Tax free: La teoría austríaca del amor

por Octavio Contini y Joaquín Palma Hernández*

En una entrevista sorprendieron al mediático economista Javier Milei con una pregunta sobre su vida privada, a la que respondió elaborando un “monólogo sobre el amor” referenciado en su adhesión a los principios libertarios. Entonces, el periodista lo increpó: “¿Pareja abierta?”, y él redobló la apuesta: “Sí, aparte…no hay nada mejor que la competencia”.1

 Así empezó un debate que dio muestra de la pretensión de Milei de querer explicar absolutamente todo mediante la doctrina económica, exhibiendo la posibilidad de resolver todas las preguntas del género humano mediante la teoría liberal. En ese sentido, la profesión del economista tiene una debilidad: a pesar de llevar más de dos siglos de haciendo Economía, se sigue intentando una teoría totalizadora, que pueda descifrar todo desde la oferta y demanda, la utilidad y el cálculo productivo.

Entonces Milei, tomando prestados conceptos, pudo explicar la pareja con argumentos como la Ley de Utilidad Marginal Decreciente o la Competencia Perfecta. Veamos como lo hizo: El núcleo teórico del Liberalismo moderno es la microeconomía clásica, en cuyo centro se encuentra el homo economicus, un individuo egoísta, racional y calculador, capaz de maximizar su propia utilidad. De esto se desprenden los rendimientos decrecientes de los que habló: cuanto más se consume un producto, menos utilidad o satisfacción se obtiene de él.

El Otro como producto

El neoliberalismo utiliza nuevas formas retóricas para convencer a la población con palabras, ante la imposibilidad de hacerlo con los hechos, de que las políticas que propone son beneficiosas para las capas sociales más bajas. Ante esta situación surge el progresismo, que intenta cuestionar las condiciones actuales, y dar soluciones a problemáticas creadas por el statu quo.

¿Pero qué se origina cuando confluyen el discurso progresista con las ideas liberales? Nada menos que el discurso de los “nuevos” economistas libertarios: ellos escuchan las objeciones a las políticas económicas actuales, las critican como si fuesen parte de las masas oprimidas, compartiendo su sentimiento y reclamo, pero proponen como alternativa modelos del conservadurismo: ideas puramente liberales.

¿Qué es lo novedoso? Su postura discursiva, la capacidad de negar su conservadurismo y presentarse, en cambio, con “aires renovados” para sentar sus bases teóricas e inmiscuir sus ideas en todos los ámbitos posibles, en aquellas costumbres normalizadas y naturalizadas, justamente sobre las que recae buena parte de la crítica progresista al sistema.

Tal es el caso del discurso de Milei sobre el amor y la monogamia, donde tomando como base la economía neoclásica (a la que él llama “La Economía”) intenta explicar cómo deberían ser las relaciones amorosas, aplicándoles conceptos tales como “Competencia”, “Utilidad Marginal” o “Libertad”, y todo con el fin de criticar el paradigma monogámico en las relaciones.

Para que este planteo cierre, el otro deber ser objetivado, mercantilizado, a fin de poder considerarlo como un bien de consumo, con sus respectivos costos y beneficios, en un proceso por el cual el liberalismo se cubre bajo el paraguas del progresismo para abarcar todos los ámbitos de la vida.

El economicismo no es nuevo. En este sentido, destaca la postura de Gary Becker, Nobel de Economía en 1992, quien propuso explicaciones desde la microeconomía para diversos fenómenos sociales: las adicciones, el racismo, el crimen, e incluso el matrimonio y los hijos. Con respecto a esto último, planteó que los hijos pueden considerarse un bien de inversión, ya que de ellos se espera sustento en la vejez; y un bien de consumo, porque proporcionan cariño y satisfacción.

Destaca su postura sobre la criminalidad: “una persona comete un delito si el beneficio que espera de éste excede el que podría obtener dedicando su tiempo y sus recursos a otras actividades” *. Este tipo de planteos no tuvo mucho éxito: sino que animó a los conservadores estadounidenses a endurecer las penas, herramienta que el propio Becker terminó considerando como lamentable.

Recapitulando, el problema está en los supuestos: todo este “cálculo económico” supone la racionalidad plena del ser humano aplicada a cada decisión que toma en su vida. ¿Es esto realmente así? Una vez más, la economía neoclásica se aleja de la realidad, ignorando los conocimientos actuales de la psicología y del resto de las ciencias sociales, y no tomando en cuenta lo complejo del ser humano.

 

*Estudiantes de Licenciatura en Economía UNLaM.

*(Crime and Punishment: An Economic Approach, 1968)

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