Paneles para la tormenta

Por Cristian Secul Giusti[1]

Sentados, dispuestos a aprovechar su momento con una sonrisa, quizás con alguna repentina bravuconada o, directamente, con un gesto adusto. Ni bien reconocen el pie del conductor, arrancan, no paran, y sobreviven a partir de ese uso de la palabra. Se denominan “panelistas” y tienen un rol predeterminado en la televisión argentina.

Se pelean, ríen a carcajadas, hablan alto o bajo, se hacen guiños, se enojan por algo, dicen que tienen información reveladora, lanzan datos al aire, se burlan e informan sobre otro asunto particular. Todo en una hora, o dos, tal vez tres. Los contrastes entre ellos son elementales, y la vestimenta -sobria y acorde- es la clave para acompañar su propio discurso y de ritmo ajustado a los tiempos de la TV y a la escenografía de turno.

Con mayores o menores tensiones, los programas que incluyen panelistas son una herramienta de operación y distracción muy fuerte en la actualidad. Pueden recorrer temáticas vinculadas a la agenda del oficialismo o, sencillamente, reforzar los discursos más ensalzados por el poder. Estos productos, bastante exitosos y constantes, sobreviven a partir de una “pluralidad” artificial de voces y se sustentan en función de las discusiones que surgen, brotan y se suceden en vivo y en directo.

En términos del Patrick Charaudeau, estos programas televisivos maniobran un “efecto de creencia” muy fuerte, que actúa hábilmente en la persuasión y articula la agenda diaria establecida por los medios hegemónicos de comunicación. Si bien su vestimenta discursiva se resignifica en el altercado o el intercambio de pareceres simulados -en el grito en el cielo, digamos-, no dejan de formar parte de un aspecto sensacionalista del discurso de la información.

En este sentido, su granito de credibilidad se constituye como herramienta fundamental, más allá de que suenen chistosos, periodísticos, solemnes o menos divertidos. El planteo de la legitimidad en la opinión es lo que suele ganar terreno y genera una representación peligrosa que los vincula con “el humor de la gente”.

Así, se vislumbra entonces una arista fundamental de estos programas: el panelista se configura como la voz de la gente. Vale aclarar, sin embargo, que estos envíos televisivos no existen desde siempre y que hace aproximadamente veinte años se profundizan mes a mes en la escena mediática argentina. En términos más específicos, son una herencia directa de la crisis del 2001 y de la ausencia de recursos en las producciones televisivas. Sin ir más lejos, la crisis institucional política, económica y social del país provocó una reconfiguración en el quehacer del espectáculo y, a partir de ello, proliferaron las emisiones que contaban con un conductor situado en el centro, y un séquito de opinadores y comentaristas alrededor (“Yo amo a la TV” o “PAF!”, por ejemplo).

Para ser aún más concreto, estos programas funcionaban por su estructura barata de exposición y armado, y también porque lograron incluirse en el terreno ya desarrollado por los Talk Shows tan celebrados en los 90 (“Causa Común”, “Hablemos con Lía” o “Amor y Moria”). De esta forma, los programas de “panelistas” se fueron incorporando como magazine simples que trataban temas de coyuntura política, chimentos o deportes (“ZAP” y “Tribuna Caliente” son los emblemas de la hibridez entre género reality, show y también altercados).

Por tanto, su estrategia es muy sencilla: se trata de hablar de todos los temas (no por nada la parodia “hablemos sin saber” cuenta con panelistas incluidos), exagerar posiciones políticas, religiosas o futbolísticas, armar contrapunto, disentir sin profundizar, y listo. Fin de la cuestión.

Durante los años kirchneristas el “panelismo” fue creciendo en los medios hegemónicos y también se posicionaron como lugares en los que los mismos protagonistas se posicionaban desde el sentido común o retomaban archivos de la misma televisión (“Implacables”, “Indomables”, “Los profesionales de Siempre”, “Bendita TV”, “Resumen de los Medios”, por ejemplo).

No obstante, y como contrapartida de esos discursos hegemónicos, otros programas con escenografía “panelística” (aunque reunidos desde una instancia más periodística), se dieron lugar para disputar el espacio de las discusiones en TV. El caso de producciones como 678 o de Duro de Domar es el más paradigmático porque, de alguna manera, intentaron derribar cierta idea de superficialidad con… un programa de panelistas. Si bien 678 planteaba otra estética de contenido y un debate aún más real que el que aparece, por ejemplo, en Intratables, no dejaba de ser una puesta escénica similar, más allá de su instancia de reflexión política y la seriedad en la distribución de las opiniones.

En esa lógica de torbellino de discursos, el modo panelista en tiempos macristas se mueve como pez en el agua y se consagra aún más con la crisis económica. Ya instalados como opción en los premios Martín Fierro (Mejor panelista de televisión), también son considerados como “periodistas” porque toman las demandas del vecino, al espectador, o el que está de a pie y lo llevan a la televisión. Esto no es menor porque revela un desplazamiento que de la opinología, pasó al factor panelista y ahora directamente se enlaza con la estética periodística, aunque también defiende con fundamentalismo el mote de panelista.

De todos modos, el propósito de enmarañar enunciados, deslegitimar discursos y quitar el foco de atención sobre temas puntuales se ha incrementado con el tiempo. De hecho, en estos momentos cada canal de aire tiene su propio programa con panelistas y, con diferencias, se constituyen en la operación del modo más cómodo posible.

Hoy en día, hasta los programas de periodismo político juegan con una lógica de paneles y/o posiciones de opinión que instalan temas. Asimismo, configuran un modo de hacer TV con poco, en un marco de crisis y con una firme intención de bordear, más que de profundizar (salvo excepciones). De hecho, es el mejor modo de hacer macrismo en TV y de instaurarse como el brazo armado de Cambiemos en la instalación de agenda, de debate y de interpelación desde la indignación o la emoción.

 

[1] Dr. en Comunicación – Docente (FPyCS-UNLP)

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