Con la pasión no alcanza

Por Facundo Ariel Pajon[1]

El Mundial de Rusia 2018 llegó a su fin y no caben dudas de que trajo consigo una infinidad de desencuentros y desamores. Un seleccionado opaco, con un fútbol desabrido y sin identidad, que vio reflejada su actitud en el liderazgo polémico y sin rumbo del cuerpo técnico y los jugadores. Desde Sampaoli a Mascherano, las referencias máximas de la albiceleste hicieron agua en los momentos críticos.

Argentina fue un equipo que no encontró su mejor cara, ni de cerca… ¿La única certeza? La necesidad de una sucesión. Una generación de jugadores ha cumplido su ciclo y una nueva camada asoma con vistas al Mundial de Qatar 2022. ¿El mejor del Mundo? Cuestionado por muchos y amado por otros, sabiendo que no le quedan muchas fichas por jugar, ya que en el próximo torneo mundialista Lionel tendrá 35 años. A esta altura y tras cuatro mundiales (Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018) queda en claro que con Messi solo no alcanza, pero sin Messi es casi imposible.

No obstante, la ausencia de una planificación estratégica que genere identidad con una “idea de juego”, y la producción de un funcionamiento capaz de replicarse en la cotidianeidad cotejando tanto éxitos como fracasos, no es un síntoma único del fútbol nacional. Si se realiza una analogía entre el rendimiento del equipo de Sampaoli y la actualidad política del peronismo -o sectores del campo nacional popular y progresista que hoy conforman la oposición al gobierno de Mauricio Macri- las similitudes son varias. En el presente artículo se propone observar las semejanzas y diferencias, entre fallas y el rendimiento del equipo de Sampaoli y la oposición política en nuestro país.

¿Vamos a volver?

Una curiosa frase se repite constantemente. Tanto en las masivas marchas del movimiento nacional y popular como en las canchas de fútbol en donde juega el seleccionado albiceleste, el “vamos a volver” se ha convertido en un cántico que representa la victoria final añorada y anhelada por quienes la entonan. Sin lugar a dudas, todos soñamos y muchas veces, queremos volver a esos lugares que nos hicieron felices. La añoranza y el desvelo que nos descubren al recordar viejos tiempos, nos generan la ilusión de repetirlos. Inclusive, esperamos que esas experiencias sean aún mejores. Los sueños, nos mantienen en la expectativa diaria: ¿Qué sería de nosotros sin un sueño que alcanzar?

Para alcanzar los sueños, siempre es necesario planificarlos. ¿Qué queremos hacer? ¿Cómo lo vamos a lograr? ¿Para qué lo queremos hacer? ¿Con quiénes queremos compartir ese camino?, son algunas de las preguntas que nos hacemos cuando nos proyectamos hacia futuro persiguiendo el sueño que nos desvela. Sin embargo, en la vida cotidiana, la planificación no es una tarea común. Definir una estrategia, identificar los objetivos, desarrollar las actividades y tareas necesarias para para llegar a la meta; no es una labor sencilla. La misma se dificulta aún más en las organizaciones sociales. Si quienes toman las decisiones, no cuentan con las herramientas oportunas que le permitan analizar el contexto y el ambiente sobre los cuales van a incidir mediante la ejecución de medidas para la implementación de sus ideas[2].

En este sentido, puede entenderse que tanto un grupo de jugadores dispuestos a alcanzar un sueño en común (un mundial de fútbol), como un grupo de militantes enfocados en lograr una meta (el triunfo en las elecciones de un determinado nivel jurisdiccional); difieren en sus gustos, prioridades y muchos otros aspectos. Sin embargo, ambas organizaciones comparten una misma necesidad: la planificación. Si quienes se encuentran a cargo de la conducción de los espacios, no tienen en cuenta sus fortalezas y debilidades; y no toman en consideración las amenazas y las oportunidades que se presentan en el ambiente, pueden encontrarse en serios problemas. La desorganización y el desconocimiento, producen efectos no deseados -ni esperados- difícilmente reparables en el corto plazo.

Ante la ausencia de los estudios previos del contexto, y sin una planificación de las acciones y tareas a seguir; la única fortaleza que ostentan las organizaciones es la fe en un buen desempeño de facto. Una idea que les permita progresar hacia el sueño, en donde la fortuna, el carisma y el desempeño individual ocupan un rol fundamental. En estos términos, el enunciado “vamos a volver” se convierte en el deseo de un sueño a alcanzar, pero que sólo depende de buenos rendimientos y de lo oportuno.

Organizar no es juntar

Al mismo tiempo que se plantea la necesidad de volver -y mejores-, aparece en la jerga popular la “necesidad de juntarnos”. Quizás la analogía sea obvia, pero es preciso aclarar que organizar no es juntar. Y las diferencias son varias.

