De golpe pasaron cosas

Por Cristian Secul Giusti[1]

Frente a frente, tomando un café y una bebida, Lanata y Macri se miran e inician una charla amena, sin tensiones ni locuras. De buenas a primeras la escena destaca una falacia. No es una entrevista ni un reportaje, sino un cuestionario pactado que intenta lucir a Macri ante los espectadores. El cuadro, más teatral que periodístico, busca que el líder de Cambiemos responda al menos algo de todo lo que anda dando vueltas en la agenda del país: dólar, FMI, inflación, pobreza.

Si bien es fácil reconocer que la enunciación del presidente suele ser dificultosa y por momentos intratable, Lanata se muestra voluntarioso y afectivo en la conversación: se queda callado, asiente, resopla, maneja los silencios incómodos, tira los centros, acomoda la pelota para que no se salga de la línea de cal, hace gestos, muecas, guiños, de todo. En resumidas cuentas, se comporta como un jugador de toda la cancha que mira siempre al nueve o diez de referencia. En este caso, observa el despliegue bastante trunco de Macri.

Por esta razón, el diálogo no se muestra fluído y expone con total fruición una falencia reiterada en los últimos discursos de Mauricio Macri: se aprecia una potente sensación de estancamiento en sus planteos e ideas. En línea con las típicas críticas del oficialismo sobre el retraso de las tarifas o el poco crecimiento de la economía tras el slogan marketinero de la “pesada herencia”, el mandatario presenta un discurso anclado en 2016 y no se mueve de ahí. Sin ir más lejos, podemos pensarlo con más retracción aún: se muestra situado en 2015, con Cristina Fernández de Kirchner como antagonista directa, y con la posibilidad de cambiar la Argentina con sus políticas de mercado abierto (http://www.agenciapacourondo.com.ar/relampagos/atrapados-en-el-tiempo-por-cristian-secul-giusti-y-cecilia-b-diaz).

El dilema de enunciación, en este caso, no se encuentra solamente en la construcción verbal del presidente -insuficiente y precaria, como siempre-, sino en la actual narrativa de Cambiemos, directamente vinculada a sus escandalosos movimientos financieros y  a sus decisiones violentas en la economía.  En ese contexto, el macrismo no logra construir un mapa de legitimación y consolidación en su discurso. El trastabilleo es notorio y la desnudez del entusiasmo fervoroso queda atrapada en una lógica de comicidad y refuerzo de memes.

Más allá de las “sorpresas” sobreactuadas de los votantes de Cambiemos y de las opiniones pre-fabricadas del propio Grupo Clarín -que ahora se pregunta de dónde salió esta crisis, caramba-, Macri está pasando por un grosero abismo de exposición. Emplea los mismos conectores, latiguillos, adjetivos o verbos, y las mismas oraciones que echó a rodar durante el debate presidencial del 2015. La trama discursiva, como si estuviera escapando de una canción de Los Redondos, suena a berretín de calle angosta y a oración de labios mordidos, más cercana a un personaje del Indio Solari, que de Durán Barba (“la pendejada de que todo es igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo”).

No obstante, vale decir que los análisis sobre el macrismo no son tan llanos ni tan simples como parece, también cuenta con opacidades y cuestiones críticas que invitan a las curvas y a las equivocaciones. Por esto mismo, es importante atender la posibilidad de que este espacio político se reinvente y vuelva a la carga con total malicia.

Mientras tanto, en esta revisión del encuentro Lanata-Macri, es posible subrayar, una interpretación que no resulta dislocada o tomada a la ligera. El presidente, en términos de despliegue escénico y verbal, se encuentra embarrado y en una traba constante. Como si fuera un soldado a contramano, sonríe en un pantano del decir y no logra conmover a los suyos, ni tampoco generar empatía con los dubitativos, que suelen comparar los dramas del kirchnerismo con los horrores de este gobierno.

En tanto, el factor CFK parece ser el único as en la manga de Cambiemos y de Lanata. En ese combo, el Grupo Clarín se sigue mostrando como un aliado que presenta más matices que en meses anteriores y su mandato comunicacional ya no es tan unificado -de hecho, articula alguna fisuras que son imposibles de desviar-.

“Argentina tiene una larga historia autodestructiva. Veníamos bien, pero de golpe, pasaron cosas”, expresa Macri, sin ponerse colorado y con los ojos fijos en los de Lanata. Algo de razón tiene. Sin dudas, pasó lo que tenía que pasar. Pasó que no pueden despejar los hilos, las hilachas y sus propósitos del escenario político-comunicacional.  Y ese es el peor talón de aquiles. El peor entre tipos que huelen a tigre, tan soberbios y despiadados.

[1] Doctor en Comunicación/Docente (FPyCS-UNLP)- Twitter: @cristianseculG

 

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