Colombia en su laberinto: el problema de la alianza entre las fuerzas populares

Por Rodrigo Iturriza[1] y Emiliano Delucchi[2]

El plano electoral

En los comicios generales, el representante de la hegemonía uribista, Iván Duque, del Centro Democrático, obtuvo el 39% de los votos, pero no logró alcanzar el 50% + 1 necesarios para hacerse con la presidencia, por lo que deberá ir a segunda vuelta con Gustavo Petro, representante de Colombia Humana, que fue apoyado por el 25% del electorado.

Ambos candidatos se disputaron en esta semana el apoyo del 3ro en discordia: Sergio Fajardo, de la fuerza de centro Compromiso Ciudadano, que se quedó afuera del ballotage por poca diferencia, obteniendo el 23% en las elecciones generales.

El Polo Democrático Alternativo -principal fuerza de la alianza que obtuvo el tercer lugar-, distintos líderes y lideresas, y Los Verdes, apoyan -aunque no de forma unánime- a Petro. El problema es que algunos otros activistas, y el mismo Sergio Fajardo, candidato impulsado por estas dos fuerzas políticas, decidieron votar en blanco. Una acción que supone la equiparación de las dos alternativas en pugna.

Sin embargo, en el año 2014, cuando la segunda vuelta enfrentó a Santos y el candidato de Uribe, los actores de dicha coalición -y hasta Petro- apoyaron al primero, por su propuesta de llegar a un acuerdo de paz con las FARC y así desmovilizar a la más antigua y poderosa organización guerrillera del continente. El motivo: rechazar la vuelta de un uribista al poder. A pesar de las diferencias, actuaron de igual manera en nombre de la contradicción principal.

Un poco de historia

Habiendo sido presidente para los períodos 2002-2006 y 2006-2010, Álvero Uribe fue y es rechazado por buena parte de las fuerzas progresistas del país, y el problema de la guerra interna está en el centro de ese rechazo. El ex presidente está enlazado, según sus contrincantes y las investigaciones periodísticas y judiciales, con la vitalidad, fortaleza y crecimiento de las llamadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Se trata de las fuerzas paramilitares contrainsurgentes y terroristas de derecha, responsables del mayor número de masacres perpetradas en territorio colombiano. El conflicto armado no tiene solo a las FARC en el centro.

CUADRO ADRIEL

La tarea de los paramilitares no solo se define por “enfrentar” a la guerrilla, muchas veces en connivencia con las fuerzas represivas del Estado, también se encargan de llevar a cabo procesos de “limpieza social”, esto es, realizar asesinatos selectivos y disciplinadores de líderes y lideresas y minorías sociales. Así, constituyen uno de los principales dispositivos de la desmovilización social y el debilitamiento de la vitalidad democrática, perjudicando la consolidación de una militancia segura y activa de las fuerzas progresistas en los territorios.

El contexto

La salida del poder del actual presidente, el derechista (aunque negociador) Juan Manuel Santos, de da en un contexto de una endeble pacificación política, con la retirada de las FARC de la lucha armada como “logro” principal. Sin embargo, las fuerzas paramilitares siguen asediando a las poblaciones.

Por otra parte los Acuerdos de Paz con la guerrilla, que fueron firmados en 2016, son precarios y se vieron empañados con el triunfo del “NO” en la Consulta Popular que intentó legitimarlos ese mismo año. Esto implicó un fuerte revés a todo el arco político en la medida en que el uribismo logró enlazar los contenidos de los Acuerdos con el “peligro” de la “ideología de género” que pretendía “homosexualizar” a la sociedad (de hecho, el voto evangelista, en un contexto de alta abstención electoral, fue clave).

De allí que, luego de la Consulta, buena parte de los aportes en materia de protección sexo-genérica fueran retirados de los textos consensuados. Con todo, aún queda mucho camino por recorrer puesto que el porcentaje de cumplimiento de estos Acuerdos -específicamente por parte del Estado- es bajo en general (18,5%)[1] y casi nulo en algunos puntos sensibles.

Entonces ¿por qué las otras fuerzas opositoras no dan su apoyo orgánico?

En este punto cabe preguntarse ¿cuáles son las razones por las que, en un contexto como el descrito, en el que las prioridades programáticas parecen estar más que claras, los sectores populares no pueden unificarse detrás de la candidatura de Gustavo Petro de una manera contundente?. El punto está en que, en este caso, posiblemente la fragmentación tenga más que ver con los estilos de liderazgo y las matrices de acumulación de poder y gestión de lo político que con las propuestas partidarias.

