Lo placentero es político

Por Rosaura Barrios[1]

Hace más de 10 años, con el equipo de investigación dirigido por la antropóloga Lidia Schiavoni en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones, trabajamos en temas relacionados al género y las violencias tanto en Extensión como en Investigación. Para aquellas personas que desconocen las formalidades del universo académico, la extensión busca ser un puente entre las Universidades y sus comunidades, facilitando y promoviendo actividades con su entorno.

Nuestro equipo ofrecía talleres de salud sexual para mujeres y jóvenes en el sistema de salud como hospitales y centros de atención alejados del centro de Posadas, principalmente barrios pobres y periféricos. Los talleres de salud sexual y (no) reproductiva fueron y son nuestra manera de abordar temas y problemáticas dolorosas, que involucran a la sexualidad en cruce con las condiciones de vida. Buscamos ver cómo la violencia atraviesa el orden social y cala con sus fibras más íntimas en el tejido.

La sexualidad y la violencia

Con el tiempo nos dimos cuenta que estábamos tocando una herida, el dedo estaba puesto en un punto fundamental para entender otras dinámicas, la salud sexual se convirtió en el combustible para compartir experiencias dolorosas y traumáticas en espacios que no fueron pensados para compartir el dolor. Y es allí donde queríamos llegar. Al análisis de esas lógicas que regulan las relaciones sociales desiguales.

Posteriormente notamos erosión que nos significaba cada intervención. Cada semana necesitábamos recuperarnos como equipo, no somos psicólogas sino investigadoras sociales con formación en salud sexual y entrenamiento para abordar este tipo de problemáticas desde las ciencias sociales, no sabíamos que íbamos a tener que convivir con todo ese dolor compartido.

En esos momentos, sólo te queda compartir, como aquel supuesto básico de la comunicación que reza que somos una con otra en el momento de comunicarnos. El cuerpo se resiente y casi que funciona como un envase que acumula y se rompe, todo el dolor, la vergüenza, la incomprensión por este mundo, aquello más salvaje y primitivo afloraba allí, en nuestros sentires cuando entrábamos en contacto con estas historias.

Actualmente (y los días viernes) llevamos adelante talleres de sexualidad, género y salud a organizaciones como MUMALÁ, PROGEN y Barrios de Pie, que vienen hasta las aulas de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales a participar. Todas son de barrios periféricos o municipios lindantes a Posadas. Aun con nuestra trayectoria encima no quisimos que estos talleres se centren en las violencias (aunque fue inevitable no abordarlas ya que están allí todo el tiempo) sino en la salud sexual y el derecho al aborto. Cuál fue nuestra sorpresa al percatarnos de que la disputa por el sentido de los cuerpos y las relaciones sexo-afectivas era el placer.

El placer como derecho

La disputa siempre es política y me encanta que así sea. “Recién cuando estés con la menopausia ahí recién vas a poder disfrutar del sexo“, escuché en uno de los talleres de boca de una mujer de mediana edad. Recién en la menopausia. ¿Pueden creer? Todos esos años deben pasar para que esa mujer pueda gozar en equidad con el varón, que no se embaraza y no conoce del miedo corporal a esa posibilidad.

El pedido de las organizaciones fue concreto: Hay que debatir, hay que saber.  Yo no sé si somos conscientes de las innumerables batallas que conlleva el debate por la legalización del aborto y el pedido de educación sexual en todos lados. Quizás en un par de años podremos dimensionar la historia que estamos haciendo por estos días. Aún así, una de las batallas más fuertes que estamos dando, más resonante, vibrante y a la vez más invisible es el derecho al placer, al goce. Al orgasmo. A ese instante de plenitud que deja su estela durante mucho tiempo más, a ese momento culminante y satisfactorio.

Durante tantos años les hicieron creer no sólo que no valían, sino que el placer siempre está asociado a la maternidad, al peligro de la infección, al “cuidate”, que hasta suena muy poco urgente exigir disfrutar.

