre de un método de acumulación política ineficaz y que sigan soportando inundaciones y perdiéndolo todo cada vez que llueve? Desde ya, no es la manera. Ningún gobernante, en ninguna parte, ha ganado votos usando una estrategia tan burda.

La buena imagen de un jefe comunal depende mucho más de su capacidad para solucionar los problemas básicos de los habitantes de su territorio —y refiriéndonos a Merlo eso significa un déficit importante de asfaltos, servicios básicos y transporte, en un municipio donde ha crecido un 20% la gente que se acerca a la comuna a pedir comida— que de tomar posturas inclaudicables frente a temas que al común de la población le resultan abstractos —como la bicicleta financiera, comercio exterior u otros—. Además, aun siendo fundamentales para mantener o mejorar el nivel de vida general, estas cuestiones escapan al poder a disposición de un mandatario local que, paradójicamente, es la cara más visible del Estado y el fusible que primero salta cuando las papas queman.

 La Muerte de los Grandes Relatos

Es necesario estar abiertos y escuchar las verdaderas expectativas de la población con respecto a sus dirigentes, que no son las mismas que se hacen presentes en la endogamia altamente politizada de la militancia más fervorosa. Es fundamental un buen trabajo de relevamiento y una postura de horizontalidad con el pueblo, por fuera de los mareos que causa el desarraigo con respecto al territorio. Las intendencias allí juegan un rol fundamental por su conocimiento local y su capacidad de resolución de conflictos y problemáticas urgentes.

Si se materializó en algún lugar la caída de los grandes relatos enarbolada por Jean-François Lyotard en los albores de la década de los 90, ese lugar ha sido el conurbano bonaerense, en donde el tejido social fue desgarrado violentamente por el proceso neoliberal iniciado con la dictadura cívico-militar en 1976 y profundizado, sin pausas, hasta el estallido del 2001. Hoy las fuerzas políticas que acceden una cuota de poder formal son valoradas por la capacidad de subsanar problemáticas concretas —muchas veces, en territorios donde está todo por hacerse— y no tanto por su identificación con esos “grandes relatos”, propios de un tiempo pretérito.

En ese sentido, la alianza Cambiemos saca ventaja disfrazando de pos-político a un proyecto de gestión muy concreto, que defiende los intereses de minorías y deja afuera al resto. Por ejemplo, cuando se inaugura un carril exclusivo de colectivos, la población deja de esperar el transporte público a la intemperie y, en consecuencia, estos “outsiders” de la política logran solucionar una problemática que los políticos “clásicos” no habían podido previamente y que aún hoy menosprecian por considerarla frívola e ineficiente. La mejora no puede ser más palpable, a contramano del discurso económico técnico que habita más allá del horizonte del tipo que confiesa “no entender nada”.

Por otra parte, cambios que se pretenden estructurales a largo plazo  (porque para que efectivamente lo sean es necesaria la continuidad en el gobierno de un proyecto nacional-popular) se inician con obras majestuosas de infraestructura que nos ofrecen las imágenes de satélites partiendo al espacio exterior, pero presentan problemas a la hora de verificarse en la cotidianeidad de las mayorías como si lo hace, por ejemplo, una parada de colectivo mucho más digna de la que existía hasta entonces.

El discurso, por desgracia, logra funcionar al revés —impacto cotidiano sin un programa que globalmente beneficie al que toma el colectivo y va a trabajar— y esto no tiene que ver con una incapacidad de razonar ni entender, porque podríamos ser nosotros quienes no estemos entendido el panorama actual donde al Estado se le piden obras concretas de cercanía y, por más política destinada a contraer la economía que éste ejecute, la merma o falta de trabajo se explica por las leyes abstractas de la meritocracia.

El Futuro

El debate político comienza a centrarse en lo que sucederá en el año electoral que se avecina. Resulta fundamental aprender a moverse con éxito en la tensión que existe entre la precariedad, sus demandas urgentes e impostergables, y el proyecto emancipador.

Desde ya, se trata de una canallada pedirle a los más vulnerables que pospongan sus demandas inmediatas en nombre de un futuro venturoso comandado por minorías iluminadas, por los que se autodefinen como “mejores” y, sin embargo, rompen el vínculo de representación con el Pueblo al no escucharlo y no darle lugar en el armado político, tal vez por interpretar erróneamente que Pueblo es un todo monolítico hecho a imagen y semejanza de ellos mismos. He aquí la rendija por la cual se cuela el discurso asociado al proyecto oligárquico en la actualidad, por más perjudicial que éste sea para la mayoría de la población.

No se puede seguir peleando con aquel al que se pretende representar, por lo que asumir una actitud incendiaria contra la gobernadora y, peor aún, exigirle tal actitud a quien tiene responsabilidades institucionales no es pelearse con la gobernadora: Es pelearse con el Pueblo al que uno representa en tanto se asume como fuerza del movimiento nacional. No se le puede echar la culpa al compatriota que está harto de vivir en medio del barro, como forma de maquillar la propia incapacidad de ser eficaces a la hora de dar la batalla cultural y de construir políticamente el armado que devuelva al país a un rumbo independiente económicamente, soberano políticamente y socialmente justo.

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