La otra batalla cultural

Cuando hoy se habla de la batalla cultural, como bien nos recuerda desde el archivo Beatriz Sarlo, se invoca a la esfera más teórica del debate político que ha engullido nuestra última década (ganada o perdida): K versus M, la Yegua versus el Miauri. En definitiva, el abismo de la grieta. Una puja en la cultura política que tiene raíces bien profundas, como delata el desdén con que Sarlo deletrea el anti intelectualismo de los intelectuales peronistas.

Por Diego Labra[i]

 

Si nos dejamos perder en este punto de fuga, inevitablemente terminaríamos empantanados por enésima vez en el matadero y en la disyuntiva sarmientina entre civilización y barbarie, que siguen echando su sombra sobre dos siglos de historia argentina con la misma intensidad que lo haría el Ojo sin párpados de Sauron.

Sin embargo, cuando escucho el concepto “batalla cultural”, mi mente me lleva para otro lado. Me hace pensar en la lucha de las industrias, de los consumos y de las identidades de clase en la cultura argentina. Una guerra en la cual yo siempre fui soldado sin darme cuenta.

Lo fui cada vez que argumenté la superioridad artística de los temas kilométricos del metal progresivo norteamericano que escuchaba en mi adolescencia sobre el rock rioplatense de denuncia que preferían mis amigos. Cuando me negaba a pagar la entrada de cine para ver una película con doblaje latino, o votaba con el bolsillo comprando manga japonés en lugar de historieta nacional. Es que la historia de mis consumos culturales demandaba esa militancia, y supongo sin datos duros, la de muchos otros.

Me crie en una casa donde mi padre tenía trescientos discos, pero solo media docena estaban cantados en español. Así es que descubrí el rock sinfónico, y ese solitario compacto de Soda Stereo, la banda menos nacional del rock nacional. Mi madre nos prohibía tácitamente a mí y a mis hermanos ver canales de aire, desconfiada ante la precocidad de Chiquititas y la puerilidad de Brigada Cola. De allí que haya mirado prácticamente solo cable, complementando anime con sitcoms subtituladas. (Si, la versión original de Casados con Hijos es mejor que la de Francella). Por ello también mi pubertad estuvo marcada por las películas softcore del Film Zone, y no por la Coca Sarli o las mujeres objeto de Rompeportones.

Entrar a la facultad de humanidades me dio herramientas para poder comprender el corte ideológico y de clase que implicó la dieta multimedia con la cual me crie. La manera en que mi familia, que se aferraba con uñas y dientes al estatus de clase media durante los años aciagos de la hiper y la debacle menemista, utilizó la cultura pop(ular) anglosajona para construir una identidad diferenciada del paladar nacional que asociaban a la cultura popular. Más Volver al Futuro y menos Bañeros. Más Star Trek y menos Campeones (de la Vida). Más Yes y menos Sandro, y ni hablar de esa música tropical.

El progresismo de la universidad donde estudié, expuesto en carne viva por la grieta, también me permitió vislumbrar la naturaleza histórica de estas identidades y sus afinidades electivas en los consumos culturales. El gusto latinoamericanista y por abajo, que alentaba a bailar al ritmo de Calle 13, había sido cultivado al calor setentista de los Che y los Allende. Mis padres, en cambio, habían aprendido a consumir cultura durante la despolitización cultural de los últimos setenta y la apertura a las importaciones de los ochenta, en el seno de familias orgullosamente radicales y “apolíticas”.

A veces pienso que por eso tantos de mis profesores se encontraron desorientados y genuinamente confundidos por el triunfo de Macri en el ballotage de 2015. El sesgo de su experiencia vital les había imposibilitado ver la resonancia del proceso cultural que había movido el norte de la clase media, desde París a Miami, de Para Leer el Pato Donald de Dorfman y Mattelart a pagar en cuarenta y ocho cuotas el viaje de quince de la nena y sus amigas a Disney World.

No es que la clase media argentina se niegue netamente a consumir nacional (aunque en parte lo hace). Como demuestra la obsesión con El Eternauta y Los Simuladores o los números de taquilla de Relatos Salvajes, sobran consumidores que desean identificarse con una producción nacional asociada a lo que los anglosajones llaman middelbrow, esos productos culturales que negocian entre la accesibilidad de lo llamado peyorativamente llamado popular y el vuelo formal de la pomposa “alta cultura”.

Como trasfondo de este proceso descrito estuvieron las industrias culturales nacionales, que ante el cambio de época y el desborde de las importaciones con la apertura económica neoliberal, parecieron resignarse a perder ese público mesocrático la espectacularidad de las producciones de Hollywood. Así se pasó de una industria cinematográfica pujante que produjo el primer largometraje animado del mundo a reconocer como el film más taquillero de la historia en nuestro país a los chicitos amarillos llamados Minions. De los cientos de miles de ejemplares que vendía Editorial Columba de D’Artagnan e Intervalo a que el “gran diario argentino” publique refritos de Marvel y DC.

El consumidor mesocrático argentino navega así en su elección afectiva de artefactos culturales entre ejes cartesianos que van en el vertical desde arriba a abajo y en el horizontal desde lo nacional a lo extranjero. Allí se juega la batalla de la identidad de cierta clase media, reticente al cipayismo puro pero temerosa de caer en lo “grasa”. Quiénes se animan a bailar cumbia, pero solo si la tocan los chicos blancos “bien” de Los Totora (mientras que otros con igual nivel de ingreso se mueven al son de Pablo Lescano, para subrayar el “pop” de su filiación ideológica Nac&pop).

Habiendo trazado estas líneas, los invito en esta nueva sección a explorar sin exceso de rigor científico diferentes episodios de esta otra batalla cultural, donde se juega el devenir de las industrias culturales nacionales y la identidad de los argentinos, y sobre todo de la clase media.

 

[i] Profesor en Historia y Doctorando en Ciencias Sociales por la UNLP, con una beca de CONICET. Incluso antes que el interés por las cuestiones de la sociedad y la cultura, estuvieron las historietas, la ciencia ficción y los videojuegos (probablemente ambos estén conectados). Siempre que puede se escapa de su tema de tesis y escribe académicamente acerca de cultura pop. Además colaboró en el sitio la Broken Face, Kamandi y actualmente es redactor regular en Geeky.

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