Homero en el país del fútbol

La recientemente terminada novela mundialista argentina volvió a arrastrar a la superficie juicios y afirmaciones conocidos que se repiten cada cuatro años: que el mundial es una cortina de humo detrás de la cual el gobierno de turno busca impunidad para sus medidas; que todo lo malo es culpa de la gestión corrupta de la AFA; que Messi es mejor que Maradona; que Maradona es mejor que Messi.

Por Diego Labra

A mí, que debo admitir siempre me sentí extranjero en el país del fútbol, el debate acerca de quién es el mejor jugador de la historia me parece interesante pensado como una batalla más por la identidad nacional. Con respecto al round Rusia 2018, creo que nadie se atrevería a dudar que lo ganó el diez histórico, afuera de la cancha y desde el palco, a fuerza de memes.

Un hecho que me fascina particularmente de la puja es la tibieza con la cual muchos argentinos consumen a Messi, a pesar que su carrera en el Barcelona FC lo haya convertido en un crack indiscutido, una marca que factura millones y el futbolista más famoso del planeta, a quien le gritan los goles hasta en Bangladesh. Entiendo que parte de la falta de feeling con el rosarino sea un poco producto del bilardismo rabioso que nos caracteriza (en el fútbol o fuera de él), cargando al equipo de Messi la cruz de las tres finales perdidas.

Pero también creo que hay una cuestión de piel. Son muchos a quienes les desagrada su aparente falta de entrega en la cancha, su pasividad, su disposición timorata y reservada delante de las cámaras. En el país donde se festejan los títulos destruyendo de manera ritual un Mc Donal’s y dos cuatro cuadras a la redonda, decir que basta con salir cuarto en la copa es una herejía. Mi suegra dice durante cada partido que le falta sangre, que no corre tanto como debería. Escucho a través de la pared de material a mi vecino insultándolo “autista”, mientras grita improperios frente al televisor.

Nada más alejado del legado de Maradona, canonizado en la cultura nacional como la destilación de todo lo que es argentino, puro potrero, sanguíneo hasta el final. Si bien hay algunas encarnaciones del diez más contenciosas que otras, como por ejemplo el populista amigo de Fidel y Chávez, hay una devoción consensuada por el Diego hecho de abajo, pasional, contradictorio, rebelde. Aquel que en el partido contra los ingleses agarró la pelota en campo propio y la llevó solo hasta al arco contrario. No con el tiki tiki de Pep, sino con tracción a sangre, pasión y huevo (esos que gesticuló Di María en el festejo de su gol a Francia).  Los mismos huevos con que escribió acerca de la hipocresía que representa un techo de oro en una Iglesia que clama hacerlo todo por los pobres.

Construido de esa manera, y destacando esa piedra fundamental del mito maradoniano que es la “Mano de Dios”, yo ubico al diez como una de las figuras más relevantes del Partenón de la cultura argentina. Un Olimpo de la “viveza criolla”, donde disfrutan la eternidad los héroes nacionales que supimos elegir, siempre venales, avispados, ventajeros, rápidos con la lengua, de armas tomar y desconfiados de la autoridad de toda regla.

Ya desde la década de 1870, cuando el incipiente público masivo argentino hizo de El gaucho Martín Fierro y Juan Moreira los primeros best-sellers autóctonos, puede delinearse una cierta afinidad electiva del público argentino, que preserva actualidad. Ambos fenómenos editoriales estuvieron atravesados por sus protagonistas homónimos, gauchos malos y rebeldes que desafiaban la ley injusta, y cargaban de manera trágica en contra de ella con la propia razón obstinada y el carisma de su lado.

Permitiéndome la generalización grosera, en mi mente trazó en la figura del antihéroe picaresco argento, reformulación de la herencia peninsular del Siglo Oro, un hilo conductor a lo largo de siglo y medio de industria cultural y consumo autóctono. Desde la rebeldía de los gauchos decimonónicos hasta las aventuras extramatrimoniales de Olmedo y Porcel, pasando por la melancolía marginal de los orilleros que cantaron el tango (“El que no llora no mama, y el que no afana es un gil”) y el gol con la mano de D10S.

No han faltado nuevos ejemplos de la picaresca nacional durante las últimas décadas. Pienso en la infalibilidad taquillera de Darín (como punga en Nueve Reinas, como “Bombita” en Relatos Salvajes, como presidente en La Cordillera), o en el siempre popular Francella, enamorado de alguna cuñada y de la amiga adolescente de su hija bachiller. Pero me atrevería a aventurar que el antihéroe con más impacto en la cultura argentina de los pasados treinta años ha sido un extranjero importado (y animado): Homero Simpson.

