La hipocresía del viejo continente

Por Ale Dgda

Comenzaremos por situarnos en 1998. Francia acogía la Copa del Mundo por segunda vez en su historia –la anterior había sido en 1938– y con la esperanza de poder coronarse en su propia tierra. Así sería, ya que vencería al Brasil del joven Ronaldo y compañía, campeones defensores que tendrían que esperar cuatro años para repetir la consagración lograda en Estados Unidos ’94. No es la intención hablar del fútbol exhibido por el equipo de Zinedine Zidane, sino más bien advertir el detalle que notará quien sepa dónde mirar justo antes de la última coma aquí utilizada.

A la población gala tampoco pareció interesarle mucho. Esa Europa festeja y habla sobre el hombre al tiempo que lo asesina en cada ochava en la que lo encuentra. Sin embargo, se indigna y quiere parar el mundo cada vez que esa violencia ejercida se les vuelve en contra. Cada vez que miles de desesperados se lanzan cruzar el Mar Mediterráneo, a burlar la suerte de una muerte segura. Y no sólo estaríamos hablando de los peligros de balsas atestadas de sufrimiento. También es muerte segura la vida en la África desangrada en nombre de los recursos naturales. Es por eso que Jean-Paul Sartre dice lo siguiente en el prólogo que escribió para “Los Condenados de la Tierra” de Frantz Fanon: “Ese hombre nuevo comienza su vida de hombre por el final, sabiéndose muerto en potencia. Lo matarán. No sólo acepta el riesgo, sino que tiene la certidumbre. Ese muerto en potencia prefiere vencer a sobrevivir”.

Los africanos desesperados son llamados por la prensa “refugiados”. Paradójico es que los “refugiados” lo hagan en el lugar de donde proviene la desgracia de sus patrias desgarradas. Esto no comenzó a ocurrir ahora, sino que lleva un largo tiempo dándose de manera sigilosa. Las historias que cargan sobre sus espaldas los africanos, sumadas al desarraigo y desprecio que deben sobrellevar, ni el más cruel las imaginó. Las familias africanas y asiáticas, amén de la exclusión que sufren, son parte de la sociedad europea. Los emigrados formaron sus familias y hoy son sus hijos los que integran las selecciones del viejo continente.

El día que los emigrados ganaron un Mundial

En “Fútbol a Sol y Sombra”, Eduardo Galeano nos da algunos detalles interesantes. La familia de Zinedine Zidane es argelina. Lilian Thuram, autor de los dos goles con los que Les Bleus vencieron a la sorprendente Croacia, nació en la Isla Guadalupe. De esa isla caribeña llegaron los padres de Henry. Desailly llegó de Ghana y Viera, de Senegal. Desde Nueva Caledonia, cerca de Australia y Nueva Zelanda, Karembeu. Por fuera del imperio colonial francés pero inmigrante al fin, Djorkaeff porta un apellido que hace honor a sus orígenes rusos y armenios. David Trézeguet se crío en el conurbano bonaerense, en Vicente López, y debutó profesionalmente en Platense, el club de la localidad.

Encuestas previas a ese Mundial daban cuenta de que la mitad de los franceses estaba en contra de los inmigrantes. Sin embargo, para encontrar en el tiempo muchedumbres alegres como las que salieron a festejar la única Copa del Mundo , es necesario remontarse al final de la Segunda Guerra Mundial. Siete partidos hicieron falta nada más para mostrar la hipocresía en toda su dimensión. La victoria quedó atrás. Francia no pudo superar la primera ronda en el Mundial siguiente. Lo que no cambió es la mentalidad de gran parte de los franceses. La prueba es el aluvión de votos conseguidos por la derecha abiertamente xenófoba y racista, situación que no se limita a Francia, sino que constituye una situación continental.

Veinte años después nos encontramos con el avance del fenómeno observado en esa Francia de ultramar. Los jugadores ya no son nacidos en las viejas colonias, sino que provienen de familias inmigrantes asentadas en las viejas metrópolis. Quedaron atrás los ejemplos como el de Clarence Seedorf, mediocampista sudamericano nacido en Surinam, que realizó su carrera a nivel de selecciones en la metrópoli neerlandesa.

Mezut Ózil es nacido en Alemania, aunque sus rasgos turcos intenten desmentirlo. Romelu Lukaku llegó al mundo en Amberes, Bélgica, y hunde sus raíces en la República Democrática del Congo, país que en siglo XIX fue propiedad privada del Rey Leopoldo y da cuenta de la sanguinaria máquina colonial de los civilizados belgas. Breel Embolo asistió a Rusia para defender la camiseta suiza, sin embargo nació en Albacete, España, y tiene raíces camerunesas. Dele Alli defenderá la camiseta inglesa siendo descendiente de nigerianos.

Los ejemplos aparecen en todas partes. No en vano los medios europeos adjetivaron a la Eurocopa 2016 como “la más africana jamás realizada”. Casi la mitad de las selecciones europeas –sin distinción entre el cálido sur o el frío norte– tuvieron a algún africano entre sus filas. En total, 41 africanos formaban parte de una decena de las 24 selecciones participantes.

