“Micropene” se ha añádido a tu diccionario

Por Gala Kreisler

El presente artículo tiene como objeto desentrañar una de las mentiras mejor instaladas en relación al discurso de género y al mismo tiempo, demostrar la importancia del lenguaje como creador del sentido. Así como no es lo mismo decir “micropene” que “pene”, no es lo mismo decir “micromachismo” que “machismo”. A continuación, una breve recopilación del origen de esta confusión que no casualmente ha resultado tremendamente efectiva y, por ende, dañina.

El concepto aparece publicado en el artículo “Micromachismos: la violencia en la pareja” de Luis Bonino Méndez, psiquiatra y psicoterapeuta español. Se trata de una versión corregida y ampliada de los artículos que se publicaron en las actas de las Jornadas de la Federación de sociedades españolas de terapia familiar (1993) y de la Dirección de la mujer de Valencia/España (1996) sobre violencia de género, y en “Corsi, J. (1995): La violencia masculina en la pareja. Madrid: Paidós”, según hace constar el autor en dicho artículo; donde también menciona que acuñó el concepto en 1991.

Al inicio, este autor cita a dos autores hombres, Foucalt y Bourdieu, como referentes teóricos para el concepto que va a presentar: el primero habla de microrrelatos de poder, pero no de machismo, y el segundo de la dominación masculina, pero no de “micro”. Así, azarosamente, une dos conceptos que no necesariamente están vinculados ni son complementarios.

Al continuar con la lectura del artículo se desprenden algunas frases que contienen claros sesgos de género, tales como:

Su autorreferencia “mantener bajo dominio a la mujer permite también mantener controlados diversos sentimientos que la mujer provoca, tales como temor, envidia, agresión o dependencia. (Bonino, 1990)”. Atribuye a la mujer características de provocadora, instituyéndola como responsable del surgimiento de sentimientos negativos en los hombres, negando que esto sea atribución propia de estos últimos como sujetos autónomos.

O decir que “muchas mujeres, profesionales de la salud y familiares (y a veces los varones, ya que muchas de ellas son no conscientes) no las perciben (a las violencias), o lo hacen acríticamente, con lo que contribuyen a perpetuarlas”. De esta manera, culpabiliza a las mujeres por el actuar de los hombres.

Como reza el dicho popular, el camino al infierno está poblado de buenas intenciones. Si bien el autor en su justificación parece comprender el sistema de dominación patriarcal y sus implicancias, en los hechos al incorporar el vocablo micro a las situaciones que describe y categoriza, resta importancia a la cuestión y contribuye a la creación de un sentido que termina minimizando la violencia que dice buscar erradicar.

Resulta paradójico que en su texto explique que “nombrar, describir y clasificar, es importante además porque es el primer paso para que algo pueda hacerse con lo delimitado con el nombrar, en este caso que pueda ser transformado.

Si bien su aporte es esclarecedor en términos de clasificación y categorización, pierde su fortaleza teórica en cuanto, desde el lenguaje, se implanta como un término asociado a lo pequeño. En ese sentido, resulta contraproducente otorgar la calidad de “micro” a actos que son puramente machistas, como termina describiendo Bonino

Habiendo desentrañado el origen del concepto y denunciado su imperfección, es momento de analizar el porqué de su difusión. Una vez más, está claro que los hombres tienen mejores y mayores herramientas y posibilidades de instaurar sus discursos. Gozan de una legitimidad culturalmente asignada, y a nivel académico la revisión de sus producciones es menos rigurosa que la de las mujeres, quienes revisan una y otra vez sus producciones porque son más criticadas.

Así las cosas, el mensaje cala profundo en el sentido común y hasta las personas menos entendidas en materia de género podrían definir el micromachismo como aquellas prácticas cotidianas que encierran actitudes machistas, pero no necesariamente lo asociarían a una violencia estructural. Es que el prefijo micro genera una falsa creencia de que se trata de un tema menor o inofensivo.

La tarea entonces, en adelante, consistirá en por un lado desafiar esta conceptualización, denunciar su uso inapropiado y al mismo tiempo empezar a llamar a las cosas como son: machismo puro y duro, expresión de un sistema que oprime en múltiples aspectos que no por ser cotidianos son inofensivos.

 

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