Un fenómeno quizás regional (hubo una marcha en Bolivia para protestar el cambio de horario del programa), Los Simpsons se han transformado en una parte integral de la cultura popular nacional. En un documental realizado en ocasión de los veinte años de la serie, el cineasta Morgan Spurlock vino específicamente a la Argentina porque, se sabe, éste es el país más fanático de la familia amarilla. Único del mundo donde The Simpsons Movie fue la película más taquillera del 2007, donde hay una taberna de Moe real, y dos argentinos se metieron en problemas legales por producir cerveza “Duff” ilegal, en un giro argumental digno de un capítulo de la serie.

Los Simpsons generan una devoción que, en nuestro país, así como el fútbol y su avatar Maradona, trasciende cortes espaciales, generacionales, de clase. Unos suben fotos a Instagram en la réplica de Springfield construida en Universal Orlando Resort, otros pintan en una esquina a Homero bancando los trapos del club de sus amores, otros más lo ponen en la bandera de egresados para llevar a “Bariló, Bariló”.

Esta vigencia es sorprendente sobre todo para los norteamericanos, para quienes los amarillos se cayeron del zeigeist cultural hace décadas, desplazados por South Park (que fue desplazado por Family Guy, que fue desplazado por Bobs Burgers, que fue desplazado por Rick and Morty). Solo se acuerdan de la serie cada tanto, cuando algún conspiranóico le atribuye una nueva predicción profética.

Springfield se nos presenta a los espectadores criollos como una Argentina en miniatura, con sus políticos corruptos, su policía criminalmente incompetente, crimen organizado impune, periodistas paupérrimos y docentes desganados ante la desidia estatal ¿Cómo no escuchar en nuestra cabeza la canción del monorriel cuando leemos las desventuras de Larreta con sus trenes?

Homero, por su parte, encarna a la perfección el antihéroe picaresco argento. Es calentón, pero tiene corazón. No le gusta trabajar, pero lo hace por los suyos (como nos recuerdan cada tanto en los capítulos flashback emotivos). Es familiero, aunque patriarcalmente no se hace cargo de nada, y delega todo el fardo sobre su esposa ama de casa. Hace culto de su ignorancia, pero siempre por H o por B termina saliendo bien parado, como aprendió trágicamente Frank Grimes. Es que Homero esta “condenado al éxito”, como nosotros.

No puede subrayarse lo suficiente la importancia de pertenencia a una clase media de definición nebulosa para generar empatía, permitiéndole habitar el mismo espacio que Pepe Argento. La flojera de Homero se vuelve una rebelión con la que nos identificamos al enfrentarse a la avaricia despótica del señor Burns, la caricatura más nítida de la opresión burguesa con la que cuenta el imaginario popular argentino. Esto lo vio claro el Pity, quien nombró a su rockanroll sobre el sufrimiento del obrero conurbanita justamente “Homero”.

Con la explosión del Internet 2.0, la obsesión amarilla de la Argentina convirtió las redes sociales en una fábrica de memes. Casi un lenguaje en derecho propio a través del cual pensamos nuestra realidad, sea política, cultural, futbolística, o del cotidiano. Los memes de Los Simpsons trascienden barreras ideológicas que parecen infranqueables, burlándose por igual de Cristina y de Macri,  de las aborteras y del feto ingeniero. Cerrando el círculo, estos chistes visuales se vuelven el método predilecto para expresar nuestro amor por Maradona en todo su esplendor, mostrándolo  trasgresor, durmiendo una siesta narcoléptica, o sintiendo la pasión por la camiseta al borde de la locura.

Si se me permite ponerme académico en el cierre, que Homero comparta la nómina del Partenón argento junto con Martín Fierro, el Álvarez de Olmedo y Sambucetti de Guillote, demanda interrogar que entendemos por cultura popular en el siglo XXI ¿Los Simpsons son imperialismo cultural yanqui si es la gente que los elige a través de las regiones, de las clases, de las generaciones? ¿Si somos todos nosotros cada día y desde hace décadas que lo hacemos parte del imaginario colectivo nacional al sintonizarlos en nuestros televisores, compartirlos en nuestros muros, y hasta tatuarlos en nuestros propios cuerpos? Yo digo que si Maradona y Messi son argentinos, entonces Homero lo es también.

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