Se juega como se piensa

Por Ale Dgda

Cada palabra arrastra consigo lo que realmente pensamos del mundo, decía Rodolfo Kusch al comienzo de su libro, “De la Mala Vida Porteña”. Claro que podríamos actualizarla con las particularidades de las sociedades sobre-informadas de nuestro siglo y decir que las palabras no siempre arrastran lo que realmente pensamos del mundo, sino que también pueden llevar consigo la concepción del mundo que otros nos han pensado, aunque naturalizamos y creemos propias.

A raíz de la necesidad de llenar espacios con transmisiones casi permanentes desde Rusia, y como consecuencia de la imposibilidad que más de un comunicador mediático tiene para cuestionarse lo que dice o justificarlo sin hacer agua, se construyen diversos imaginarios. Por inercia, al equipo alemán se lo asocia con la eficacia y la puntualidad, y se mal aprende que esa estrategia debiera ser igual para todos. Agregará algún otro que, por razones genéticas y raciales, el alemán corre por ventaja por ser generalmente altos y corpulentos.

Pero no es que hayan sido bendecidos por la genética, sino que nosotros estamos maldecidos por una subjetividad extranjerizada. El secreto es que juegan como alemanes, y la clave está ahí. Entonces, ¿es la eficacia germana realmente una descripción objetiva y técnica del juego, o se trata en realidad de los elementos de la colonización pedagógica actuando desde el fútbol?

Pisando fuerte: La Nuestra

A principios del siglo XX y principalmente en la década del ’30, Argentina y Uruguay dominaban el panorama mundial del fútbol. Uruguay ganaba el oro en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 y, en 1930, organizaba y ganaba el primer Mundial. Nacía el mito de la garra charrúa. Argentina, por su parte, era medalla de plata en 1928 y subcampeón mundial en 1930. Los conjuntos rioplatenses se repartieron también la mayor parte de las ediciones de la Copa América de esa década y patentaron un estilo de juego muy vistoso conocido como “La Nuestra”.

“La Nuestra” privilegiaba el juego en equipo, la creatividad, la pelota al piso y el despliegue ofensivo. ¿Por qué? Porque jugábamos a ser nosotros por nosotros mismos, confiando en nuestro talento antes que en cualquier otra cosa. Asumíamos ser lo que realmente éramos y obrábamos en consecuencia. Equipos de estatura media y contexturas físicas chicas o medianas no pueden establecer como estrategia privilegiar el roce físico, el pelotazo y el juego aéreo. Eso es para Alemania o Inglaterra, que suelen hacerlo mejor que cualquier sudamericano mintiéndose a sí mismo. Agrego, además, que el primero es, junto con Italia el segundo más ganador de Mundiales, y recordado por eficiente, más no por vistoso.

Durante la década del ’40 y hasta la caída del gobierno peronista, Argentina ganaría siete de once Campeonatos Sudamericanos, el predecesor de la actual Copa América. En, 1955, el sangriento golpe de Estado marcaría un quiebre en la identidad del fútbol y el deporte argentino en general. Eran desplazados y encarcelados por peronistas Alberto J. Armando y Antonio V. Liberti, presidentes de Boca y River respectivamente. También fueron inhabilitados boxeadores y los jugadores de básquet campeones del Mundial de 1950, fueron intervenidas también la AFA, Huracán y el Comité Olímpico. La nueva política y el retiro del apoyo estatal dieron como resultado un período de 48 años sin medallas doradas para nuestro país. Contundente.

Pérdida de la identidad

Stábile dirigió a la Selección Argentina entre 1939 y 1958. Paradójicamente, no volvería a marcar un solo gol más con la albiceleste. Quien como jugador había sido el goleador del primer Mundial, se mantuvo en el cargo a pesar de las presiones del gobierno ilegítimo por adoptar un estilo de juego más “europeo” y, desde ya, optar por otros jugadores. No le importó y volvió a ganar en 1957 a nivel sudamericano. Stábile siguió aferrado al estilo argentino y dirigió a la selección en el Mundial de Suecia. 1958 es recordado como un año fatídico para el fútbol argentino por la estrepitosa derrota 1-6 frente a Checoslovaquia y la eliminación en los albores de la competición.

Previamente, Brasil adoptaba el estilo europeo que tanto ansiaban los dictadores argentinos. Garrincha no era tenido en cuenta por egoísta y por desobediente. En diálogo con la prensa de ese país, Stábile les contó cuál era su forma de concebir y jugar al fútbol. Nuestros vecinos tomaron nota.

Volvieron a convocar a Garrincha y confiaron en el talento de Pelé y Didí por sobre el fútbol calculador y mezquino propio de los europeos. ¿El resultado? Ganaron tres mundiales en 12 años, racha que comenzó en el Mundial desarrollado en tierras nórdicas. Brasil jugó a ser Brasil y, al día de hoy, es el único equipo sudamericano que se ha coronado campeón del mundo en territorio europeo.

