Camionetas y alambres de púa

Un tractor en primer plano y la luz escondida. Se oye un viento que resopla y se ve el andar cansino de un hombre que se acerca, sin más colores que los del pasto y las sombras que lo rodean. El rasguido de una guitarra habilita el trance y la voz de un locutor aparece monocorde y declamativa, con intenciones de aleccionar y decir una verdad que parece ser la única existente sobre las pampas y los remolinos.

Por  Cristian Secul Giusti[1]

 

El tono de verso campestre se funde con las ruedas de una camioneta que arrasa suelos y empuja barros, y el silencio del decir se contiene con imágenes de arboledas y colas de caballos. “Tiempos duros”, dice la voz. “Tiempos duros”, repite con una estrategia de “aguante” y una fiereza típica de camioneta nueva -Chevrolet S10, “hecho para la vida real”-. Desde ese plano, las figuras aparecen de un modo cambiante, pero con un rictus decidido y fruncido. De espalda y con tránsito paulatino, los cuerpos se mueven al son de las boinas, los sombreros y las gorras que sostienen cabelleras aquietadas y enruladas.

“Si alguien sabe de tiempos duros y de cómo seguir avanzando a pesar de ello, somos nosotros” suena entre cuerdas, maderas y bombos al paso. Esa voz, mezclada con el viento, la música y los largos yuyos, es el mismísimo Campo en su totalidad. Ese “nosotros” es exclusivo, es notorio, es de aplauso cerrado y de pecho inflado. “Seguir adelante” es el lema de los que se muestran trabajando esas tierras, bañadas por las lluvias tremendas, hundidas por patas de las vacas, y acompañadas por los neumáticos de un coche jovial, que defiende a capa y espada los logros de ese Campo de faenas, oscuridades y amaneceres.

“Así fue que hicimos que Argentina sea una potencia, y así sacamos al país de todas las crisis… Sí, de todas”, remarca la locución, mientras el lodo atrapa pies y manos, y la imagen se alenta para mostrar el rostro de un terrateniente que instala sus ojos en la cámara. En esa misma escena, las melodías se elevan y la gola de ese locutor rellena los espacios del más amplio contenido identitario del Campo: su individualidad y su supuesta autosuficiencia. Como si fuera un sujeto heroico, el Campo se atribuye el afán de figurar en los momentos críticos del país y reactiva así la zoncera destacada por Arturo Jauretche al hablar de “granero del mundo” y del “cumplimiento del destino que se nos tenía asignado como granja”.

En estos términos, la enunciación publicitaria construye una idea campestre de salvaguarda nacional, capaz de no pedir aplausos y abrazos en momentos que todos los otros, los que no integran ese “nosotros”, parecen atacarlos. El avance del relato resulta aún más esclarecedor. Luego de la vanagloria por su participación “favorable” en todas las crisis y su presencia supuestamente intachable en los conflictos nacionales, este Campo monologal dice que también resistió otros avatares que lo pusieron en tensión: “Incluso con aquellos que intentaron manejarnos, detenernos o hacernos ver como ‘el enemigo’”.

Esta referencia tácita -y también evidente- a los años del kirchnerismo se forma a partir de tres aristas: el tono elevado del discurso, los ojos de las figuras campestres que se clavan en la pantalla y la música que sube en su agudeza. Esto permite dar pie a un breve silencio, que atrapa el escenario, expone el grito de un hombre a caballo y permite ver con mayor atención la salida de un sol bravo, que ilumina el pasto y los alambres.

“La vida real”, en términos de este campo dicharachero, está vinculada a una “sequía histórica” y a tormentas inéditas que impidieron su tan mentado avance. Por eso, mientras los que no pertenecemos al mundo feliz del Campo hablamos y criticamos su actitud anti-pueblo en 2008, el corte de rutas a lo largo y ancho del país, la leche derramada en las calles y sus actuales reservas o especulaciones en moneda extranjera, la nueva alusión al nosotros excluyente -y profundo- se recuesta en la idea de “la grieta”.

Esa llamada “grieta”, no escapa de este universo publicitario y es enunciada justo en un momento crucial del spot. En ese tránsito, la noción de “grieta” no solo aparece como simulacro de división, sino también constituye una realidad que parece ser la única valedera: la del Campo, la importante, la única existente y la que sufren ellos a la hora de trabajar las plantaciones.

Todo dicho, entonces. No hay mucho más que decir en este cuasi minuto de duración. Las imágenes se llenan de paisajes, y los rostros blancos se vuelven variopintos. Las manos están en los bolsillos y los brazos se cruzan, desafiantes y a la guarda de algo que desconocemos. Algunos dedos se apoyan en las tranqueras y otras pupilas se mantienen bien abiertas, fijas, interpelando y apelando a una superioridad que atraviesa todo tipo de conflictos.

“Tenemos que seguir dándole de comer a un país y al mundo” expresa la voz, al ritmo de los violines y el correr de los ríos y las rutas sinuosas. El tono ya no es más aleccionador, directamente es imperativo y se liga con la sonoridad de un patrón de estancia, que reflexiona y mira a su alrededor con desdén. La frase final no es menor ni tampoco es esquiva. El cierre es pausado, puntilloso, casi entre sílabas, muecas y alambres de púa. La música se apaga, el discurso se enciende y la palabra se refuerza con voracidad proyectual: “En el campo argentino, nunca dejamos de avanzar”.

 

[1] Dr. en Comunicación, Docente (FPyCS-UNLP).

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