Contra la pared

Desde lejos se ven las cadenas, los clavos y las estacas. “Más Spinetta y menos ‘Pity’ Álvarez”, sentenciaron en Clarín. Intratables, mientras tanto, le dedicó un largo espacio a la “decadencia” de nuestro rock y su efecto directo en el “mal desempeño en la conducta de la juventud”. En esa línea, un especialista en variedades se expresó libremente, sin hipótesis, sin núcleo de discusión, sin lugar a otras respuestas. Tomó el micrófono con total convicción y dijo: “Pity es uno de los representantes de la degradación social de la Argentina”.

Por Cristian Secul Giusti 


Así se fue construyendo el escenario mediático que cubrió el presunto asesinato cometido por Cristian “Pity” Álvarez. Este suceso, bravo, trágico y triste, lo convirtió, de la noche a la mañana, en un tipo sin arte, sin aura, innecesario, paupérrimo. Desde ese plano, el fundador de Viejas Locas e Intoxicados quedó reducido a un meme, una burla y una imagen desconfigurada, desechada por ese sistema que busca rating y nuevos públicos.


En este sentido, la intención no es salvar al “Pity” del escarnio ni tampoco defenderlo a ultranza. La voluntad de poner en orden los tantos se vincula con una idea fundamental y relevante: dejar en claro que el rock argentino tiene distintas aristas de daño y sus problemáticas no están supeditadas únicamente a la presencia de Álvarez. La mediatización de la vida y obra de ciertos exponentes del género -la mirada sensacionalista y alejada del arte-, sumado a la propia ausencia de dominio del rock argentino en la escena musical, las consecuencias del post-Cromañón, los casos de abusos sexuales, y la promoción cada vez más esquiva que tienen los artistas under, generan un combo explosivo que supera ampliamente la irrupción de “Pity” como referente de la cultura.


Más aún, es uno de los músicos más interesantes que surgieron a finales de la década del 90. Y tanto Gustavo Cerati, como Charly García, Andrés Calamaro, Luis Alberto Spinetta o Fito Páez lo han destacado en distintos momentos.


Asimismo, Viejas Locas siempre fue mucho más interesante que Ratones Paranoicos, la otrora banda “stone” por antonomasia. Con un origen distinto, una mirada barrial más profunda y acorde con los tiempos neoliberales, esa banda “rocanrolera” logró interpelar a los seguidores del género con menos pose, más lectura contextual, alguna rabieta política, y también un desparpajo brillante a la hora de trastocar la identidad rollinga.
Con Intoxicados, el “Pity” se animó a otros géneros, extendió sus riesgos artísticos y, a la par, comenzó a entrar en esa zona difícil y difusa típica de los personajes televisivos: entrevistas horribles, comentarios poco felices, imágenes lamentables y un repertorio de desdichas que le sirvió (y le sirve) bastante a esa horda de periodistas que los buscan para “mostrar su realidad”.


¿A alguien le sorprende este derrotero de Álvarez? Lamentablemente, no. Se suponía que su borde estaba muy cercano al precipicio y que, a su manera, también pedía auxilio. De hecho, el regreso de Viejas Locas en 2008 tuvo esa intención, pero no prosperó y el torbellino del “Pity” se llevó puesto todo. En el medio, como siempre, los medios. Hiper-ultra preparados para la burla y recontra dispuestos a destrozar su figura y vincularla con cierta “carnavalización” del rock .


Ese término estigmatizante es, junto al concepto “rock chabón” o “rock futbolero”, una pedantería enunciativa y gana adeptos en los rincones del discurso de la información. En esa articulación con lo agresivo, el espectro mediático toma como caballito de batalla esos mismos conceptos y lo sumergen en una contienda asimétrica en la que “Pity” u otros son maltratados públicamente -ya sea por su adicción o por su vestimenta y/o utilización del lenguaje-.


Del mismo modo, y en este tránsito de postulados y de mandatos del “deber ser rockero”, aparecen los puristas, los sabelotodo, los que siempre dominan la bocha, los que deciden cómo y cuándo se es rock en esta sociedad, los que ligan a Álvarez con “Me gustas mucho” o “Una vela” y olvidan conscientemente a “Homero”. Como se ve, la onda es esa, tratar de destruir lo que ya está roto y acusar lo máximo posible.


Con todo lo narrado y ampliado, el dedo señalador se consagra fuerte y ya se hunde en los ojos de “Pity”, su familia, sus amigos, los parientes, los músicos, la Música, el rock, los seguidores, y todo lo que tenga razón cultural. De ahora en más se viene una sarta de opinologías que no van a sumar puntos en nada y van a dejar todo como está, claro. En tanto, retomando al Ricardo Iorio de principios de los 90, las paredes crujen con el tan mentado canto “Todos barremos con saña a los ídolos caídos”. Así es la cosa, entonces.  Y la cuentan como quieren, como saben, como les conviene, como vende.

 

*Docente – Doctor en comuniación social (UNLP)

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