La irrupción del feminismo en la “tiranía del lenguaje”. Lo que acontece, adviene y democratiza

Por Florencia Galzerano[1]

Suele decirse que el lenguaje es una de las instituciones menos transgredidas de la historia y que los límites del pensamiento y hasta las “estructuras del sentir” son delimitados por éste. Si bien, como ha definido Stalin, el lenguaje no es una superestructura, cualquier movimiento social y político trabaja con un sistema de significación y forja su estética discursiva para construir un campo semántico identitario.

La particularidad de la lucha feminista radica, además, en introducir ciertas propuestas transformadoras de la propia herramienta de construcción discursiva que llegan a cuestionar, incluso, en el léxico-gramatical, lo que abre la posibilidad de constituir un clivaje disruptivo y performático en las subjetividades.

De esta manera, la praxis política sobre el lenguaje funciona también -y de modo entrecruzado- como acontecimiento y advenimiento, a través de una serie de denuncias y propuestas.

Como señala Merleau Ponty, no puede separarse el advenimiento del acontecimiento porque todo proceso de significación está inscripto en la historia y el advenimiento instituye un modo de generalidad del ser, un “hay” en el que estamos inscriptos de modo irreductible.

Un ejemplo de coyuntura que irrumpió en la esfera pública lo constituye el Tweet de Cristina Fernández de Kirchner, quien contestó las palabras que Macri le dirigiera en cadena nacional.

Ante las alusiones a la locura de la ex mandataria, ella, en su condición de mujer, replicó: “Típico de Machirulo”. Se trata de un neologismo que el movimiento feminista supo extender y que, a través de su figura, ha adquirido nuevas resonancias que permiten inscribir a su brevísima proclama como un acontecimiento.

Lo que advino a partir de éste fue una interdiscursividad polémica y adversativa en las que algunas militantes feministas celebraron la intervención de la actual senadora, mientras que otras, apelando a la lógica de la contradicción, intentaron quitarle legitimidad a los dichos por su entonces pronunciamiento sobre el aborto.

En este y en otros múltiples ejemplos cotidianos de reflexión sobre y/o a través del lenguaje, la denuncia señala, en principio, que desde el mismo se sostiene y se naturaliza la dominación de los hombres sobre las mujeres.

Lo que hoy ha llegado a cuestionarse de forma extendida en la enunciación, en tanto apropiación del aparato formal de la lengua para producir discursos, es la histórica y convencional generalización a partir del género masculino, a través de lo cual se traza un paralelo con la forma de dominación posesiva y falo-antropocéntrica histórica.

Por eso, el ejercicio deconstructivista como propuesta del feminismo, necesariamente, observa al lenguaje e intenta realizar algún tipo de intervención en él. Esto no quiere decir que pretenda feminizarlo, sino que, como señala el pensamiento de Hélène Cixous, rechaza los dualismos y binarismos por considerarlos necesariamente imbricados la marginación que ha sufrido la mujer a través de la historia.

En este sentido, lo que Cixous denomina “la gran impostura masculina” es la concepción tradicional del deseo masculino vinculada a la apropiación, a la destrucción de “lo otro”, mientras que en lo femenino incluye y cobija la otredad.

Una representación simple de esto puede encontrarse en el uso cada vez más extendido de la “e” en reemplazo de la “o”, como vocal que masculiniza los plurales: “chiques”, “amigues”, “todes”, son signos cada vez más frecuentes.

Como es sabido, cada vez son más quienes adoptan esta propuesta estético-política en el discurso, al tiempo que proliferan sus detractores redundando en burlas e ironías.

Desconocemos aún los alcances de la discusión o de la adopción de estas expresiones lingüísticas, pero podría hipotetizarse que, tal vez, saldarla no sea una preocupación, dado que la mera existencia de la polémica, da cuenta de lo que Rancière llama “disrupción”, a partir de la inclusión de las voces de quienes antes “no podían hablar”.

Este es, entonces, el momento político, el de construcción capaz de generar la ampliación de la esfera pública y, por elevación, aquello que puede contribuir a forjar, al menos en algún aspecto, la radicalización de la democracia.

El feminismo lo está haciendo.

[1] Docente e investigadora universitaria

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