Los diarios estadounidenses nos sentenciaron titulando “Cayó el estilo argentino”. En nuestra tierra, siempre tan adeptos a escuchar más al de afuera que a buscar quienes somos en realidad desde este lugar del mundo, compramos. Volantazo y andar errático hasta la llegada de César Luis Menotti, tras su paso por el recordado Huracán del ’73, antítesis de casi todo lo que el fútbol moderno es. Luego, llegó Carlos Bilardo y con la idea opuesta, se acentuó la pérdida de identidad futbolística.

Antes que Menotti, sobre el final de la década del ’60, no importó que Adolfo Pedernera se hiciera cargo del seleccionado argentino y, a contramano del fútbol vistoso que profesara como jugador integrante de La Máquina del River de los ‘40, privilegió aspectos técnicos, el juego físico, los centros y un sinfín de aspectos soporíferos y antiestéticos del fútbol. Todo eso que nos es tan ajeno caracterizado por la supremacía del trabajo sobre el talento. He allí México, en 1970: La última cita mundialista sin participación argentina hasta el momento consumada en el recordado partido ante Perú en La Bombonera.

En la manera de jugar al fútbol se manifiesta nuestra manera de pararnos ante el resto del mundo, lo cual es muy distinto a decir “el mundo” a secas y esconder una íntima creencia de habernos caído del mundo o no pertenecer a el directamente. Es necesario imitar a “el mundo” para poder pertenecer a él y existir. La pregunta es si negándonos nuestras características y asimilándonos a un otro seguimos existiendo o, en realidad, dejamos de ser nosotros. Se esconde entre los caprichos de la pelota una parte de nuestra concepción del mundo y el lugar que ocupamos en él.

La extranjerización de la conciencia

Nuestro país ha pagado, y no sólo en términos futbolísticos, muy cara la obsesión de querer parecerse a las grandes metrópolis. Hemos pagado muy caro el perpetramiento del modelo primario agroexportador a medida del agrado de esos otros, así como la creencia de que de esa manera tendríamos un país desarrollado. En dicha empresa, no nos hemos convertido más que en un país lleno de riquezas hundido en la indignidad de ser un país periférico.

Es decir, no hemos aprovechado nuestras potencialidades por mirarnos en espejos ajenos, por intentar desarrollarnos según otros. Así, la metrópolis desarrolló su industria a costa de nuestro vil orgullo de ser el granero del mundo, y nosotros, tenemos niños hambrientos en un país que produce comida suficiente para el 1000% de su población. Nos acostumbramos a ver a los mejores de lejos, por televisión y teniendo que pagar, y hoy esa idea arremete contra todos nuestros clubes con el objetivo de privatizarlos como coronación del proceso de extranjerización del fútbol local.

Y en cuanto al juego, hemos perdido la identidad que nos caracterizaba y nos hacía ser algo ante el resto del mundo. Hoy queremos ser Alemania o Inglaterra. Calculamos todos los detalles y aunque tengamos jugadores de muy baja estatura, creemos poder imponernos desde lo físico, como quien deja librada a su suerte a su industria y la deja a merced de la avalancha de productos chinos baratos. Y encima, en lugar de proteger al caído, lo golpea en el piso hasta dejarlo desfigurado.

Ante cada fracaso mundialista, se piensa en nombres y no en ideas, al igual que en la política, y se demuele todo el proceso previo para empezarlo de nuevo. Todo de nuevo, como cuando copiábamos a mano algo y se nos arruinaba la hoja de tanto borrar, que hacíamos la hoja un bollo y tomando otra en blanco nos poníamos a copiar mejor lo hecho ya por otro.

Nos cuesta caro mirarnos como lo que no somos y creemos ser. Alemania e Italia, por ejemplo, saben a lo que juegan —Italia a jugar horrible— y lo mantienen, sin importar la circunstancia momentánea del resultado. No se desviven por llegar porque creen que lo importante es el camino. Tienen un estilo futbolístico hecho a partir de su idiosincrasia, que intenta explotar lo mejor posible las posibilidades finitas de un grupo humano.

Nosotros no. Somos una colonia futbolística, aunque tengamos siempre a los mejores de cada época, porque hemos sido incapaces de resistir el embate contra nuestros adentros. Es decir, el de la extranjerización de nuestra conciencia. Nos pensamos como lo que no somos y justificamos nuestros fracasos de la manera más cobarde posible porque no queremos asumir el peso de lo que somos. Íntimamente tenemos miedo, muchísimo miedo, y queremos arañar una victoria que silencie, aunque sea por un momento, ese incómodo grito nativo y bien nuestro que llega desde la raíz y aturde en nuestros adentros.

¿Escucharemos o seguiremos mirando hacia otro lado para, ante el primer revés, echarle la culpa a cualquier cosa que nos salve de tener que enfrentar nuestra propia cobardía, la de no asumir el peso de ser nosotros mismos e instrumentar una concepción del mundo que nos coloque el centro y ya no en la periferia? Por eso, en nuestro total fracaso de vivir, ni el tiro del final nos va a salir.

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