Escenarios para una diversidad sin disidencia

Por Agostina Díaz [1]

Quienes decidan visitar este nuevo espacio pensado como un “Paseo de la Diversidad”, encontrarán muestras de arte, “Food Trucks”, paredes intervenidas con los colores de la bandera del Orgullo Gay  (es una de las pocas plazas que se encuentra en un sector rodeado de muros), además de fotos, banners para las distintas actividades y stands informativos.

La reapertura de esta Plaza fue presentada por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y en los diversos medios donde hizo eco, con un claro mensaje de visibilidad de la comunidad LGBTIQ en el espacio público y la libertad que esto significa. El mismo Jefe de Gobierno hizo referencia a esto, agregando que la Ciudad es una de las más diversas del mundo, algo que les da mucho orgullo.

El día de su inauguración, siguiendo esta lógica, se proyectaron videos y exhibieron muestras de fotos, en las que se remarcó la libertad de poder amar libremente en el espacio público. En cuanto a esto, debemos preguntarnos si las autoridades se refieren a la misma Ciudad donde Mariana Gomez fue detenida violentamente y procesada por besar a su esposa en Constitución

O si cuando hablan de vanguardia en diversidad sexual, se refieren a las semanas gayfriendly para turistas y si eso significa verdaderamente incluir o es solo atraer turismo, o si la marginalidad social que viven las transexuales y travestis, sumada a la violencia física de la Policía Metropolitana, encuadra con esta idea de amar con libertad en el espacio público, tampoco podemos dejar de preguntar si el “Protocolo general de actuación de registros personales y detencion para personas pertenecientes al colectivo LGBT” que redactó el partido al que pertenecen las autoridades de CABA se orienta en esta lógica.

No todo lo que brilla es oro

Es necesario centrarse en el concepto de visibilidad en el espacio público enarbolado por quienes se encargan de implementar esta política, buscando deconstruir, o al menos cuestionar lo que connota la construcción de esta plaza, a los fines de interpretar aquellas cuestiones que se atenúan y que son factores importantes a la hora de hablar de inclusión.

El objetivo, entonces, es evidenciar lo que hace ruido a la hora de, por ejemplo, ver el spot que  publicita su inauguración en la página oficial del Gobierno de la Ciudad, y su amplificación mediática, de la que surgen algunas preguntas: ¿Se puede entender a la visibilidad en el espacio público inclusiva per se? ¿El solo hecho de ser visibilizado como colectivo me aporta automáticamente inclusión en lo social?

Son dos cuestiones fáciles de responder: No, no lo es. No, no lo hace. La visibilidad es beneficiosa dependiendo la forma en la que se la represente en el espacio público, por eso es tan importante la disputa por la representación.  Se puede ser visibilizado pero eso no repercute directamente en materia de políticas públicas que mejoren la calidad de vida.

Va con onda

Desde hace tiempo, tanto el Gobierno de la Ciudad como el Gobierno Nacional, pertenecientes a la misma fuerza política, buscan brindar una forma “cool” y renovada de comprender la sexualidad e intentan demostrar que todos somos iguales, que la diversidad somos todos y que la heterosexualidad también es diversidad (rememorando aquel Twit de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación en una campaña para visibilizar la diversidad Sexual). Esta plaza de la diversidad no escapa a esa lógica, aunque se presente distinta, actúa como una ficción para visibilizar y a la vez ocultar la vulnerabilidad de las sexualidades disidentes.

Por medio de la conceptualización de lo social que Ernesto Laclau realiza en su libro “Nuevas reflexiones para la revolución de nuestro tiempo”, podemos comprender este tipo de accionar como una estrategia que responde a una molestia ante las identidades y sexualidades que imposibilitan la construcción de una identidad plena.

Se trata de una respuesta ante aquello que muestra la precariedad de toda construcción social, es decir, evidencia que la hegemonía que se ha construido es precaria. Así, aquellas sexualidades e identidades que no cuadran con la norma, ponen en manifiesto la vulnerabilidad de lo social, por el solo hecho de ocupar un espacio en la vida pública. Como consecuencia, se vuelve necesario buscar la forma de darle un cierre a lo que no cuadra, y este cierre, este falso cierre se da estigmatizando, violentando a lo distinto, marginándolo.

Los mecanismos para realizar esta tarea no tienen porque ser tan evidentes, sino que deben obtener legitimidad, cuestión que se observa de manera reiterada en el modus operandi de la alianza Cambiemos a la hora de construir sentido: cambian nociones, licuan conceptos, significados, contenidos, y  los someten para justificar, en este caso, que se puede ser inclusivo dejando todo como esta.

En esta forma de visibilizar, donde se elige como mostrar para que no moleste, también la noción de diversidad es alterada, ya que lo único que visibilizan es lo dado (la hegemonía vigente, la prevalencia de un género sobre otro, de una sexualidad sobre otra) pero lo novedosamente preocupante es la búsqueda de legitimidad por medio de un lugar en el espacio público.

Lo disidente ocupa un lugar donde no moleste y a la vez sea atractivo. De esta forma, se niega que lo que construido socialmente tenga fallas, sea contradictorio, sea injusto. En cambio, está bien como está y se puede ser inclusivo sin tocar nada.

Así, la noción diversidad pierde su contenido reivindicativo para convertirse en una sexualidad más igual a otras, pero en un contexto desigual y violento. Diversidad es ahora una palabra amigable, divertida, de la que todos somos parte, y no aquella que disputa la legitimidad de una identidad y de una sexualidad única y plena. Entonces lo disidente se presenta silenciado en lo que podemos interpretar como diversidad y esto otro, que demuestra la debilidad de lo construido con su sola manifestación en el espacio público, es aceptado y ubicado selectivamente en un espacio que no genere contradicción.

[1] Lic. en Ciencia Política (UNLaM)

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