De festejar un despido no se vuelve

¿La anti-política es solamente potestad de los simpatizantes de los proyectos exclusivos o puede darse también en los que adhieren a construcciones inclusivas? Una trabajadora despedida de Télam reconoce entre lágrimas haber votado a su verdugo. Posteriormente, sectores antagónicos al actual gobierno la atacan sin piedad en redes sociales y conversaciones cotidianas. Florece el “yo te avisé” y da cuenta de un individualismo enquistado en lo más profundo de nuestra conciencia. ¿De dónde viene? ¿No será que todos somos un poco neoliberales sin saberlo?

 

Por Ale Dgda

 

          A primera vista, el testimonio de la trabajadora –despedida junto a 353 trabajadores más– lleva al enojo. Aún desde el campo nacional-popular, es difícil empatizar y abrazar a alguien que quizás intenta encontrarle una explicación a su despido recurriendo a los peores lugares comunes del sentido común colonizado. Sin embargo, piense como piense, no deja de ser una asalariada enfrentado la angustia de un porvenir absolutamente imprevisible. Saber que cualquiera puede estar en dicha situación mañana debería ser motivo suficiente para deponer resquemores e ir a lo importante. Una vida más que cae en la máquina de picar carne del neoliberalismo y más que tenderle una mano, aparece como algo más seductor golpearla mientras está en el piso.

          Cabe pensar aquí la razón de este comportamiento. Hace poco tiempo, el historiador y periodista Hernán Brienza decía por Twitter que hay mucha gente politizada que carece de cultura política. Es decir, hay gente con ganas de participar en política desde una multiplicidad de lugares, pero que desconoce las herramientas que uno obtiene de la formación teórica, la reflexión en grupo y la experiencia. Eso lleva a graves problemas a la hora de ejercer el criterio ante los acontecimientos, y el nefasto contexto actual agrava la situación.

                 El problema aquí es que no existe un vacío, como podría suponerse, sino que alguien llenó ese vacío previamente y no es más que la corriente ideológica dominante que digita de manera inconsciente casi todos nuestros comportamientos. Es esa ideología que nos educa para ser competidores, individualistas, “ser” alguien y vivir para morir consumiendo. Quizás estemos bastante más atravesados por el neoliberalismo de lo que suponemos. Es cierto que hemos perforado la cáscara del pensamiento exclusivo por antonomasia y desandado una parte de la cosmovisión que el neoliberalismo instala en nuestras conciencias, pero aún falta el fondo, lo inconsciente del asunto.

La ideología del consumo

                Parece haber un paradigma que atraviesa de manera transversal a los distintos militantes/adherentes/simpatizantes de los espacios políticos: La cultura anti-política, iniciada con el fin de las ideologías proclamado tras la caída del Muro de Berlín, que corrió del medio a la política y la reemplazó por la gestión. La disputa de intereses había sido abolida y gobernar para los menos pasó a ser la verdad. La discusión se corrió para el lado de tópicos estériles como la eficiencia y la honestidad.

                La desigualdad crecía, y el fin de la historia no hacía desaparecer mágicamente el impulso de intentar cambiar las cosas. Todas las reivindicaciones estaban muertas, pero enarbolarlas nos permitía definirnos entre el montón. La política –o lo que quedaba de ella– no fue ajena a la lógica del consumo en todas las esferas de la vida y así como alguien adquiría una identidad comprando ropa de determinada marca o veraneando en cierto lugar, otros la adquirían de la mano de las reivindicaciones que los partidos políticos abandonaron a fines del siglo pasado. La mercantilización de la imagen del Che Guevara, incluso en el afán de mostrarse en disconformidad, es la frutilla del postre.

               Pero esas reivindicaciones estaban muertas, no había horizonte alguno ni para la más pueril utopía y, por lo tanto, era imposible que generaran algún tipo de instancia colectiva significativa. Todo eso era parte del pasado. ¿Qué proceso político de mayorías se hace en soledad o en grupos muy reducidos? Ninguno. Las ideologías fueron objetivadas y los movimientos de mayorías totalmente atomizados, paradójicamente, esto ocurrió incluso con la no-ideología. Consumir anti-política pasó a ser una reafirmación de supuestas capacidades en cuanto a pensamiento crítico que volvían a su portador inmune a las manipulaciones del sistema y eso fue explotado, entre otros, por el CQC de Mario Pergolini, quien hace unos días se pronunció a favor del vaciamiento de la agencia de noticias estatal.