La lucha es en el terreno de la cultura, pero también en el terreno de lo sexo/afectivo. ¿Quiénes tienen derecho a gozar y quienes no? ¿A qué sectores se les está vedado y quienes tienen el derecho “legítimo” de hacerlo? Educación sexual para decidir no es una consigna que se nos ocurrió a las feministas de un día para otro, significa que localizamos cual es el instrumento para volver más justa la vida plena, hemos detectado cual es la llave para lograr una sociedad un poquitito más equitativa donde importe no sólo la subsistencia sino algo tan fundamental como lo es el placer. El placer, el goce, la plenitud de sentirse deseada, querida, cuidada más allá de relaciones afectivas, hablamos de relaciones placenteras sin la reproducción de por medio, es una bandera de lucha, es el campo de disputa por los sentidos del cuerpo y lo que significan y/o provocan. No hablamos sólo de su materialidad sino también lo que se desprende de ese contacto con el otro, un contacto libre de miedos, sospechas, dudas, con información certera.

Sin embargo, pareciera ser que esto es lo menos urgente ¿no? que la tiranía de los medios de comunicación, las publicidades, las redes, de los talles de ropa y la legitimación de ciertos cuerpos, la criminalización del aborto, la violencia de género son prácticas que nos adoctrinaron durante años, relegando el derecho al placer como último, ¿o me van a decir que no lo pensaron? Parece mínimo frente a otros problemas más urgentes. Pero es que hasta eso nos han quitado. La agencia de nuestro propio placer y disfrute. Sin ánimos de generalizar, suponer transformar años de disciplinamiento sólo con una ley es un error.

Aquí hay que transformar todo: que la belleza adquiere múltiples formas, tonalidades de voz, roces, acercamientos, estrategias de seducción aún no descubiertas. Hay tantos momentos que no encuentro palabras para nominarlos siquiera. Lo disfrutable se vuelve posibilidad nunca enunciada, se vuelve rumor hasta que encuentra su anclaje en los terrenos de la pasión dónde todo está por verse y sentirse aún. Tomar posesión del cuerpo y volverlo instrumento erógeno es una manera de revolucionar el tablero y cambiar las reglas del juego. Por muy rara que suene, estas mujeres tienen como reclamo fuerte el poder gozar de sus relaciones sin miedo a embarazarse ni pasarla mal, más allá del acceso o no a un aborto en caso de que no lo quisieran continuar, también las barreras psíquicas, de convicción, religiosas que pueden llegar a tener. La culpa. La maldita culpa.

El derecho al aborto y una deuda por saldar

Hoy por hoy la revolución más grande que podemos llevar adelante es el derecho al placer sexual. Y no lo digo con intenciones new age de que hay que ser feliz como mandato, sino que hay que gozar como derecho político inalienable. Nadie nos puede quitar eso nunca. Y el aborto legal, seguro y gratuito viene a saldar esa vieja deuda entre varones, mujeres y varones trans. Nunca jamás un embarazo puede ser la pena de un orgasmo, no puede ser la condena posterior y enseñanza de que hay “algo” que hicimos mal. Las niñas y adolescentes deben crecer con la certeza de que pueden y deben gozar, libres, autónomas. La lucha en el terreno de la cultura por los sentidos del orden social es evidente, pero la lucha en el terreno de lo placentero por el derecho a gozar, a reconocer, a sentirse única/o debe ser irrenunciable y hacia él vamos. Nos volvemos una en esa relación, elegimos las técnicas, las estrategias y las formas. Debiera ser un terreno de absoluta libertad de condiciones y decisiones.

Pero adivinen qué, los varones siempre tuvieron este privilegio, sean del sector que sean, las mujeres ricas también. Adivinen quiénes son las que todavía disputan por ese derecho: las pobres.

Aquí no se trata de desigualdades de género sino desigualdades clasistas. Años de trabajo en campo nos arrojan que algunas de estas mujeres aún desconocen que pueden y deben acceder a ese derecho político, afectivo, efímero, pasajero o estable. Todavía existe esa sombra de duda sobre su posibilidad. Y la lucha por el derecho al aborto va más allá de una lucha por derechos territoriales, simbólicos y culturales sobre nuestros cuerpos, la lucha por el derecho al aborto se trata también de la lucha histórica, irrenunciable por el derecho a gozar y a tener un orgasmo libremente. A ser dueñas completas de nuestro ser.

Es una deuda histórica que debe ser saldada y que estemos hoy aquí hablando de esto significa precisamente eso: estamos haciendo historia.

 

 

[1] Dra en Comunicación Social (UNLP) – Docente- Investigadora de la FHyCS (UnaM)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s