Desde ya, el proceso no tiene lugar en el sentido inverso. No encontramos en Nigeria o Senegal intrincados apellidos nórdicos, ni anglosajones, ni de ningún otro lado situado al norte del Mediterráneo. El mundo no se ha hermanado, y que se les pinche la ilusión a los ingenuos que, por piedad, solemos catalogar como idealistas. Y la ingenuidad es perfectamente útil para un orden mundial desigual, lo cual es harina de otro costal.

Europa se horrorizo de sí misma tras las dos guerras mundiales, pero eligió una salida hipócrita. Los grandes violadores de derechos humanos redactaron convenciones y otros tratados sobre la materia. Desde ya, no cesaron de violarlos en todos los demás continentes. El horror europeo podía habitar en cualquier parte salvo en el propio continente, de manera tal que a la muerte y a la miseria del tercer mundo no hubo tratado que la abrigara ante el frío mortal que el viejo continente siguió desparramando en Argelia, el sudeste asiático y otros lugares del mundo. Europa no aprendió nada aquella vez que tuvo al horror y a la muerte habitando sus tierras. Fue cobarde y se encargó de mantener oculta para sí su verdadera cara.

En el fondo, lo que horroriza y genera rechazo no es ese inmigrante venido de lejos con el caballo cansado. En cualquiera de esos inmigrantes desesperados, Europa se reencuentra con sigo misma. Habiendo dejado su obra en territorios lejanos, castigados por el sol y los vientos, se creía a salvo del horror. Rodolfo Kusch habla de que es propio de Europa estar parados sólo sobre la mitad de uno. En occidente, la idea de dualidad en un mismo ser no existe. Lo otro siempre está afuera, incluidas las deidades. En África o América Latina, no. Esos conquistadores aquí encontraron dioses que danzan, como dice un pasaje de Huelga de Amores de Divididos.

Europa, parada sobre la mitad de sí

Europa se situó a sí misma en el lugar de la deidad, en la incorruptibilidad y la pulcritud justificadas por la diosa razón y sus sacramentos: la ciencia y la tecnología. Situó sus demonios allá donde creerían que jamás los alcanzarían y concibió un hombre a medias. Tomando algunos pasajes de la obra de Kusch, diríamos que se encargó de relatar la existencia de luz al mundo sin reparar en la importancia de la oscuridad. Esa hipocresía es que le impide volverse sagrada, aunque intente investirse como tal redactando pomposos acuerdos sobre derechos humanos que no respeta.

Y en ese “hacer como sí”, es que nos encontramos con la categoría kuscheana del “ser alguien” propia de Europa y contrapuesto al “estar” africano y latinoamericano. En lugar de ver la totalidad, Europa se queda con la luz. Con su progreso científico, su música barroca y sus grandes obras de arquitectura. No hay tinieblas y ya no es necesario siquiera la idea de Dios. Parece no haber quedado oscuridad en el mundo por su sistemática negación. A Europa le va llegando el momento de reencontrarse con la mitad de sí que pretende destruir desde su llegada a América.

 Lo intentó todo en vano. Hoy esa mitad sufrida da testimonios de una historia de horror escrita con torturas y sangre e invade en silencio al occidente europeo. Le tocan la puerta los demonios que éste dejó en el continente negro, creyendo que se deshacía de las tinieblas de su ser para siempre, y podría vivir sobre el lado luminoso de su humanidad. Le toca la puerta y lo llama a deshacerse del racismo selectivo que celebra las riquezas extraídas de las tierras africanas, pero reniega de la humanidad propia de esas latitudes por, precisamente, esa costumbre europea de negarle su humanidad a esa otredad que hoy, en balsas y con danzas desconocidas a cuestas, se presta a completar a este viejo continente que, en nombre de la iluminación, terminó encandilado y enceguecido de humanidad. En nombre de la iluminación, apagaron mundos enteros y es hoy la oscuridad la que regresa y encienden el fútbol con las camisetas de sus verdugos sobre la piel.

Los apellidos africanos que pueblan las selecciones y ligas europeas no son más que el principio de algo más grande y, a lo sumo, los mercenarios al servicio de un orden mundial vetusto podrán detener momentáneamente el devenir de una guerra que perdieron de antemano, tal como Sartre definiera el intento francés de frenar la independencia argelina. Del mismo modo, Europa puede volver a cortar camino por la xenofobia y las deportaciones en masa y sentir haber ganado algo de tiempo. La violencia de occidente está condenada a girar en redondo y el neurótico intento de prescindir de la mitad de nosotros mismos, también.

Erróneamente se cree a veces que, al amparo de fútbol, suceden milagros entre los seres humanos, pero mientras no se resuelva la tensión descripta en el anterior párrafo, el fútbol y otros ambientes de la cultura estarán ahí para sacarnos la careta y para dejarnos desnudos ante nuestra hipocresía. La misma que hoy de parte del argentino racista que alienta a Nigeria. La misma de hace veinte años por la cual el francés xenófobo convirtió en héroes nacionales a esos descendientes de africanos esclavizados y humillados. La misma de hace medio siglo, con una Portugal que intentaba ahogar la independencia de Angola al tiempo que festejaba los goles de Eusebio, nacido en Mozambique, en el Mundial de Inglaterra 66. La misma hipocresía de toda la vida.

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