La histórica frase: “La organización vence al tiempo” -adjudicada al ex Presidente Juan Domingo Perón, a mediados del siglo XX- hace una clara referencia a la necesidad de marcar una continuidad en la planificación, para uno de los proyectos movimientistas más emancipadores de Latinoamérica: el peronismo. No obstante -y justamente- una de las grandes deudas de quienes sostuvieron la continuidad del movimiento peronista con el devenir de los años, ha sido la ausencia de una planificación estratégica. Desde ese plano, esto no puede reducirse sólo al caso argentino ya que, con excepción de la revolución cubana, los movimientos nacionales y populares de toda Latinoamérica han sucumbido ante las intervenciones cívico-militares, los intereses de las oligarquías locales y el poder económico internacional.

Décadas más tarde, Hugo Chávez Frías (Venezuela), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Néstor Kirchner (Argentina), Fernando Lugo (Paraguay), Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Ecuador) y Tabaré Vázquez (Uruguay) impulsaron una nueva oleada de “populismos” o -en términos más específicos- movimientos nacionales reivindicadores de las cuestiones “populares”. A pesar de ello, la redistribución de ingreso, la generación de empleos y la reivindicación de “lo nacional”, no fue suficiente. Muy pocos han podido generar estructuras que les permitan transformar las instituciones y sostenerse el tiempo, más de diez años. Sólo Evo Morales y Nicolás Maduro han modificado los regímenes -o las instituciones que los normativizan-, aunque vale tener en cuenta tambien a las victorias consecutivas del Partido Socialista del Uruguay con Tabaré Vázquez y José “Pepe” Mujica.

Los puntos ciegos de la pasión

Es incuestionable, que uno de los puntos álgidos de los movimientos latinoamericanos, es la pasión. Esta última ha sido un factor determinante en el empoderamiento y la emancipación de las poblaciones. No obstante, ¿alcanza solo con ella?

Seguramente podamos encontrar entre sus más fervientes defensoras a la mismísima Eva Duarte. Evita ha sido santificada por muchos argentinos y argentinas. Su funeral es quizás el acto de amor masivo más desinteresado que se recuerde en latinoamérica en todo el siglo XX. Multitudes de personas se acercaban a saludarla, seguramente la gran mayoría no la conocían en persona y recuerden de ese instante, su único y más triste encuentro.

Es ella misma, quien escribe en su famoso libro Mi Mensaje, que: “Para servir al pueblo hay que estar dispuestos a todo, incluso a morir”. Es por ello, que para Evita, “los fríos no mueren por una causa, sino de casualidad”. Es allí entonces, donde los fanáticos -o apasionados- aparecen como bajo la figura de “héroes y mártires”, y salvan a sus pueblos. Los fanáticos, para Eva, dan la vida por sus ideas. Hasta la divinidad, está emparentada con el fanatismo[3].

Sin embargo, cabe recalcar que la pasión tiene puntos ciegos. La historia de los movimientos nacionales y populares y la discontinuidad en sus estrategias, da cuenta de ello. Pocos son los que han permanecido en este nuevo siglo, y todos han tenido que adaptarse a los cambios que las sociedades han transitado.

Suele decirse en la jerga política que “Perón no hubiese sido sin Evita, y que Evita no hubiese sido sin Perón”. Si bien no existe la historia contrafáctica, y éste es un artículo analógico, podría de este modo -continuando con el argumento- utilizarse en la jerga futbolística una frase similar diciendo: “Bilardo no hubiese sido sin Maradona y Maradona, no hubiese sido sin Bilardo”.

Es sabido que el “Doctor” planificaba cada movimiento del equipo argentino en el Mundial de 1986, cuentan los jugadores que no fue a buscar la medalla de oro porque “le habían metido dos goles con pelota parada”. Si bien la anecdótica historia del “Doctor” Bilardo con la medalla mundialista, hace gráfica en pocas palabras la idea de “planificación”; siempre existen elementos que interfieren en los planes, y que complejizan el éxito anhelado.

No obstante, la pasión no debe enceguecer a los conductores. Tanto Bilardo en el fútbol,  como  Perón en la política, no fueron reconocidos por su lógica emancipadora (de militantes y/o jugadores) o por haber instalado nuevas reglas de juego; sino que fueron destacados por “no dejar hilos sueltos” en sus planificaciones. Ambos alcanzaron el máximo objetivo, y destacaron a sus “dirigidos” entre tantos otros que “en los papeles”, aparecían mejores. La conducción es sin dudas un arte de persuadir, y de este modo guiar a los miembros de las organizaciones al fin que en común se han fijado.

De este modo, si el hilo rojo de los movimientos nacionales y populares -y del fútbol- es la pasión… ¿No debe reinventarse la frase, y decir que “sin pasión-planificación, no hay emancipación”, y que “sin emancipación, no hay planificación-pasión”? Entendidas como elementos que conforman un todo, y no como partes aisladas, la pasión y la planificación pueden llevarse bien.

[1] Licenciado en Ciencia Política (UNLaM). Secretario y Coordinador educativo del CEPOC Zona Oeste

[2] La matriz FODA, el PERT, el marco lógico y la teoría del cambio; son algunas de ellas.

[3] El libro Mi Mensaje, recién fue publicado en el año 1987. 35 años después de su muerte.

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