Considerando a buena parte del “fajardismo” y su lógica de construcción -por lo menos pregonada-, la raíz del problema se vislumbra en la vertiente liberal que informa el mecanismo de relacionamiento y acumulación de poder de su fuerza. Esto es: la importancia del individuo como núcleo central de la política, la potencia del diálogo y el consenso -en detrimento de la visibilización del conflicto social-, y la relevancia del pluralismo en la gestión de lo político. Hasta aquí, nada raro con otras alternativas progresistas de nuestra región.

No obstante lo cual, muchas fuerzas de índole popular, más aún en contextos de despolitización generalizada, apelan a la matriz antagónica de lectura y reactivación política, en la medida en que permita poner de manifiesto uno de los principales conflictos sociopolíticos de países como los nuestros: las enormes brechas de desigualdad entre los que más y menos tienen. Esta es, creemos, lo que identifica a la Colombia Humana.

Sobre este asunto, tengamos en cuenta que, según Naciones Unidas, Colombia ocupa el puesto 12 de 168 países en lo referente a desigualdad de ingresos (un núcleo súper privilegiado de 0,54% de los propietarios reúne el 31% de la tierra útil)[2]. Además, la apertura económica, que se agudizó desde 1990, provoca constante déficits en el sector externo, al tiempo que en ese mismo período se ha reducido el presupuesto de ayuda social y la cantidad de emigrados se ha multiplicado por tres. En este estado de situación, es claro que la paz peligra al momento en que los actores no tienen perspectivas de futuro en torno a la construcción de una sociedad inclusiva.

Por otro lado, una tradición de este estilo, al actualizar el conflicto social, pone en cuestión el orden social instituido y, por tanto, a las formas de la democracia liberal. Su construcción política, con miras a limitar las brechas sociales, impulsa la creación de otro tipo de instituciones. Así, no necesariamente liberales pero si democráticas, las formas institucionales propuestas tienden a generar importantes intervenciones sociales, mecanismos de gobierno del capital y procesos de reconocimiento de “minorías” excluidas. De ahí la idea, por ejemplo, de las “nuevas ciudadanías”. Es decir, la matriz de gestión del  conflicto de la Colombia Humana no pasa tanto por el individuo y su libertad negativa, sino por colocar a la institucionalidad del Estado como punto de apoyo de una libertad positiva para los sectores populares. Lo que también es visto como problemático por buena parte de los movimientos sociales que rechazan de cuajo toda acción del Estado -en tanto que enemigo “natural” de la acción colectiva-.

Ahora bien, el rechazo de las fuerzas más de “centro liberal” o “progresistas” al apoyo unánime a Petro tiene que ver con especulaciones precisas, de tipo geopolíticas, y asentadas en la forma de construcción de la Colombia Humana. El temor es que Petro encarne un liderazgo personalista similar al de Nicolás Maduro (desprestigiado hasta el hartazgo en todos los medios de comunicación), que amenace con remover las estructuras liberales del Estado y dejar “devastado” al país. Sin embargo, y en rigor, es la propuesta programática del uribismo la que es más fiel a modelo económico venezolano: seguir basándose en una matriz productiva extractiva de petróleo (y minerales). Volvemos al mismo asunto: el problema, al final de cuentas, no parece ser el eje programático, sino la construcción política. Lo más preocupante de esto, es que tales lecturas surgen de un análisis contrafáctico, mientras que del otro lado hay una certeza total: Uribe es guerra, y Duque es Uribe.

En este marco, se puede entender por qué un centrista liberal como Fajardo y buena parte de las fuerzas que lo acompañan estén dispuestos a abandonar la lógica de la contradicción principal contra el candidato uribista en un contexto de débil implementación de los acuerdos de paz. Sin haber estado a favor del programa de Santos en 2014, pero si sobre un único tema que era el central (la paz), coincidían sobre las claves de la democracia liberal centrada en el individuo.

No obstante lo cual, y atento al buen desempeño electoral en la primera vuelta, ¿será que la intención de Fajardo es, luego de la victoria de Duque -con un importante porcentaje de voto en blanco por él fogoneado- y la profundización de la guerra, capitalizar el descontento social y posicionarse como alternativa salvadora “pura” y “coherente” en el futuro? La gran pregunta es ¿que quedaría por salvar si la guerra vuelve a recrudecer?

 

 

[1] Lic. en Ciencia Política (UNLaM) – Maestrando Sociología Política (FLACSO – Ecuador)

[2] Lic. en Comunicación Social (UNLaM)

[1] http://www.eltiempo.com/politica/proceso-de-paz/cifras-del-cumplimiento-del-acuerdo-de-paz-con-las-farc-181646

[2] El Explorador: Colombia, Le Monde Diplomatique, 2016 P.8

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