                El gran triunfo de la política neoliberal es que ya no importe hacer política ante un otro. Importa enarbolar un discurso que se cierra sobre sí mismo. Actualmente, las prédicas tienden a tener tintes incendiarios o explosivos, pero siempre apuntan a la reafirmación ante los propios. Nunca hacia el otro, que permanece excluido. En la época de las redes sociales, ese otro es borrado o bloqueado y parece desaparecer de un soplo. ¡Pedazo de síntoma de individualismo infectándonos! Más que pensar cómo llevar a cabo un proyecto político real, todo gira en torno a impostar para la propia tropa. Incluso ideologías que defiendan a las mayorías. En esa movida, cada uno se muestra como el más puro y coherente de los suyos y contribuye silenciosamente a la atomización del grupo, ya que sin la negación, éste pierde razón de ser. Más individualismo por aquí.

        ¿No es todo eso profundamente anti-político? ¿No atenta contra la instancia colectiva el estar persiguiendo un rédito puramente narcisista? ¿No estaremos buscando, al exagerar nuestras tomas de partido, ser alguien, del mismo modo que el que consume determinada marca, como se dijo antes? El problema es que, entre todo eso, el tiempo pasa. Y decir que el tiempo pasa en este contexto es decir que la oligarquía sigue destruyendo todo a su paso.

“Que se joda, se lo merece”

 

           Volvamos a la trabajadora de Telam para intentar ilustrar todo lo anterior. Ella votó a Macri. Seguramente para estar mejor, porque nadie vota a conciencia a su verdugo. Desde ya, no hay que generalizar, pero algunos desde el campo nacional-popular optaron por insultarla o hasta alegrarse por la situación, que también afecta a 353 compañeros de la agencia estatal. Es allí donde hay que pensar sobre cómo se procede.

           Si es urgente que el año que viene deje de gobernar la oligarquía, es necesario sumar. En el acto de sumar, está contemplado el otro. El mismo que es la Patria, según ciertas proclamas. No tan puro, sin antecedentes intachables políticamente, con un andar político bastante errático como el de cualquiera. ¿Alguien nació sabiendo? ¿El 54% de Cristina en 2011 no fue posible en la medida que se abrió el juego a quienes no habían apoyado desde el principio? ¿No habría que dar oportunidad a los que no criticaron furibundamente a Macri desde el principio y hoy sufren sus políticas, aunque no comprendan racionalmente lo que sucede? Son esos sectores con los que se hace política y a los que se debe intentar persuadir. Con la propia tropa se hace otra cosa –y no es política– y queda en el lector ponerle nombre a tal cosa.

          ¿Cómo se lo recupera? Sería un embuste dar aquí una fórmula mágica que no tengo. Una auténtica estafa a quien esté leyendo. Lo que sí es seguro, es que no se lo recupera pateándolo caído en el suelo. El suelo de la miseria es frío. Cada patada es más filo en la espuela de la más rancia anti-política, de la que se alimenta el neoliberalismo para seguir haciendo daño junto a los oligarcas cómplices que le administran la colonia.

              El neoliberalismo no tiene desprecio liso y llano por la política, sino que cultiva su propia política. No es más que la política que se hace para ser alguien entre únicos e impares en vez de para mejorar la situación de las mayorías populares. Para decir “yo tenía razón” e inflar el pecho de individualismo. ¿En qué les sirve a las mayorías que yo haya tenido razón? ¡En nada! ¡Ojalá yo no hubiera tenido razón! ¿A quién le sirve entonces? A uno mismo es la única alternativa que queda. Y en esa reafirmación, uno elaborará soluciones hermosas para llevar a cabo en soledad, en esa soledad donde nada se pone en juego ni nada pasa. En esa soledad tan parecida a la paz de los cementerios que tanto gusta al neoliberalismo.

           Todas esas actitudes son profundamente neoliberales. Es lo mismo de siempre, pero con el signo cambiado. Y debe ser pensado una vez más. La huella cultural de fines de siglo XX está muy presente. De ahí que enarbolar causas que defienden a las mayorías y pelearse con el eslabón más débil de la cadena neoliberal no sea más que un acto de profundo egoísmo. Es necesario poner en cuestionamiento todo. porque si en algo es hábil el neoliberalismo, es en convencernos de que nos liberamos de su yugo al tiempo que colaboramos con su fortalecimiento.

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